«Solía irritarme y molestarme cuando me interrumpían en mis actividades favoritas, pero he aprendido que todo mi tiempo pertenece a Dios, y simplemente lo dejo en sus manos. Es muy dulce usarlo para él cuando tiene algo para que yo haga, y agradable usarlo como yo deseo cuando no lo tiene». Elizabeth Prentiss
Mucho de lo que hablamos acerca de la «consagración» es muy vago y visionario. Se nos dice que debemos hacer una transferencia sin reservas de nosotros mismos a Cristo, y queremos hacerla. Deseamos no reservarnos nada de él. Adoptamos la fórmula de consagración cuando nos vinculamos a la iglesia. Usamos continuamente la liturgia de consagración en nuestras oraciones, diciendo una y otra vez —con toda sinceridad, además— que nos entregamos totalmente a Cristo. Cantamos con corazón encendido y lágrimas que fluyen los himnos arrebatadores de consagración. Y, sin embargo, de algún modo, no estamos totalmente consagrados a Cristo. Dicéndolo, orándolo, cantándolo, por más sinceramente y con más inacabable repetición, seguimos dolorosamente conscientes del fracaso en los hechos, y nos desanimamos, a veces incluso dudando del todo de la realidad de nuestra conversión, porque no podemos mantenernos conscientemente en el altar.
Un problema es que la consagración que perseguimos es emocional más que práctica. Otro problema es que tratamos de lograr demasiado de una vez. Intentamos transferir toda nuestra vida, en sus inagotablemente variadas relaciones, y todo nuestro presente y futuro, de una vez por todas en una sola ofrenda, y luego nos parece, según nuestra limitada experiencia, que eso debería ser definitivo. El espíritu y la intención son bastante correctos, pero el hecho es que en la vida real tal «consagración de una sola vez» es bastante impracticable. En teoría es correcta, pero en la experiencia siempre se hallará vaga e insatisfactoria. La única consagración verdaderamente práctica es aquella que procura cubrir el presente real. Por más plenamente que nos hayamos entregado a Cristo en la conversión, nada aprovechará a menos que la renovemos con cada acto y deber por separado a medida que se nos presenta.
La consagración puede simplificarse mucho y volverse intensamente práctica si la reducimos a un asunto diario, sin intentar cubrir más que el único día; y si cada mañana entregamos formalmente el día al Señor, para que sea ocupado como él quiera, rindiendo todos nuestros planes a él, para que él los deje a un lado o los confirme según él elija.
Por ejemplo, busco por la mañana entregarme a mi Maestro por ese día, diciendo: «Tómame, Señor, y úsame hoy como quieras. Pongo todos mis planes a tus pies. Cualquier trabajo que tengas para que yo haga, dámelo en mis manos. Si hay alguien a quien quieras que yo ayude de alguna manera, envíalo a mí o envíame a él. Toma mi tiempo y úsalo tal como quieras». No pienso más allá de hoy. No intento dar meses y años a Cristo. ¿Por qué habría de hacerlo antes de que sean míos? Solo tengo este breve día, y ¿cómo puedo consagrar lo que aún no he recibido?
Esta fórmula de consagración es una transferencia de los planes y ambiciones propios a las manos de Cristo. Es también un solemne compromiso de aceptar los planes del Maestro para la ocupación del día, no importa cuánto interfieran con los arreglos que ya hayamos hecho o cuántas cosas agradables supriman del programa del día. Atenderemos todo llamado. Nos someteremos pacientemente a toda interrupción. Aceptaremos todo deber. Continuaremos con el trabajo que nos parezca mejor si el Maestro no tiene nada más para nosotros; pero si lo tiene, dejaremos alegremente nuestros propios planes y tomaremos lo que él claramente nos dé en su lugar.
Así, a veces, el primero en llegar a mí en las horas doradas de la mañana, tan preciosas para todo estudiante, es un vendedor de libros, o un hombre con estilográficas o betún para estufas; o quizá solo un ocioso piadoso que no trae otro recado que pasar una hora; o puede ser uno de esos voceadores sociales a los que les gusta ser los primeros en difundir el chisme más fresco. Interrumpido así en medio de una obra interesante e importante, mi primer impulso es irritarme y molestarme, y tal vez dar a mi visitante una acogida fría, sin ocultar mi fastidio. Pero entonces recuerdo mi consagración de la mañana.
¿No puse mis planes y mi tiempo fuera de mis propias manos y en las de mi Maestro? ¿No le pedí que me enviara cualquier trabajo que tuviera para mí y que se sirviera de mí para ministrar a otros como él quisiera? Si fui sincero y quiero ser leal a mis palabras, ¿no debo aceptar a este temprano visitante como enviado a mí para alguna ayuda o algún bien que está en mi poder impartirle? Si he de llevar a cabo el espíritu de mi consagración, no debo irritarme ni molestarme, ni manifestar ningún fastidio por la interrupción, ni hacer nada que cause dolor innecesario a mi visitante.
¡Tengo un recado para ti, oh hombre, hermano mío! Cuál sea no lo sé. Quizá aquí hay un corazón abrumado que puedo animar con unas pocas palabras amables. No puedo comprar nada. No puedo renunciar a una hora para oír a mi amigo contar, por centésima vez, la historia de sus hazañas pasadas. No puedo escuchar el miserable chisme que mi travieso visitante quiere vaciar en mi oído; y, sin embargo, ¿puede que yo tenga un recado para cada uno? Quizá pueda enviar a mi amigo vendedor de libros con un poco de canto en el corazón. Esta mañana salió de un hogar muy sombrío. Es pobre. Ha ido de casa en casa, solo para tener puerta tras puerta cerradas bruscamente en su rostro. Tiene el corazón abrumado, casi en la desesperación. Necesita mucho dinero, que quizá no pueda darle, pero necesita mucho más. En este momento la simpatía de un hermano —que sí puedo dar— y una recepción amable y cordial, unos pocos minutos de interés paciente al escuchar su historia, unas palabras de aliento, cualquier sugerencia o ayuda que pueda ofrecerle le harán más bien que si yo comprara un libro de la manera habitual e incristiana en tales casos.
¿O no podré dejar caer alguna palabra útil en el oído del ocioso o del chismoso, que pueda recordarse? Al menos, debo considerar a mi visitante como enviado a mí con alguna necesidad que yo pueda suplir, o deseando algún consuelo o bendición que yo pueda impartir.
O el recado puede ser al revés. Puede que él haya sido enviado a mí con una bendición. No todo deber es dar; también necesitamos recibir. Debemos obtener algún bien de cada persona que encontremos. A menudo Dios puede enseñarnos más interrumpiendo nuestras horas tranquilas y dejando a un lado todos nuestros planes favoritos que si nos hubiera dejado pasar el tiempo sobre nuestro libro o en nuestro trabajo.
Al menos cuidémonos de no enviar por nuestra puerta con el ceño fruncido a alguien a quien Dios nos ha enviado con un mensaje o una bendición para nosotros. Pues aun en estos días comunes, Dios envía a sus ángeles, aunque pueden venir sin que los esperemos, sin vestir sus ropas celestiales, sino disfrazados con atuendo poco atractivo.
Una consagración tan sencilla se entiende con facilidad y se vuelve muy práctica a medida que la llevamos a cabo en la vida. Trata con el vivir en sus detalles y no en la masa; en lo concreto y no solo en lo abstracto. No es solo teoría, sino también práctica.
Además, parece más fácil dar un solo día corto a la vez que tratar de abarcar años lejanos en nuestra consagración. Un día es un tramo corto. Podemos soportar casi cualquier carga o interrupción por un período tan breve. Luego, esto da un significado santo a la común rutina laboral entre semana y al contacto con otras vidas vivir de este modo sencillo. Todo trabajo es divinamente asignado, y la voz de nuestro amado Señor se oye llamándonos a cada paso. Imparte sacredad a todos nuestros encuentros, incluso los más casuales con los demás. No hay azar que el Dios eterno no guíe. ¡Tienes un recado para cada persona que cruza tu camino, o él lo tiene para ti! Puedes estar muy cansado, pero si hay un llamado a un ministerio cristiano, debes obedecerlo. Puedes tener puesta tu bata y tus zapatillas después de un duro día de trabajo, y afuera puede estar oscuro y tormentoso. Pero eso no importa: o retiras tu consagración de la mañana, o sigues la voz que te llama a obras de misericordia y amor.
Si aprendemos bien esta lección, quita el peso de la rutina de todos los deberes. Eleva las interacciones más comunes de la vida a un servicio bendito a los pies de Cristo. Nos hace pacientes y amables al tratar con las personas más desagradables. Imparte un motivo alto, divino, a toda amistad y compañerismo. Nos enseña paciencia en medio de las interrupciones y trastornos de nuestros planes. Disciplina nuestras voluntades rebeldes en las cosas pequeñas y las somete a Cristo. Quita la frivolidad de nuestra conversación. Nos hace siempre vigilantes de nuestra influencia sobre los demás y del trato que les damos. Nos hace siempre listos y deseosos tanto de recibir como de impartir ayuda y bendición.
Además, hace de la consagración a Cristo no una cosa vaga, lejana, meramente teórica, sino una experiencia viva y práctica que carga toda la vida de sentido, y que se apodera de las cosas más comunes de nuestra común rutina entre semana, transformándolas en hermosos ministerios alrededor de los pies de Dios.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Practical Consecration
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.