La soledad endulzada

La ciencia verdadera y el estudio de Dios

La astronomía estudia los cielos, mas la verdadera religión conduce al Creador de los cielos; el alma piadosa crece en amor y comunión con Dios más allá de toda ciencia humana.

La verdadera ciencia es un estudio muy recomendable. Donde las obras de la naturaleza son examinadas de cerca, llenan la mente de asombro y deleite, y prueban que su Creador ha de ser Dios.

¡Oh!, dice uno, ¡cómo exalta el alma el estudio de la astronomía! Y luego se extiende sobre los cielos estrellados, o los espacios llenos de soles con sus planetas dependientes, o los mundos invisibles, y prosigue su fecundo tema hasta que sus lecciones han llenado la extensión del espacio con amplias moradas para seres inteligentes, aunque ininteligibles.

Mas, dejando al hombre de ciencia con sus propias teorías, verdaderas o falsas, hay un estudio que le supera tanto como él supera la ignorancia del rústico iletrado, y se eleva infinitamente más alto en los objetos de su asombro y los temas de su indagación. Y este es el sagrado estudio de la verdadera religión, que es la sabiduría que aventaja no sólo a la necedad sino a la ciencia, como la luz aventaja a las tinieblas. Los temas del científico son altos en comparación con quien sólo se entretiene con cosas bajas, rastreras, sórdidas y egoístas, y si no son nuestros temas más altos, al menos son lícitos. Mas ¡cuán bajas y rastreras son éstas en comparación de las perfecciones divinas, que embelesan al cristiano! El científico, no contento con la tierra para circunscribir sus estudios, echa mano de los cielos extendidos; pero el cristiano, no contento con ninguno, busca a aquel cuyo trono está más alto que los cielos. «¿A quién o qué tengo en la tierra sino a ti? ¿A quién o qué tengo en el cielo sino a ti solo, Señor?»

La ciencia describe la luz creada; pero la religión nos conduce al Padre de las luces más excelentes y de las glorias sobresalientes. La astronomía se afana con las leyes de las estrellas, descubriéndonos las maravillas del cielo; pero la teología nos lleva más allá de ellas, a aquel que cuenta su número, las llama por sus nombres y las sostiene en su mano. Aquella explica la obra de su mano; ésta explora el amor de su corazón. La una nos lleva a ver el palacio; la otra a contemplar a aquel que habita en el cielo de los cielos, en eternidad desconocida. Que el científico pase todos sus días sobre el rayo del sol, sus influjos vivificantes y fructificantes, su rápido tránsito a nuestra tierra, su curiosa mezcla de colores, mientras nada se discierne sino luz; digo que, aun cuando dedicara todo su tiempo a estos estudios, jamás alterará su rostro ni le dará un lustre externo visible.

Pero Moisés, cuando sólo estuvo cuarenta días en el monte con Dios, recibió tal sello de divinidad en su alma y tal viso de la belleza celestial en su rostro, que su cara resplandeció. Y no fue este privilegio sólo de Moisés, sino que lo es de todo santo en toda edad. «Todos nosotros, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor.» Una vida santa, o la comunión con Dios, no sólo cambia los semblantes, sino el lugar de la morada; pues mientras el científico terrenal permanece aún abajo, el hombre piadoso traslada su silla arriba, mora en lo alto, tiene su conversación en los cielos; sí, mora en amor, y por tanto mora en Dios, porque Dios es amor.

Así, el alma piadosa, que mora sola y no es contada entre la gente sensata o cortés, puede mejorar hasta un milagro en el conocimiento divino, mientras el científico más penetrante ha de dejar sus estudios a medias; y después de haber entretenido a la parte más docta de los hombres, al fin será un necio.

Mientras otros crecen en el conocimiento de este mundo, ¡crezca yo en amor! Y mientras ellos ordenan las estrellas, sea yo ocupado con el resplandor, con la estrella de la mañana. Describan ellos los cielos y todos sus signos; yo, con la osadía de la fe, me acercaré a aquel que los despliega como cortina y los extiende como tienda para habitar. Mientras ellos ven mil bellezas en el cielo, yo fijaré el ojo de mi alma en un objeto más glorioso: el rostro de Jesús, y allí veré más brillantes manifestaciones de una gloria mucho más divina. Sea el sol el tema de sus disertaciones y el centro de su sistema; pero yo adoraré al Sol de Justicia, cuyos rayos sobrepujan a las luces creadas e iluminan a las almas entenebrecidas. Escoged vosotros los mundos desconocidos para vuestros estudios; ¡yo escogeré el mundo venidero para mi meditación!

¡Oh, cómo debe anhelarse el amor sagrado! Como es el cumplimiento de toda la ley, así es la consecución de toda verdad; pues quien más ama a Dios es el más sabio de los hombres. ¡Oh, entonces, vosotros los doctos! Mientras crecéis en el conocimiento mundano, ¡crezca yo en el amor a Dios! Que toda chispa se encienda en llama, y la llama al fin arda divinamente brillante por el día eterno.

Vuestras fantásticas teorías de cosas misteriosas os rack y atormentan. Mas mis estudios de Dios mejoran, sosegan y satisfacen mi alma. Finalmente, cuando llegue el fin, todos vuestros florecientes temas despedirán llamas en vuestros rostros espantados, o se desplomarán, mientras tembláis en medio de las grandes ruinas. Pero de los temas de la verdadera religión, la temible catástrofe sólo removerá los velos que oscurecen, barrerá las nubes que empañan, ¡y dejará que las cosas eternas resplandezcan en toda su belleza nativa y gloria esencial! Entonces, aunque aquí he visto por espejo oscuramente, veré cara a cara; y aunque no he sido sino aprendiendo los primeros principios de los oráculos de Dios, entonces seré admitido a la universidad de los ángeles, al colegio de los varones perfeccionados y consumados, donde las lecciones de teología, dignas del más excelso serafín, serán nuestro estudio eterno y deleitoso ejercicio allá arriba.

Ahora bien, ¡cuán excelente es la religión práctica, por sus sublimes temas, su virtud divina y su duración eterna! Los temas de que trata esta filosofía espiritual son: Dios en sus atributos, perfecciones y glorias; sus obras y providencias; la redención en su designio, consumación y aplicación por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; el alma en su valor e inmortalidad; y el mundo eterno en su certeza y perpetuidad.

De nuevo, la verdadera religión es excelente porque ennoblece el alma humana, la viste de una verdadera grandeza, la adorna con la belleza del día eterno, la prepara para la gloria y para Dios, traza las imágenes de las cosas celestiales en lo íntimo, la asimila al Hijo de Dios y la hace participe de la naturaleza divina. Y, por último, su duración es eterna. Las lenguas han de cesar, y los tronos ser derribados; ¡pero los temas de la verdadera piedad permanecerán y serán ampliados para siempre!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Science

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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