En este libro del Apocalipsis, sin duda, en su mayor parte los términos son puramente simbólicos, alegóricos. Se presenta ante ustedes un objeto determinado, como un mar de cristal, pero no se exhibe para que capte su atención por sí mismo, sino para que les sugiera alguna otra cosa. Es la escritura jeroglífica de una época culta, adoptada en las Escrituras con el propósito de dar oscuras insinuaciones de hechos futuros que aún no pueden describirse con mayor plenitud, pero que los acontecimientos mismos despojarán de todo su misterio.
Hay, sin embargo, entremezclados con los símbolos algunos términos que son simple y directa verdad, y no poesía ni símbolo, tales como, en esta misma descripción del cielo, la expresión: «ni dolor, ni llanto; ya no habrá más dolor». Esa es verdad desnuda, verdad que no necesita revestirse de ningún ropaje ni apariencia poética para hacerse digna de mezclarse con estos hermosos símbolos poéticos; una pieza de prosa cuyo significado es en sí mismo tan lleno de poesía que la más sencilla formulación basta. Pero hay algunas pocas frases que, creo, son una especie de eslabón intermedio entre estos dos. Son en parte simbólicas y en parte literales, o más bien deben interpretarse tanto como símbolo como como letra.
A esta clase, creo, pertenece nuestro texto. Hemos de entenderlo en el sentido de que no habrá tal alternancia de luz y tinieblas como la que rige el estado presente, y que ejerce una influencia tan incalculablemente grande sobre todo el conjunto de nuestra vida; y también hemos de considerarlo como expresión, de manera poética y figurada, de otras cosas de naturaleza más inmaterial propias del estado celestial.
Consideremos, en primer lugar, su valor de verdad literal, y veamos qué anticipaciones de gozo pueden deducirse de la verdad de que no habrá noche en el cielo.
La posibilidad o probabilidad de semejante condición alterada de existencia no necesitamos detenernos ni un momento a discutirla. Por lo que sabemos, bien puede ser la condición de mundos existentes en este mismo instante. Sabemos que hay miembros de nuestro sistema planetario cuyo día y cuya noche son mucho más largos que los nuestros. Y aun en nuestro propio globo, debido a una peculiaridad de su propia forma y al ángulo de su eje respecto al plano de su órbita alrededor del sol, hay lugares donde, durante meses seguidos, apenas hay día o noche: el sol nunca sube lo bastante sobre el horizonte para producir un día perfecto, ni baja del todo para producir la oscuridad de la noche. En una palabra, como en todas las demás obras de Dios, sin excepción, se halla una inmensa e infinita variedad de cosas; y como el número de mundos es él mismo incalculable, difícilmente podemos dejar de concluir que las condiciones de su vida respecto a la luz son casi infinitamente variadas, siendo uno de los elementos principales del estado perfecto: «Allí no hay noche».
Les resultará evidente en seguida que, para que esta condición de vida sea una bendición, debe producirse en nosotros algún cambio muy grande, los que hemos de pasar de esta alternancia presente de oscuridad y luz al día eterno e ininterrumpido. En nuestra condición presente, la noche es una bendición sin mezcla. Es la visita frecuente y regular del gran ángel del descanso y la paz. Es la mano fuerte pero tierna de Dios que cierra por nosotros los ojos incapaces de soportar la luz perpetua.
Llega la mañana, y el mundo despierto sale a su trabajo y su labor hasta la tarde. Con el sudor de su rostro come el hombre su pan. ¡Trabajo, trabajo, trabajo! es el grito incesante de la muda y paciente tierra a la muchedumbre que pisa su hermoso suelo. Solo unos pocos favorecidos escapan a esta gran necesidad, y a menudo estos son más de compadecer que de envidiar. ¡Y cuántas veces al trabajo de nervios y músculos añade el hombre, en su ignorancia y necedad, o en su orgullo y prisa por enriquecerse, el trabajo de cerebro y corazón!
Y, ¡he aquí! En pocas horas, los más fuertes están cansados y agotados. El hombre, el orgulloso señor del mundo, se ve obligado a detenerse. Sus instrumentos caen de sus manos. Sus rodillas se doblan bajo él. Sus ojos se encogen ante la luz. Su activo cerebro se vuelve torpe. Su lengua se pega al paladar. Su corazón se fatiga en su tarea. La llama de su vida empieza a parpadear. El aceite puede estar, pero no arderá. Hay que limpiar y preparar la lámpara. El eje de su vida se calienta y se atasca; ha de descansar y enfriarse, o se quebrará. Unas pocas horas breves han detenido toda esta maravillosa maquinaria.
Fuente y atribución
Autor original: George Conder
Título original: No Night in Heaven — parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de George Conder, publicado originalmente en Grace Gems.