La Misión del Dolor

Allí no habrá dolor: la esperanza del cielo eterno

Una contemplación del cielo como morada donde Dios habita con su pueblo, enjuga toda lágrima y hace nuevas todas las cosas, consuelo final de los hijos del dolor.

NO HAY DOLOR ALLÍ

¡En el cielo al fin! Los días de luto han terminado. Dios enjugará toda lágrima de sus ojos. A los impíos dice: «¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis»; a los justos: «Bienaventurados vosotros, los que ahora lloráis! porque reiréis». El gozo eterno estará sobre su cabeza, y el dolor y el suspirar huirán.

«¡Oh camino bendito, y fin tres veces bendito!» Aún estamos en el desierto, y no hemos llegado aún a esa ciudad de nuestro Dios. Aún combatimos la tempestad, pero proseguimos hacia la tierra donde nubes y tinieblas ya no se conocen.

El alma del hombre en el mundo presente no es verdadera expresión de la hechura de su Hacedor. Sus elementos son incongruentes y discordantes. Es un mecanismo desarticulado; sin refinar y sin dirección, todos sus movimientos son presagios de desastre. Necesita pasar por el horno, antes de salir en pureza y resplandor. Mientras el pueblo de Dios permanezca en estas orillas del tiempo, serán no solo hombres que sufren, sino hombres que pecan. «Estaré satisfecho», dice el salmista, «cuando despierte a tu semejanza». Nada más satisface. El alma regenerada tiene sed de Dios, del Dios vivo. Las aguas turbulentas y amargas de la tierra han servido para prepararla para el río puro de la vida. Y el proceso no se consumó hasta que, en la boca del sepulcro, se disolvió la última cadena que la ataba a la tierra. Entonces desaparecerán estas debilidades y pecados y dolores. Los seguidores dolientes de Cristo son hechos semejantes a los ángeles; son «hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección».

Ni ojo ha visto, ni oído ha oído, ni han entrado al corazón del hombre– las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. Ese es un mundo admirable del cual el Salvador dice: «Donde yo esté, allí también estará mi siervo». No tiene necesidad del sol ni de la luna que resplandezcan en él. La gloria y la honra de las naciones son recogidas en él; ya no habrá maldición; sino que el trono de Dios y del Cordero estará en él, y sus siervos le servirán. El paso mismo del espíritu inmortal del tiempo a la eternidad, de la tierra al cielo, ningún ojo humano lo ha contemplado jamás. Ningún oído humano oyó jamás el clamor cuando los pies cansados del antes endechador peregrino se posaron por primera vez en la ansiada orilla, aunque ángeles guardianes lo rodearon al pasar por el valle tenebroso.

Ya no hay tinieblas; el Cordero es su luz; son los resplandores deslumbrantes del día eterno. Cuando el mártir Esteban cayó, exclamó: «Veo la gloria de Dios, y a Jesús sentado a la diestra de Dios». ¿Y cuál será la visión cuando los hijos del dolor le vean cara a cara, y conozcan tal como son conocidos; donde «los redimidos del Señor vuelven, y vienen a Sion con cánticos y gozo eterno sobre sus cabezas, y hallarán gozo y alegría, y el dolor y el suspiro huirán»?

Bien pueden mirar a la roca de donde fueron cortados, y al hoyo del pozo de donde fueron excavados. Era un mundo alienado de Dios, y donde dolor sobre dolor, y convulsión sobre convulsión lo agitaban en mil formas. Es un retrospecto lúgubre, temible el que contemplan, con solo aquí y allá unos pocos destellos – ¿Es esta la tierra tenebrosa de la que hemos sido rescatados, y este el desierto que hemos atravesado?

¿Y cómo fueron rescatados? Eran partícipes de la apostasía universal, y bajo la sentencia condenatoria de aquella ley que es santa, justa y buena. No fue por obras de justicia que ellos habían hecho, o que jamás podrían realizar. Son pecadores redimidos, y se habrían hundido bajo el peso de su iniquidad de no haber llevado el Dios-hombre sus pecados en su propio cuerpo sobre el árbol. Ni un hilo, ni un filamento, ni una fibra de su justicia justificadora fue labrado por sus propias manos. ¿Y su santidad personal, de dónde vino? ¿Quién les hizo diferir de un mundo que yace en maldad– y de lo que ellos mismos una vez fueron? Cuando llegaron los días de prueba, y las tentaciones los asaltaron, y la carne y los sentidos se armaron contra ellos; cuando hubo conflicto y tumulto, y el adversario sutil andaba buscando a quién devorar; ¿quién los estimuló a velar y orar, a luchar y vencer? ¿Cuyo ojo incansable y brazo no fatigado y fidelidad inmutable cuidó de ellos en la juventud, en la virilidad y en la vejez– en casa y fuera, en salud y en enfermedad, en tempestad y en soleamiento? ¿Y de quién fueron aquellos brazos eternos de cuando en cuando extendidos alrededor de ellos; y de quién aquel corazón amoroso, que les dio óleo de gozo por el luto, y manto de alabanza por el espíritu de pesadumbre, para que no se desanimaran en el conflicto y nunca llegaran a la tierra celestial?

Más de un peregrino juvenil que parecía correr bien, se cansó y desfalleció, y volvió atrás. El desierto, como lo miran al recordar, está sembrado de los que desfallecieron, los que dormían, los caídos, los muertos, los perdidos. Desde la cuna hasta la sepultura, y desde la sepultura hasta la ciudad celestial, cada incidente de su historia, cada gozo y cada punzada de dolor ha estado bajo el control de un amor infinito. Aun los cabellos de su cabeza estaban todos contados. ¿No será delicioso mirar atrás y ver cómo el brazo extendido se tendió sobre ellos, y cómo fueron llevados como en alas de águilas?

¡Oh qué adoración, qué humilde agradecimiento tomará entonces el lugar de aquel espíritu inquieto, deprimido y murmurador con el que tan poco sometidamente soportaron sus pruebas en el mundo presente! Dulces reminiscencias estas, que humillan al endechador. Bendito retrospecto, que postra el alma en el polvo, y la hace caer a los pies de Jesús, y cubrir su rostro angélico con sus alas. Profunda será la veneración con la que entren en su presencia y contemplen su tremenda majestad, mas serena y tranquila como el mar de cristal sobre el cual se tienen de pie para mostrar su alabanza. Nunca más amarán a la criatura más que al Creador. Están perdidos y absorbidos, no en las aguas del dolor terrenal, sino en el océano del gozo celestial– no en sí mismos y en los que amaron en la tierra, sino en las gloria increadas, inmortales del Infinito. ¡Será la maravilla de su eternidad que están así llenos de toda la plenitud de Dios, y que, hundiéndose como antes en lugares cenagosos, ahora flotan en ese océano de luz y de amor donde no hay fondo ni orilla!

La humildad del cielo es uno de los rasgos más brillantes de su carácter, y una de las fuentes de su gozo más dulce. Honores tienen; pero echan sus coronas delante del trono. Si «la soberbia no fue hecha para el hombre», jamás se hallará en el cielo. Su imperio en la tierra es mundial y poderoso; reina en el infierno; pero en los espíritus de los justos hechos perfectos, no hallará lugar. En medio del esplendor de ese mundo eterno y glorioso, toda hoja de laurel se marchita si no está trenzada en la frente del Salvador. Si la religión de la tierra es la religión del cielo en miniatura, la gema más pura que la adorna es esta humildad nacida del cielo. Es cosa sagrada, porque es tan humilde yace tan baja. Amaríamos pensar en ese mundo bendito aun solo por su humildad. Cuando esos espíritus redimidos, cansados de los conflictos de la tierra, se reposan a la sombra del árbol de la vida, y allí, a los pies del Cordero entronizado, reflexionan sobre el camino por el que han sido guiados a través del desierto, y miran abajo a las agonías de aquel pozo eterno del que han sido rescatados, ¿cómo puede ser de otro modo sino que un sentido profundo y eterno de su indignidad y mal merecimiento acreciente la plenitud de su gratitud y gozo?

Son perfectamente humildes, y perfectamente felices. Desde la hora de su conversión, el amor redentor ha sido su tema; pero nunca hasta ahora, de pie sobre el monte Sion, han dado expresión al éxtasis de su gozo. Y aun aquí, en esta tierra baja, donde las sepulturas de los difuntos están esparcidas y el ciprés se lamenta, no faltan voces, encogidas y ahogadas tal vez por sus lágrimas, para entonar el cántico: «Tú eres digno; porque fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre». ¡Oh, que yo pudiera dirigir los ojos del endechador hacia arriba, y en estas horas de oscuridad hacer descansar su corazón en ese mundo bendito donde, en pocas horas, todos, tanto entre los vivos como entre los muertos, que temen a Dios y aman a su Hijo, se encontrarán en comunión más santa y más íntima! «Allá arriba», el pecado, el dolor y la muerte jamás entran. «Allá arriba», los suspiros y las despedidas son un sonido desconocido. «Allá arriba», se sientan juntos en los lugares celestiales, y beben el vino nuevo con Cristo en el reino de su Padre. «Allá arriba», los santos varones y mujeres que se separaron en la sepultura, los padres redimidos y sus hijos redimidos, a quienes la voz del arcángel y la trompeta de Dios han convocado del sueño de los siglos, se encontrarán, no para recountar sus propias penas, sino para hablar de aquel que vino a la humillación del pesebre, y a las agonías de la cruz– ¡para rescatarlos del llanto sin fin y de la infinita desesperación!

«Oí una gran voz del trono, que decía: “¡He aquí, el tabernáculo de Dios está ahora entre los hombres! Él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo. Dios mismo estará con ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá más muerte, ni dolor, ni llanto, ni clamor. Porque el primer mundo y sus males han pasado para siempre.” Y el que estaba sentado en el trono dijo: “¡He aquí, yo hago nuevas todas las cosas!” Y luego me dijo: “Escribe esto, porque lo que te digo es fiel y verdadero.”» Apocalipsis 21:3-5.

Fuente y atribución

Autor original: Gardiner Spring

Título original: The Mission of Sorrow — NO SORROW THERE

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Gardiner Spring, publicado originalmente en Grace Gems.

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