Ha venido ahora a mi mente este pensamiento: que el estado triunfante de la gloria es poco comprendido, aun después de todas las descripciones divinas que de él se han dado en la sagrada revelación. No es que Dios no pueda declararlo, sino que el hombre no puede oírlo; pues cuando Pablo fue arrebatado al tercer cielo y se le abrió el oído para oír los hosannas de la morada celestial, dice que oyó cosas inefables, que no era conveniente, propio ni decente revelar a un hombre, porque el lenguaje de la eternidad no puede adaptarse al dialecto del tiempo. Tras todas las agradables y gloriosas metáforas que se emplean para representar la felicidad eterna, aún hay una deficiencia, no por la plenitud de aquella felicidad ni por el divino Relator, sino por nosotros los que oímos. Si la definición fuera demasiado refinada, la relación demasiado sublime, no seríamos capaces de comprenderla. Por eso se eligen para ilustrarla las cosas que componen las excelencias de este mundo inferior, en las cuales los hombres fijan su estima, ponen su deleite y asientan sus afectos.
Por ello se le llama un reino, pues allí el Rey Eterno tiene su corte; allí la majestad y el honor, la gloria y la renombre están ante su rostro; allí hay vasto dominio, nobles privilegios, dulce sociedad y mutuos vínculos.
Mas, como un reino está sujeto a preocupación y mudanza, por eso se le llama corona de gloria que no se marchita, un día eterno donde los santos brillan como soles; un palacio real, donde hay armonía incesante y deleite divino; una herencia en la luz, y una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.
Y como el paraíso, o el huerto de Dios, fue la cumbre de la perfección creada, de donde fue arrojado el primer Adán, así el estado celestial se llama paraíso, por ser el lugar donde se da el resplandor más claro de la gloria increada, y donde el segundo Adán, Señor de todo, ha entrado. Las gemas, las perlas y las piedras preciosas que los hombres llevan en las manos y en la cabeza son apenas metáforas de sus calles y murallas, que son mucho más excelentes que las cosas que las sombrean. ¡Qué, pues, han de ser la libertad, los privilegios y la dicha de los habitantes! Mas, como la muerte destruye toda posesión y oscurece el día más brillante, por eso este es un estado de la más permanente bienaventuranza, vida inmortal, vigor eterno y perpetua floración.
Pero, como el vivir solo no es compatible con una felicidad completa, ni congruente con el alma humana, que no fue hecha para estar sola, así en la patria mejor hay una innumerable compañía de ángeles, la asamblea general e iglesia de los primogénitos, y Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en cuya presencia hay plenitud de gozo, y a cuya diestra deleites para siempre. Ríos de agua viva y el árbol de la vida, inclinado bajo los frutos del paraíso, representan la suficiencia, la satisfacción y la abundancia del refrigerio y deleite espiritual que allí abundan.
Mas aún hay algo en el estado bienaventurado de arriba que suministra al alma las más plenas mareas del más sereno arrobamiento, éxtasis y gozo, del cual todas estas descripciones de felicidad quedan infinitamente cortas; y eso es, la visión y fruición del Cordero, la participación de la naturaleza divina, el vivir en y con Dios, y la comunión con Jehová, elevada al más alto grado de intimidad divina, llevada a cabo por la eternidad en una ininterrumpida salida del alma hacia su sumo y principal bien; y la recepción de las emanaciones divinas de todas sus adorables perfecciones, sopladas por el Espíritu Santo en todos los anhelantes y dilatados afectos y potencias del alma santificada.
Pero qué sea esto, ¿quién puede decirlo? ¿Cómo se encontrarán lo finito y lo infinito? ¿Habitará Dios de veras con el hombre y en el hombre? ¿Habitará el hombre de veras en y con Dios? ¿Tendrá un espíritu finito comunión con el Padre de los espíritus? ¡Oh, qué queda por revelarse en aquel estado exaltado, que aún no ha entrado en el corazón del hombre! Prepárate, alma mía, prepárate para aquella felicidad venidera, suficiente para satisfacer con transporte y deleite a diez mil cielos de serafines, ¡y mucho más a mi mente tan superficial!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Only a rumor heard of the triumphant state
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.