La mejor ayuda de la oración no consiste en los bienes terrenales que obtiene para nosotros de parte de Dios. Son, sin duda, bendiciones; pero hay cosas mejores que estas en los tesoros de la oración para nosotros. Muchas veces hay un beneficio mayor en la negativa de Dios que el que habría en concedernos lo que pedíamos. No hemos comenzado a aprender el significado ni a valorar el privilegio de la oración, si pedimos solamente las cosas que nuestro cuerpo necesita, las cosas para el confort de nuestra vida física: salud, abundancia, amigos, éxito.
Esto no es sino la historia de John Bunyan del hombre con el rastrillo, una vez más: con afán cansado, recogiendo la basura del polvo, sin ver la corona que cuelga sobre nuestra cabeza. Jesús enseñó la gran lección en una sola frase cuando dijo: "Buscad primero el reino de Dios, y su justicia; y todas estas cosas os serán añadidas." Con corazón indiviso y propósito único de búsqueda, hemos de buscar las cosas de Dios, y entonces la promesa es que él se encargará de proveer nuestras necesidades terrenales.
La misma lección se enseña en la Oración del Señor, la cual, conviene recordarlo, Jesús dio a los discípulos en respuesta a su petición de que les enseñara a orar. En vez de comenzar con peticiones de cosas terrenales, las primeras tres peticiones son por la santificación del nombre de Dios, la venida de su reino y la realización de su voluntad. Solo cuando llegamos a la segunda mitad de este modelo divino de oración, se nos conduce a pedir algo para nosotros. Entonces vienen las peticiones por el pan de cada día —solo lo suficiente, sin embargo, para un día—; por el perdón de los pecados; y por la liberación en la tentación.
Cuando llegamos a orar por nosotros, no es el mero lado terrenal de nuestra vida lo que primero debe ocuparnos. El anhelo más profundo de nuestro corazón debe ser el crecimiento espiritual, que nuestra vida se conforme a la voluntad de Dios. Esta debería ser, en verdad, nuestra primera prioridad en todo lo que hacemos.
No estamos en este mundo simplemente para ganarnos la vida, sino para construir una vida. No estamos aquí principalmente para hacer buena agricultura, o carpintería, o trabajo doméstico, ni para ser un buen hombre de negocios, o un médico exitoso, o para hacer bien cualquier clase de trabajo. Estas cosas son correctas e importantes en su lugar, y debemos poner nuestra vida en nuestra vocación, sea cual sea, y hacer lo mejor en ella. Pero nuestra vocación terrenal es solo el andamio; la vida real es la que se levanta en el interior. Estamos aquí para crecer hacia una virilidad semejante a la de Cristo.
Así, en la oración, lo primero no es que nuestras necesidades físicas sean suplidas: un asunto mucho más importante es crecer en la vida espiritual. Vamos a Dios para recibir gracia de él, a fin de que seamos fuertes y de que nuestra vida sea enriquecida. Una antigua promesa dice: "Los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas."
"Señor, ¡qué cambio dentro de nosotros en una hora breve
pasada en tu presencia se obrará,
qué pesadas cargas de nuestro pecho quitará,
qué tierras secas refrescará, como con lluvia!
Nos arrodillamos, y todo alrededor parece oscurecer;
nos levantamos, y todo lo lejano y lo cercano
se yergue en luminoso contorno, diáfano y claro;
¡cómo nos arrodillamos débiles, cómo nos levantamos llenos de poder!"
La verdadera oración fomenta la santidad del corazón y de la vida. Cuando hemos mirado el rostro de Dios, aun por un breve tiempo, no podemos ser del todo como éramos antes. No podemos volver al mundo y ser otra vez como el mundo. No podemos regresar con tanta facilidad a las locuras y los pecados que cometimos ayer. Hemos visto a Dios, y esto pone una nueva reverencia en nuestra alma, y aparta nuestra vida para una nueva sacralidad. Habiendo mirado el rostro de Cristo, hay nuevas visiones en nuestra alma. Hemos vislumbrado cosas más altas, y se infunde en nosotros un nuevo anhelo de alcanzarlas. Así, la verdadera oración siempre eleva el corazón y la vida. Siempre deberíamos ser más santos, aun después de unos momentos con nuestro Maestro.
Ningún día está bien comenzado, si no se comienza con Cristo. En cierta batalla, Wellington había encomendado a uno de sus oficiales una misión peligrosa; el oficial extendió la mano a su comandante, diciendo: "Déjame tener el apretón de tu mano invencible antes de irme," y luego partió con valentía a cumplir su orden.
Así, al entrar en cualquier nuevo día, necesitamos el apretón de la mano del Maestro para inspirarnos y fortalecernos para las tareas, los deberes, las luchas y los peligros del día. Esta es una de las maneras en que la oración nos ayuda. Las devociones matinales, si son realmente conversaciones con Jesús, nos hacen más valientes, más fuertes y más verdaderos durante todo el día. Pues no solo comenzamos así el día con Cristo, sino que entonces lo llevamos con nosotros, desde nuestro lugar de oración, a todos los senderos y experiencias del día. Nunca necesitamos apartarnos ni un instante de su lado, a menos que pecaminosamente lo dejemos para entrar en algún camino de extravío de nuestra propia elección.
Estas son sugerencias de la manera en que la verdadera oración nos ayuda. Trae a Cristo a toda nuestra vida. Nos mantiene continuamente bajo el poder de su gracia. Nos inspira siempre a buscar cosas mejores. Nos fortalece para el deber y la lucha. Endulza nuestro espíritu, nos alienta para el camino más áspero y nos ayuda a ser victoriosos sobre todo lo que quiera estorbarnos o hacernos daño.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: How Prayer Help us
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.