Los lugares asociados a grandes mentes siempre resultan interesantes. ¡Qué halo de grandeza moral debe envolver siempre aquel lugar santificado, por encima de todos los demás, por el Señor de la gloria, como escenario de Su amistad terrenal más preciada! Por más santos que sean los recuerdos que rodean a otras localidades pisadas por Él en los días de Su carne —Belén, con su pesebre, su estrella mística y los querubines adoradores—, Nazaret, el hogar que nutrió los afectos de Su juventud; Tiberíades, cuyas orillas tantas veces resonaron con Sus pasos, o cuyas aguas, en calma o en tormenta, lo llevaron sobre su seno; las alturas coronadas donde pronunció Sus bienaventuranzas; las montañas a medianoche donde oró; el huerto donde sufrió; la colina donde murió; no hay ningún refugio en Su peregrinación divina en el que el pensamiento santificado ame detenerse con tanta ternura como en el hogar y la aldea de BETANIA.
Sus horas de sagrada conversación huyeron hace mucho tiempo. Su honrada familia duerme desde hace siglos en su tumba. El Señor de Betania ha estado entronizado durante siglos en medio de las glorias de un hogar más resplandeciente. Pero aunque Sus recuerdos son todo lo que queda, el lugar sigue fragante con Su presencia. Los ecos de Su voz —palabras de celestial dulzura— aún permanecen en torno a él, y durante mil ochocientos años han servido para animar y reconfortar a más de un peregrino desfalleciente en su ascenso hacia la verdadera Betania celestial.
Allí, el Redentor del mundo proclamó un Evangelio breve pero conmovedor. El cielo y la tierra parecían entonces tocarse. Escuchamos los tiernos acentos de un Hombre entreverados con la inefable majestad de Dios. Esperanzas “llenas de inmortalidad” resplandecen con sus celestiales iris en medio de una lluvia de santas lágrimas. Suprimir de nuestras Biblias el capítulo 11 de Juan sería como borrar el planeta más brillante del firmamento espiritual. Cada una de sus magníficas declaraciones ha resultado como un ángel ministrador, un mensajero serafín que lleva su brasa encendida de consuelo al corazón roto y sangrante, desde el altar más santo que la SIMPATÍA (divina y humana) haya jamás erigido en un mundo de prueba. Muchos han sido los pies cansados y los ojos llorosos que han acudido en pensamiento a BETANIA: “idos al sepulcro de Lázaro, a llorar allí”.
Mientras “la aldea de María y de su hermana Marta” nos brinda, así, un tesoro acumulado de consuelos cristianos, exhibe también uno de los más bellos retratos domésticos de la Biblia. Si la historia de José y sus hermanos en el Antiguo Testamento está investida de interés supremo, aquí un escenario del hogar evangélico en el Nuevo, de pathos aún más profundo y tierno —un cuadro en el que el verdadero José aparece como figura central, sin desavenencias que empañen su belleza—. A menudo, en otras ocasiones, un manto de dolor pende sobre el camino del Varón de dolores. Pero Betania está bañada de sol: un dulce oasis en Su peregrinación fatigada.
En esta morada apacible de espíritus afines parece Él haber tenido Sus principales sorbos de la fuente del gozo humano, y haber obtenido un respiro temporal del labor incesante y de la enemistad inmerecida. La “Azucena entre espinas” levantó allí Su cabeza marchita en ese hogar edénico. Allí podemos seguirle desde los atrios del Templo, la multitud atareada, el prolongado viaje, los milagros de misericordia, las horas de ruegos vanos e inútiles ante corazones endurecidos. Podemos imaginarlo como huésped de una familia pacífica, espíritu que se confunde con espíritu en comunión santificada. Podemos advertir la ternura de Su santa humanidad. ¡Podemos ver cómo amó, y compadeció, y lloró, y se gozó!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Memories of Bethany — chapter 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.