IDONEIDAD PARA EL CIELO A TRAVÉS DEL DOLOR
El pueblo de Dios le es querido. Son suyos porque son sus criaturas. Él los hizo, y los hizo «para sí mismo». «El Señor, él es Dios; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos.» Antes de que los formara, no eran nada. Así como «el mar es suyo», porque «él lo hizo»; así como los cielos son suyos, y la tierra también es suya, y el mundo y su plenitud son suyos, porque él los fundó, así su pueblo es suyo, porque él los llamó a la existencia. «Oh Jacob e Israel, tú eres mi siervo– yo te formé; tú eres mi siervo.» Su pueblo es su propiedad absoluta e inalienable por este derecho original e independiente de la creación. Son y siempre han sido los objetos de su cuidado preservador, vigilante y paternal. Su Hijo los ha redimido; le fueron dados por su Padre, y los compró con su propia sangre preciosa.
«Ellos serán míos, dice el Señor, en el día que yo haga mis joyas.» Son su tesoro peculiar, vasos de misericordia y de honra, y sus nombres están todos registrados en «el libro de la vida del Cordero». Son «hermosos por la hermosura que él pone sobre ellos»; una «corona de gloria en la mano del Señor, y una diadema real en la mano de nuestro Dios», y están destinados a resplandecer en su propio reino por los siglos de los siglos. Sin embargo, por naturaleza son muy poco aptos para este alto destino. Apenas pensaban en Dios, y nunca le amaron. Echaron de sí el temor, refrenaron la oración, y se rebelaron contra él, aunque él los crió y los crio como a hijos.
Hay una gran diferencia entre un hombre que nace en pecado, y el mismo hombre que muere cristiano. Lo primero, para hacerle apto para el cielo, es que comience una obra de gracia en su corazón. Ha habido un movimiento en el cielo hacia él. «Nosotros le amamos a él porque él nos amó primero.» Dios mismo es el autor y consumador de la redención del hombre. Está la obra que Jesucristo ha realizado por su pueblo, y está la obra que el Espíritu Santo realiza en ellos. La obra realizada fuera de ellos tiene su contraparte en la obra realizada dentro de ellos. Solo Dios mismo tiene el poder de cambiar sus corazones, de formarlos como nuevas criaturas, de hacerlos vasos de misericordia, de convertirlos de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a la libertad con que Cristo los hace libres. «A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.» Nadie es apto para el cielo a menos que su corazón sea así vuelto del pecado a la santidad, y reciba esta dirección y tendencia santificada y orientada al cielo. «De cierto os digo: Si alguno no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.» Esta es una época importante en la historia de cada pecador redimido, y el primer paso eficaz para prepararlo para el cielo.
Esta obra de gracia también debe ser continuada; y aquel que «la comenzó la perfeccionará hasta el día de Jesucristo». El sostén en el tiempo de necesidad está fuera de ellos mismos. Si no son vencidos en la guerra espiritual, es porque el Capitán de su salvación vela por ellos, los cuida, y extiende alrededor de ellos el escudo de su salvación. «En mí, esto es, en mi carne, no mora el bien.» Están expuestos a descarriarse, a apostatar, a caer en trampas fatales; ni volverían jamás si él no los reclamara; ni alcanzarían jamás la ciudad celestial si él no «restaurara su alma, y los guiara por sendas de justicia por amor de su nombre».
Al hacer a su pueblo apto para la herencia de los santos en luz, el Dios de toda gracia, como ya se ha mencionado, se vale de su palabra y de sus ordenanzas. Y es cuando las dispensaciones aflictivas atraviesan y se entrelazan con los medios de gracia y salvación, que ellos ordinariamente disfrutan de vistas que conmueven el corazón de las realidades invisibles y eternas. Las temporadas de prueba se vuelven temporadas de manifestación divina.
Dios se complace en manifestarse a ellos como no lo hace al mundo. Como tales vistas no son esenciales para un estado de gracia, Dios las da según lo requieren sus peculiares circunstancias. Son manifestaciones preciosas en la hora de la prueba; dejan impresiones duraderas en la mente, y nunca se olvidan. A veces les sobrevienen inesperadas, y casi sin buscarlas– tal vez en la más oscura noche de su dolor, y cuando más se sienten como peregrinos y extranjeros en la tierra, y más oprimidos por la soledad del desierto. Las horas más tristes son a menudo alegradas por los temas más santos. Son momentos santos de visitación celestial aquellos en que la fe, con más que ordinaria viveza, realiza el mundo invisible; y la esperanza, llena de inmortalidad, derrama su fragancia sobre el alma y la hace anhelar el cielo.
Es verdad que las temporadas de aflicción no siempre son así favorecidas. A veces son temporadas de oscuridad y de fuerte tentación, como enseña la biografía cristiana. «¡Ay de mí», dijo Lady Russel, cuando su noble esposo fue enviado al cadalso por el licencioso e inexorable Carlos, «deseo libertad para acercarme más a mi celestial Amigo. Pero mi entendimiento está nublado, mi fe débil, los sentidos fuertes, y Satanás ocupado en llenar mis pensamientos de nociones falsas, dificultades y dudas respecto de un estado futuro y de la eficacia de la oración. Mis pensamientos vuelan a todas partes menos a Dios». Este es un estado de ánimo muy infeliz; pero de ningún modo es tan frecuente como aquellas vistas luminosas que descubren la columna de nube de día y de fuego de noche.
Los primeros cristianos fueron notables ejemplos de esta santa influencia de las pruebas. Ellos «se gloriaban en la tribulación», porque era el medio de sostener una tendencia de la mente hacia el cielo. Consideraban un privilegio sufrir. «A vosotros os es dado, a favor de Cristo, no solo creer en su nombre, sino también padecer por su causa.» Por extraño que nos parezca, tanto la fe como el sufrimiento son declarados don de Dios. Tal era el amor del apóstol Pablo por su divino Maestro, que podía afirmar: «Me complazco en las enfermedades, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por causa de Cristo».
Estos primitivos discípulos del Nuevo Testamento fueron los más nobles de los hombres. Su lenguaje habitual era: «Porque esta leve tribulación momentánea produce para nosotros un sobremanera más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven». Su carácter fue formado y desarrollado por la severa disciplina de la adversidad. Las pruebas indicaban su sinceridad, probaban la fortaleza de su fe y la fortaleza de sus consolaciones, y daban brillo a la corona de su gozo. No fueron más partícipes de los sufrimientos de Cristo, que lo son de su gloria. «Somos coherederos con Cristo», dicen, «si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente seamos glorificados». Ellos «tienen por cierto que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar».
Si alguna vez llegamos al cielo, veremos que no fue nuestra propia sabiduría ni fidelidad la que nos llevó allí. Cada paso que hemos dado habría sido uno falso, de no ser por Dios. Él se movió primero, y nosotros no hicimos sino seguir tan pronto y tan lejos como él nos atrajo y nos abrió el camino. De todos los eventos y circunstancias que fueron en sí mismos propicios a nuestra salvación o que fueron sobrepujados para nuestro bien espiritual, nuestras pruebas jamás serán olvidadas. Miles y miles han sido hechos aptos para el cielo por sus pruebas. Las cadenas de oro que los ataban a la tierra han sido así cortadas, y aun los lazos de la naturaleza han sido sostenidos con mano más floja. No querrían vivir para siempre, sino más bien desear partir y estar con Cristo. Este mundo no compensa el dolor y el sufrimiento y el conflicto y el pecado de vivir en él más allá de los límites de nuestro tiempo señalado. Los verdaderos cristianos tienen amigos más y mejores en el cielo de los que tienen en la tierra, y que esperan para darles un recibimiento gozoso. No es de maravillar que a veces «luchen y jadeen por ser libres», y anhelen «vestir su atavío comprado con sangre», y «admirarse y adorar» con aquellos que, como ellos, son «lavados, justificados y santificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios».
¿Cuántos crees que hay ahora en el cielo que bendicen a Dios aun por la copa más amarga? ¿Cuántos pueden decir: «Jugueteé con el pecado y triflué con el Tentador; recogí flores al borde del precipicio, pero hallé allí una lápida que me hablaba de uno que amaba. Me había descarriado, pero mi pesar me agitó, mi abatimiento me humilló, mis pecados me alarmaron. Mi ídolo estaba allí, y mi corazón sangró. Pensé en la muerte y en la eternidad, y estaba separado de ellas solo por el aliento de mis narices. Dios me hirió, pero en mi enfermedad él hizo toda mi cama. Tuve miedo de morir, pero cuando llegué al combate, hallé al enemigo vencido. La muerte fue absorbida en victoria. Todo es realidad ahora, todo cielo, todo gozo, toda alabanza a Dios mi Redentor, Dios todopoderoso, Dios todo en todo».
Las aflicciones santificadas no se olvidarán en el cielo. «Te acordarás de todo el camino por donde tu Dios te ha traído por el desierto.» Sufrir la voluntad de Dios es tan verdaderamente honroso para él y provechoso para nuestros propios intereses espirituales– como hacer su voluntad. Son igualmente actos de obediencia. Cuando los sufrimientos se soportan con un espíritu cristiano y se emplean sabiamente, no solo se manifiesta así la obra de Dios en los que sufren, sino que se promueve así su propia bendición futura. Si no siempre fueron felices en sus pruebas, serán felices en sus triunfos, felices en su hogar eterno.
Cuando el apóstol desterrado estaba en Patmos, uno de los ancianos delante del trono le dijo: «¿Quiénes son estos que están vestidos de ropas blancas, y de dónde han venido?». El apóstol no pudo responder la pregunta, y respondió: «Señor, tú lo sabes». «Estos son», dijo el mensajero angélico, «los que han salido de la gran tribulación; han lavado sus ropas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Nunca más tendrán hambre; nunca más tendrán sed. El sol no caerá sobre ellos, ni calor alguno. Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará; los guiará a fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos».
Los más afligidos y desolados probarán entonces el amor y la fidelidad de las más severas correcciones. «Queda un reposo para el pueblo de Dios», un reposo perfecto y eterno. Si por maravillosa gracia en Cristo Jesús alguna vez entras en él, mirarás atrás con admiración agradecida al tierno cuidado y la fidelidad del pacto de aquel que te amó. Y al mirar atrás y recordar cuántas veces contristaste su Espíritu y perdiste su amor, y cómo, de no ser por estas aflicciones desoladoras, jamás habrías entrado en la ciudad celestial, bien puedes decir con el querido Richard Baxter: «Cuando quebrantó tu corazón, lo mismo que cuando lo vendó, tu bendito Redentor te estaba salvando». Con asombro adorador puedes exclamar con él: «¡Oh camino bendito, y fin tres veces bendito! ¿A esto han venido mi luto y mi penoso caminar? ¿A esto han venido todas mis aflicciones? ¡Benditos vientos– que me han llevado a tal puerto! ¡Oh, qué Dios hay en el cielo!»
Tal es la misión del dolor. Sus lecciones no pueden aprenderse de las enseñanzas de la sabiduría humana.
Quizá hayas sido arrojado a un lecho de enfermedad, y aun a una agonía dolorosa y prolongada. El arrebol de la salud se marchita en tu mejilla, y la debilidad consumidora te advierte de la sepultura. Conceda Dios que visiones celestiales acudan alrededor de tu almohada, y que debajo de esa cabeza dolorida halles los brazos eternos. Quizá «la esposa de la juventud» se haya hundido en la sepultura, y el corazón que veló su lento declinar, entre sus alternativas esperanzas y temores, se hunde bajo el golpe. ¿Y no puedes apoyarte en un brazo todopoderoso, y hacer tu refugio a la sombra de sus alas?
Acaso has visto a un hijo predilecto hundirse bajo una enfermedad que estaba señalada para cumplir su obra fatal. Te has vuelto de la escena con suspiros. Tus temores se han cumplido. La flor ha sido cortada, y se marchita en la sepultura. Padre enlutado, esfuerzate por mirar hacia arriba. Puede costarte lágrimas; pero Dios querría enseñarte que su favor, sin consuelos terrenales, vale más para ti que todos los consuelos terrenales sin su favor. Envió esta calamidad aplastante a propósito para echar una nube temporal sobre el sol del tiempo, y abrirte las escenas más luminosas de un mundo sin pecado. Más bien cementaría que rompería el vínculo que te une a los difuntos. Ese espíritu luminoso te ha dejado, y tus más caros y orgullosos deseos– polvo hay sobre ellos. Estos dolores tienen su misión.
«Tu Dios, para llamarte a casa,
envió a su unigénito Hijo;
y ahora, para tentar aún más tu corazón,
ha tomado el tuyo propio».
De tales es el reino de los cielos. Tu joya resplandece en la corona de tu Redentor. ¿Arrancarías esa pequeña estrella de su frente? Si pudieras, ¿harías volver al ser amado?
Oh vosotros que lloráis y vosotros que habéis llorado, vosotros que estáis lejos de Dios y vosotros que habéis sido acercados, venid y aprended de él los dulces sostenes de su verdad y de su gracia en la hora de la prueba, y las preciosas lecciones que su Espíritu inculca en la escuela de la aflicción. El dolor es la triste herencia del pecado. Que él ablande tu corazón y lo haga más susceptible a las influencias de la gracia celestial. Doblegate bajo estos golpes de la vara, y luego alza tus ojos a los collados de donde viene tu socorro. Amigos enlutados, aunque «anduvieres en medio de problemas, Dios te revivirá. Aunque él hará gemir, tendrá compasión, según la multitud de sus misericordias». Estos días agotadores y estas noches fatigosas pronto habrán pasado. La cabeza dolorida, el corazón palpitante antes de mucho estarán en reposo. La voz de Dios para ti es: «Por un breve momento te abandoné, pero con grandes misericordias te recogeré; en un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento, pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dice el Señor tu Redentor».
«El sendero del dolor, y solo ese sendero,
conduce a la tierra donde el dolor es desconocido;
ningún viajero llegó jamás a esa morada bendita
que no hallara espinas y abrojos en su camino».
Fuente y atribución
Autor original: Gardiner Spring
Título original: The Mission of Sorrow — FITNESS FOR HEAVEN THROUGH SORROW
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Gardiner Spring, publicado originalmente en Grace Gems.