A menudo los cristianos jóvenes dicen: «No puedo encontrar las cosas hermosas en la Biblia, ni puedo adquirir gusto ni deleite por ella. Quiero amarla y usarla de modo que reciba ayuda de ella, pero no me abre sus riquezas. Aprecio la riqueza y las bellezas que otros hallan en ella y me señalan, pero cuando las busco no se me revelan. Después de leer un capítulo y no hallar nada hermoso ni útil, otro lo lee y me señala los detalles más dulces de belleza y las palabras y sugerencias más raras de consuelo y ayuda, ¡ninguno de los cuales yo había visto! Parecen haberse escondido de mí, como aves tímidas entre las ramas, pero cuando llega otro aparecen, y con su plumaje brillante se sientan en las ramas o se posan en su hombro y cantan fragmentos de canto celestial. Leo el libro, pero confieso que no me da miel, ni alimento, ni vino de vida».
Es bien posible que esta experiencia sea más común de lo que pensamos, o de lo que muchos son sinceros en confesar. Hay pocos, si alguno, que hallen en la Biblia toda la belleza y bendición que encierran sus páginas. Ninguno de nosotros obtiene de ella la mayor ayuda posible; y sin duda la mayoría, en nuestra lectura, pasa por alto muchas cosas raras y preciosas que no llegamos a ver en absoluto.
Con todo, ciertamente no necesita ser un libro sellado para nadie. No tiene el propósito de esconder sus bienes de modo que los hombres no puedan hallarlos fácilmente. No está destinado a ser un libro que solo los grandes eruditos puedan entender. Sin duda, el conocimiento de las lenguas en que la Biblia fue escrita originalmente explica muchos pasaje oscuro y resuelve muchas dificultades, pero no es un libro solo para los eruditos, sino también para los indoctos y los niñitos. Como prueba de ello, solo tenemos que recordar que a menudo los que hallan los tesoros más ricos y los goces más dulces en las Escrituras no son los eruditos más grandes ni los intelectos más excelsos, sino los pequeñuelos de Dios, ajenos a la sabiduría del mundo e ignorantes de su ciencia.
Muchísimo depende del espíritu con que acudimos a la Biblia. En la mente de muchos protestantes hay casi tanta superstición respecto a este libro sagrado como la que hay entre los romanistas respecto al crucifijo o al rosario. Los soldados que entran en batalla arrojan sus naipes y se ponen Biblias en los bolsillos. Se sienten más seguros entonces. Muchos piensan que si leen cierta porción todos los días, aunque no presten atención al significado, han hecho un servicio santo y están a salvo por ese día. ¡Pero la mera lectura de tantos capítulos cada día no le hace bien a nadie! Sería lo mismo que rezar oraciones en latín y tantear una hilera de cuentas durante diez minutos. Para recibir bendición de la Biblia, debe leerse con reflexión, con indagación y meditación. Hay que permitirle leerse a sí misma en nuestro corazón y nuestra vida.
En cuanto al MÉTODO de lectura, pueden hacerse varias sugerencias. Es importante tener un buen ejemplar de la Biblia, bien encuadernado, con letra clara y sencilla y con referencias. En muchos pasajes no hay comentario tan útil como la lectura de las referencias. La Escritura interpreta a la Escritura. Por ello, un ejemplar sin referencias está privado de gran parte de su valor. Queremos también un ejemplar que dure muchos años. Un libro es como un amigo: se vuelve familiar y confiado con el uso. Al principio tímido y distante, nos deja entrar en su corazón después de que hemos pasado mucho tiempo sobre sus páginas. Se abre por sí mismo a los capítulos más selectos, y parece llevar sus secretos más dulces en la superficie para nosotros. Una Biblia que hemos usado largo tiempo parece decirnos cosas que nunca oímos de una Biblia extraña o nueva.
Además, es bueno marcar nuestra Biblia al leerla. Cualquier pasaje precioso que encontremos puede señalarse en el margen con alguna marca, o trazando una línea alrededor de él o debajo de las sagradas palabras. Así escribimos nuestra propia historia espiritual en las páginas de nuestra Biblia. Estas marcas son también memoriales que muestran dónde una vez hallamos bendición: piedras levantadas para marcar nuestros Beteles y Penieles y Eben-ezeres. Un libro leído así, y que guarda en sus páginas tales tesoros, se vuelve en pocos años inestimable sagrado y precioso.
De ahí la importancia de tener, a casi cualquier costo, el mejor ejemplar posible de la Biblia: uno que pueda usarse toda la vida.
Nadie puede prescindir del antiguo método de leer la Biblia completa de manera consecutiva. Es bueno hacer esto cada año. Algunos abren al azar y leen lo que cae ante sus ojos, sin método ni plan. Otros leen una y otra vez unos pocos pasajes favoritos. En ambos casos, grandes porciones quedan descuidadas y nunca se leen en absoluto. Leyendo todo el volumen por orden, en porciones diarias regulares, nos familiarizamos con cada parte y descubrimos las cosas más ricas en lugares donde menos esperábamos hallar belleza o bendición alguna.
Pero además de esto, es bueno seguir otros métodos especiales. La lectura temática es excelente. Elegimos un tema y, con la ayuda de una concordancia, averiguamos todos los pasajes de toda la Escritura que hablan de él o arrojan luz sobre él. Así aprendemos cuáles son las doctrinas de la Biblia. De este modo podemos llevar todas las enseñanzas de los hombres al tribunal de la verdad de Dios; podemos verificar las doctrinas de la Iglesia; podemos someter todas las preguntas que surgen en nuestra mente, ya sea sobre creencia o sobre deber, a la prueba infalible; y así construiremos nuestros credos personales, no sobre las declaraciones formuladas por los teólogos, sino sobre las sencillas palabras de la Escritura.
En la vida diaria de cada uno surgen preguntas y experiencias particulares sobre las que necesitamos luz o en las que necesitamos consejo y dirección. Estas deben llevarse de inmediato a la palabra divina. Así introducimos el libro de la vida en nuestra historia cotidiana. Lo hacemos nuestro consejero, nuestra lámpara, nuestra guía.
Esto conduce a otro método de lectura y estudio que es muy provechoso y que rinde gran ayuda.
La costumbre de tener un versículo para el día también ha sido adoptada por muchos, y ha sido fuente de gran instrucción y consuelo. Ya sea del capítulo de la mañana, o elegido de alguna otra manera, tómese un versículo, fíjese en la mente y llévese todo el ajetreado día en pensamiento y meditación. A menudo resultará una fuente de agua, una lámpara brillante, o un cayado y un bastón antes de que el día termine. Es imposible estimar la influencia de un sencillo pasaje de la Escritura sostenido así todo el día en los pensamientos. Nos guarda del pecado. Es un impulso viviente al deber. Es un ángel de consuelo en la tristeza. Entonces su influencia, al derramar su luz suave y pura por toda la vida hora tras hora, está llena de inspiración, y purifica, limpia y santifica.
Hasta aquí los métodos. Aún más importante es el ESPÍRITU con que leemos. Debemos acercarnos a las sagradas Escrituras como a los oráculos de Dios, infalibles y autoritativos. Debemos oír la voz de Dios en sus palabras. Luego debemos venir en espíritu de docilidad, listos para ser enseñados. Algunos la leen no para aprender lo que deben creer, sino para hallar en ella lo que ya creen, para tener confirmadas sus opiniones o justificada su conducta. Solo los que vienen como niñitos, con espíritus enseñables, para oír lo que Dios dirá y dispuestos a aceptarlo por más que choque con sus propias opiniones y preferencias, pueden hallar la Biblia un libro abierto que les descubre sus cosas más preciosas.
Las sagradas Escrituras deben leerse con reflexión, lentitud y paciencia. Muchas de sus gemas más ricas yacen profundas, y deben cavarse. No es tanto un jardín de flores como una mina de oro. Hay muchísima lectura apresurada y superficial que se desliza por la superficie, que no se detiene a pesar palabra alguna, a asimilar pensamiento alguno, a aplicar lección alguna, y que no deja ninguna impresión, ni siquiera un recuerdo. ¡Tales lectores superficiales pueden leer el mismo capítulo una y otra vez sin darse cuenta!
Luego es necesario leer la Biblia no solo para conocer la voluntad de Dios, sino para HACERLA. Si no es la guía de nuestra vida, nada es para nosotros. ¡Sus verdades han de aplicarse! Si leemos las bienaventuranzas, hemos de compararnos con sus divinos requerimientos y procurar ser conformados a ellas. Si nos topamos con una palabra que reprenda cualquier hábito o actitud nuestra, hemos de hacer de inmediato la enmienda necesaria. Hemos de aceptar sus promesas y preceptos, creerlos y obedecerlos. Hemos de permitir que sus consuelos entren en nuestros corazones y nos sostengan en la tristeza. No hay nada escrito en la Biblia simplemente para adorno o belleza. Cada palabra es práctica. No hay en ella verdad alguna que no tenga alguna relación con la vida práctica. Cuando acudimos a ella con ansias de saber cómo vivir y listos para obedecer sus preceptos, ¡la hallaremos abriéndonos su significado más íntimo!
Se nos dice que la Biblia debe discernirse espiritualmente. Solo un lector espiritualmente inclinado halla en ella las cosas más verdaderas y mejores. Debemos llevar a ella cierto estado mental. Esto es cierto en todas las áreas de la vida. Muchas personas nunca ven nada bello en la naturaleza. Permanecerán entre los paisajes más pintorescos, caminarán entre las flores más raras y contemplarán el esplendor más deslumbrante de la puesta del sol sin un estremecimiento de placer ni una expresión de admiración. No tienen simpatía con la naturaleza. Hay muchos que pasarán por una gran galería de arte rica en pinturas y estatuas y no verán nada que capte su atención, mientras que otros pasarán días en estudio entusiasta de las obras de arte allí acumuladas. Algún conocimiento del arte y un interés en él son necesarios para apreciar y disfrutar de pinturas y estatuas.
De igual manera, el que quiera hallar las cosas hermosas en las Escrituras debe tener una mente y un corazón preparados para ello. Por tanto, cuanto más de la vida divina tengamos en nuestras almas, más nos revelarán las sagradas páginas. No necesitamos tanto agudeza intelectual ni fina erudición como cultura espiritual, amor por Cristo y el calor de la devoción.
Una joven compró un libro y leyó unas pocas páginas, pero no se interesó en él. Algunos meses después conoció al autor, y surgió una tierna amistad que maduró en amor y desposorio. Entonces el libro ya no fue más aburrido. Cada frase tenía un encanto para su corazón. El amor era el intérprete. Así, para los que no conocen a Cristo personalmente, la Biblia parece seca y sin interés. Pero cuando aprenden a conocerlo y a amarlo, todo cambia; y cuanto más profundo se vuelve su amor por él, ¡más resplandecen las sagradas páginas con belleza y luz!
Es bueno atesorar en nuestros corazones, a lo largo de los años luminosos de la juventud, las preciosas verdades de la Palabra de Dios. Al visitar las Cavernas de Mamut, nos pusieron lámparas en las manos antes de entrar. Parecía una cosa muy inútil e innecesaria llevar estas luces tenues mientras caminábamos bajo el resplandor pleno del mediodía. Pero bajamos por la ladera y entramos en la boca de la caverna. Rápidamente el esplendor de la luz del día se desvaneció, y entonces las llamas de las lámparas comenzaron a brillar. Pronto descubrimos lo valiosas y necesarias que eran. Sin ellas nos habríamos perdido en la espesa oscuridad y en los laberintos inextricables de la cueva.
Asimismo, las promesas y consuelos de Dios pueden no parecernos necesarios en el resplandor de la juventud y en los días de salud y alegría. Entonces pueden parecer brillar con una luz tenue. Pero a medida que avancemos entraremos en sombras: las sombras de la enfermedad, de la prueba, de la decepción, del dolor; y entonces su belleza y su esplendor resplandecerán y resultarán el gozo y la fortaleza misma de nuestras almas.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Getting Help from the Bible
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.