La oración pone a prueba la vida. Si tan solo procuráramos seriamente vivir a la altura de lo que oramos, esto ejercería un poderoso freno sobre nuestro carácter y nuestra conducta. Oramos para ser hechos desinteresados; si nos exigiéramos a nosotros mismos todo lo que esto significa, probablemente refrenaría muchos impulsos egoístas en nosotros y afectaría radicalmente nuestro trato hacia los demás. Nos situaría en nuevas relaciones con todos los que nos rodean. Frenaría en nosotros el deseo astuto, tan común entre los hombres, de sacar ventaja sobre los demás en toda transacción. Alguien escribe:
«Dios, que pueda yo gastar mi vida por otros,
sin fines propios;
que pueda derramarme en mis hermanos,
y vivir solo para ellos.»
¿Qué sucedería en nosotros, qué cambio, qué transformación, si esta oración llegara a ser respondida?
Oramos para ser hechos pacientes. Si somos sinceros de verdad en esta petición, nos veremos detenidos muchas veces en nuestros arrebatos impetuosos, con la lengua silenciada al borde mismo de los estallidos de ira, y nuestros sentimientos duros y amargos suavizados por una constraint irresistible hacia la quietud y la mansedumbre.
No hay oración que los cristianos hagan con más frecuencia que la de ser hechos semejantes a Cristo. Es una oración muy apropiada, y una que nunca deberíamos dejar de hacer. Pero si deseamos muy sinceramente ser transformados a la semejanza de Cristo, veremos ese deseo crecer hasta alcanzar gran intensidad en nuestra vida diaria, y transformarla. Afectará cada fase de nuestro comportamiento y de nuestra conducta. Mantendrá continuamente ante nosotros la imagen de nuestro Señor, y conservará siempre en nuestra visión un nuevo padrón de pensamiento, de sentimiento, de deseo, de acción y de palabra. Nos tendrá todo el tiempo haciéndonos preguntas como estas: «¿Cómo se sentiría Jesús acerca de esto, si Él estuviera personalmente en mis circunstancias? ¿Cómo respondería Jesús a esta pregunta? ¿Qué haría Jesús, si Él estuviera hoy aquí donde estoy yo?»
Nuestro Señor nos da instrucciones muy precisas acerca de orar y vivir. Por ejemplo, nos enseña que si queremos que nos sean perdonados nuestros pecados, debemos perdonar a otros. «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.» No hay cómo equivocarse respecto al sentido de esta petición. Cada vez que oramos para ser perdonados, nos comprometemos a un acto, algo que debemos hacer voluntariamente antes de poder esperar recibir una respuesta: nos comprometemos a ser perdonadores. Si somos sinceros al ofrecer esta oración, y si pensamos seriamente en lo que estamos diciendo, ninguna amargura puede permanecer en nuestros corazones, ni sentimiento resentido, ni rencor.
Ayer alguien nos hizo una injusticia, nos ofendió, nos trató con dureza, hizo algo que nos hirió hasta lo más hondo. Anoche repasamos nuestro día, y quedó manchado y turbio. Pedimos a Dios que nos perdonara estas cosas malas. Él es muy misericordioso, y ama ser bondadoso. Pero al orar para ser perdonados prometemos algo: prometemos perdonar. Si queremos vivir a la altura de nuestra oración, debemos renunciar a nuestro resentimiento, a nuestra amargura, y mostrar a otros la misma misericordia que pedimos a Dios que nos muestre.
El Maestro nos dice también con mucha claridad qué debemos hacer cuando, en la presencia divina, nos hacemos conscientes de algún mal que hemos cometido. Está exhortando contra la ira en cualquier forma, y nos dice con palabras impactantes que el odio, la amargura y el desprecio hacia otros son violaciones del sexto mandamiento. Luego lo ilustra de una manera muy práctica: «Si, pues, presentas tu ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda».
Cuando nos acercamos al altar de la oración, la luz de la santidad de Dios resplandece sobre nosotros, escudriñando lo más profundo de nuestros corazones y de nuestras vidas. Si en esta exposición de los resortes ocultos de nuestro ser descubrimos en nosotros sentimientos o cualidades que no son rectos, deberíamos corregirlos al instante. Si recordamos que ayer hicimos a otro algo que careció de amor, que fuimos injustos o poco caritativos con él, no podemos continuar con nuestra oración hasta haber enmendado cuanto estuvo mal en nuestro trato hacia él. Para hacerlo, puede que muchas veces nos sea necesario levantarnos de nuestras rodillas e ir a deshacer algún mal que hayamos hecho a otro; cumplir algún deber descuidado antes de poder terminar nuestra devoción; restituir si hemos tomado algo que era suyo o si de alguna manera lo hemos perjudicado.
Esto podría detener a veces el fluir de nuestras palabras, mientras salimos a poner en orden algo en el ámbito de la acción que en la presencia divina vemos que está mal. Pero nos ahorraría algunas de las burlas y de las insinceridades de la oración que ahora tanto afean nuestra adoración.
He aquí una ilustración de la niñez. Un niño contaba su dinero la mañana de un día de Feria al que había estado esperando con ilusión. Encontró en su bolsillo una moneda de diez centavos, dos de cinco y once de un centavo. Su padre lo observaba repasando su dinero y le dijo: «Hijo, ¿no vas a poner algo de eso en tu banco misionero para los niños del otro lado del mundo?». «Voy a la Feria», respondió el niño. «Bueno, creo que sería una buena cosa poner algo con el dinero que va a ayudar a otros niños a tener una vida con algo de felicidad», replicó el padre. «Voy a la Feria, y lo necesito todo», dijo el niño.
«Muy bien», dijo su padre, «pero ven a decir tus oraciones de la mañana, y bajaremos a desayunar». Así que el pequeño se arrodilló y oró por su familia y su hogar, pidiendo ser un buen niño, y luego se detuvo. «¿No vas a orar por los niños del otro lado del mundo?», preguntó su padre. «Estoy diciendo esta oración yo solo», contestó el niño. «Bueno, pero yo no los dejaría fuera hoy», respondió su padre.
El muchacho pensó un momento, y luego oró por los niños en tierras misioneras. Al levantarse tomó cuatro de sus centavos y los puso en su caja misionera. Sabía que, si oraba por los niños paganos, tendría que dar parte de su dinero al fondo para enviar el evangelio a tierras oscuras. Cuando por fin hizo la oración, dio con gusto. No podía evitarlo.
Hay también oraciones que no podemos terminar de rodillas: solo pueden completarse allá afuera, en algún campo de deber activo. Nuestro vecino está en dificultades. Lo sabemos, y, creyendo en la oración, vamos a nuestro lugar de devoción y suplicamos que Dios le envíe la ayuda que necesita. Pero casi con seguridad, la oración no es todo el deber de la hora. No podemos sacar de nuestra mente el pensamiento de la necesidad humana. Debemos levantarnos de nuestras rodillas, ir a nuestro vecino, y con nuestras propias manos hacer por él lo que sea necesario, y luego volver a terminar nuestra oración.
Es nuestro deber orar siempre, llevarlo todo a Dios. Pero por lo común la oración no basta por sí sola. Cuando pedimos a Dios que bendiga a otros, es muy probable que la bendición les sea enviada por medio de nosotros. Cuando intercedemos por alguien que está en necesidad, es probable que esa necesidad deba ser suplida con lo que nos sobra y a través de nuestras manos. Debemos levantarnos de nuestras rodillas y salir por caminos de amor y de servicio.
Hay siempre el peligro de una insinceridad inconsciente en nuestra oración por bendiciones espirituales. Los deseos son dignos de encomio. Dios los aprueba y con gusto nos concederá la mayor gracia que le pedimos: el aumento en el amor, la fe más grande, el corazón más puro, el nuevo avance en santidad. Pero estas son conquistas que no se nos otorgan directamente, como dones caídos del cielo. Tenemos mucho que hacer para alcanzarlas. Cuando pedimos bendiciones o favores espirituales, el Maestro pregunta: «¿Eres capaz de subir a estas alturas? ¿Eres capaz de pagar el precio, de hacer la negación de ti mismo, de renunciar a las cosas que amas, para alcanzar estas metas en santidad, en gracia, en hermosura espiritual?».
Si nuestra vida fuera tan buena como nuestras oraciones, seríamos de carácter semejante al de los santos. Nuestro deber no es rebajar nuestras oraciones a niveles más bajos, sino elevar nuestra vida a reached más altos. Si descubrimos que nuestras oraciones están por encima de nuestra manera de vivir, nuestro deber no es bajarlas para acomodarlas al tenor de nuestra vida, sino llevar nuestra vida hasta el padrón más alto de nuestra oración.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Living up to Our Prayers
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.