El Señor está con nosotros mientras nosotros estamos con él; pero cuando le abandonamos, él esconde su rostro y se aparta de nosotros, para que no nos apartemos más de él. Es peligroso dejar salir al alma del marco celestial; pues, siendo la inclinación carnal, los afectos corrompidos, la voluntad stubborn y el corazón engañoso sobre todas las cosas y desesperadamente malo, es con mucho trabajo que el rebelde es vuelto a traer a la obediencia. Además, el alma, más que ninguna cosa, recibe un tinte y semejanza de aquello con lo cual más trata; de ahí que la mente carnal no se detiene en su carnalidad, sino que se vuelve incluso enemistad contra Dios. En cambio, el alma que contempla la gloria del Señor es transformada en la misma imagen, de gloria en gloria.
De nuevo, cuanto más cerca se le permite al alma acercarse a Dios, más fácilmente se mantiene con Dios; pero cuanto más se aleja de Dios, más veloz huye de él, como una piedra que rueda por la montaña, cuya velocidad crece según la distancia que ha caído, y que al fin, con asombrosa rapidez, rueda hasta el fondo más bajo del valle. Así, la defección espiritual se obra por grados. Primero se enfría nuestro amor a Dios; luego languidece nuestro deleite en Dios y en los deberes piadosos; luego se afloja nuestra vigilancia contra los pecados y las faltas; luego tenemos por pesada la servidumbre de Dios; luego se suspende la mortificación de las concupiscencias; luego resulta gravosa la práctica de los ejercicios piadosos; luego nuestros afectos se vuelven carnales y nuestras meditaciones vanas; luego aparecen los pecados, y los miramos, primero, sin gran grado de aborrecimiento, segundo, con ojo amistoso; luego jugamos con ellos, y al fin nos volvemos abierta y confesadamente profanos. Tal ha sido el caso de algunos que fueron una vez resplandecientes profesos.
Pero cuando los santos se han apartado de Dios, aunque la misericordia no les dejará caer final y totalmente, ¡qué pensamientos lúgubres, qué gemidos desesperados, qué quejas enternecedoras, qué terrores de conciencia por un tiempo, qué dolor penitente y quebranto de corazón, qué miradas sombrías sobre sus deslices, qué angustia, remordimiento y dolor, qué vexación interior y turbación de mente, al pensar cómo han pecado contra Dios, cómo hicieron poco caso de su amor, olvidaron su bondad y sepultaron sus misericordias en el olvido, han castigado su triste apartamiento de Dios! Hasta que su corazón es barrido, por el Espíritu de gracia y consolación, de todas estas terribles tempestades y llenado de gozo y paz en renovados actos de fe.
Pero, además, así como el alma apóstata deja a Dios, así Dios puede dejar al alma en justicia. Puede castigar el pecado con pecado. Puede castigar nuestro apartamiento de él con su apartamiento de nosotros, y permitir que nos alejemos más de él. Puede justamente privarnos de la misericordia que no apreciamos como debiéramos. Cuando no queremos oírle, aunque él está a la puerta y llama, puede no oír cuando oramos ante el trono. Hacemos poco caso de aquel inefable privilegio de que se nos permita caminar con Dios; pero es cosa triste caminar sin él, si una vez sabemos lo que es caminar con él. Debemos vigilar nuestros caminos, guardarnos contra el comienzo de nuestros desvíos, el primer apartamiento de nuestros pensamientos de Dios. Pues por triste experiencia puedo decir que el corazón que no está fijo en Dios es sacudido de aquí para allá, arriba y abajo, buscando descanso en muchas cosas y no hallándolo en ninguna.
Mas, ¡oh!, que cuando haya volado fuera del arca sobre el diluvio de las vanidades, no suceda que, como el cuervo, antes de volver al sagrado lugar de reposo, me siente sobre objetos muertos y despreciables, tan corrompidos en su género como el carruaje que flota sobre la faz de las aguas; sino que, como la más noble paloma, vuelva a aquel cuyo brazo de misericordia puede meterme de nuevo en el arca, ceñir mi alma con su favor y hacerla reposar con vasto deleite en su amor inmutable.
En tu soberanía y amor, no te apartes de mí. Y en tu misericordia, no permitas que yo me aparte de ti. Sostenme con tu diestra, y mi alma te seguirá con fuerza, hasta que te permitas, ¡oh condescendencia!, ser alcanzado en visión y fruición, donde jamás volveré a apartarme de ti.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: A wicked thing to depart from God in the least
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.