El gran viaje

Compañeros en el camino estrecho y la puerta de la gracia libre

Teófilo relata a Peregrino cómo el Señor Emanuel llamó a la puerta de su corazón por medio de la Providencia, la Aflicción y la Palabra, y el triste destino del Vacilante que no quiso soltar sus pecados en la puerta del camino estrecho.

—Hablas bien —respondió el otro—, y como si el amor al Señor del Camino ardiera realmente en tu pecho. Tan abarrotado está hoy este Camino estrecho de falsos profesantes, (desde que un potentado poderoso, llamado Moda, derribó el muro de separación que antaño lo dividía del Camino ancho), que no puedo sino mirar con sospecha a sus reputados viajeros, no vaya a ser que sean hombres del Camino ancho disfrazados. Pero —prosiguió—, estoy persuadido de cosas mejores respecto a ti, y de cosas que acompañan a la salvación, aunque hable así. Acaso, si proseguimos juntos el viaje, demos, con la bendición de nuestro común Rey, ser consoladores en las aflicciones mutuas y ayudadores de nuestras alegrías.

—Con gusto —respondió Peregrino— aceptaré tu ofrecida amistad; pues en verdad mi espíritu se acobarda de temor al contemplar el humo de esa ciudad de Carnalidad que oscurece la llanura, y al pensar en los males que allí pueden sobrevenirme.

—No temas —respondió el extraño—; tienes un brazo más fuerte que el de un compañero de viaje en quien apoyarte, y que te conducirá sano a través de sus peligros. Pero ven, mientras tanto, y al proseguir nuestro camino, refiramos nuestras experiencias de la bondad del Señor, para que así estemos mejor preparados para las pruebas que allí puedan esperarnos. Cuéntame, te ruego —prosiguió—, tu historia y tus peripecias: ¿cuándo fue que el Señor del Camino, en misericordia, te arrancó primero de la destrucción y te vistió con tu actual atuendo?

Entonces Peregrino refirió con minuciosidad la maravillosa interposición del Señor Emanuel, así como las demás manifestaciones de gracia que después había experimentado. El extraño, a intervalos, no podía reprimir sus sentimientos. Peregrino sentía su propia gratitud avivada y acrecentada al traer de nuevo a la memoria las maravillas que el Rey del Camino había hecho por él.

—Ten la bondad, amable amigo —dijo Peregrino, tras concluir su propio relato—, de contarme, a tu vez, las aventuras que te han sobrevenido en tu viaje. ¿Cuál es tu nombre? ¿Y qué te indujo primero a volver el rostro hacia Sión?

—Mi nombre —respondió el otro— fue en otro tiempo Negligente; pero ha sido cambiado por el Rey del Camino por el de Teófilo, que, por interpretación, significa Amante de Dios. El lugar de mi nacimiento estaba junto al tuyo, en una aldea cercana al Camino ancho. Yo era el amigo y compañero familiar de aquellos mismos hombres que encontraste en el camino: Formalidad, Concurrir-a-la-iglesia y Casi-persuadido, e inducido, como tú, a abrazar su credo. Consideraba mi propia religión, en promedio, muy por encima de la de mis vecinos; pues yo no era un despreciador, como la mayoría de ellos, sino solamente un Olvidadizo. No era un Enemigo de la salvación, sino que solamente la descuidaba; y de ahí mi nombre.

—¿Pero no había nadie en tu propia casa —dijo Peregrino— que te recordara tu peligro y las consecuencias de tal descuido?

—¡Ay! —dijo Teófilo—, en mi caso era demasiado cierto que los enemigos de un hombre son los de su propia casa. Mis convicciones despiertas me habrían arrancado a menudo de mi pereza de no haber sido aplastadas por quienes más profesaban amarme. Me decían que yo era tan bueno como los demás; que tenía disculpas que otros no tenían, por la presión de los negocios, para aplazar la cuestión; y que, si solo tenía paciencia, llegaría el tiempo en que todos se unirían a mí y la buscarían de veras.

—Y ¿cómo, entonces —preguntó Peregrino—, fuiste al fin despertado a la conciencia de tu terrible peligro?

—¡Ah! —respondió el otro—, el Señor Emanuel no me concedía descanso de día ni sueño de noche, a causa de sus fuertes y empeñosas reprensiones. La mezcla de severidad y dulzura de sus súplicas aún resuena en mis oídos.

—¿Cómo hablaba contigo? —dijo Peregrino.

—Tan grande era su amor —respondió el otro—, y tan resuelto a efectuar mi rescate, que envió mensajero tras mensajero a mi puerta para implorar admisión. Llamó por la Providencia, por la Aflicción, por el Luto, por la Prosperidad, por la Adversidad; y cada uno de estos, con una voz más fuerte que los demás, hacía sonar en mis oídos la pregunta: «¿Cómo escaparás, si descuidas tan grande salvación?». Esa pregunta no me daba paz. Me seguía en mis paseos solitarios; abarrotaba mis horas de vigilia de día y perturbaba mis sueños de noche. Traté de ahogarla en la copa de la intemperancia y de ahuyentarla entre escenas de jolgorio; pero si lograba silenciarla de noche, ¡seguro que volvía sobre mí, más fuerte que nunca, por la mañana!

—¿Y qué decía tu familia todo este tiempo? —dijo Peregrino—. ¿No observaron la ansiedad de tu mente y no hicieron ningún esfuerzo por aliviarla?

—Miserables consoladores fueron —respondió el otro—; me llamaron loco y necio, se rieron de mis ansiedades infantiles y solamente invitaban a nuevos huéspedes para ahuyentar lo que ellos llamaban el acceso de locura.

—Pero solo te he interrumpido. Anhelo oír el resultado.

—Bien —prosiguió Teófilo—, una noche, mientras yacía tendido en mi lecho, un mensajero fue enviado de nuevo por el Señor Emanuel a renovar sus acostumbrados llamados. Nunca antes habían sido tan largos ni tan fuertes; tanto, en verdad, que aun algunos de mi propia familia se sobresaltaron en su sueño. Ahora bien, sucedía que tenía dos siervos en casa: el nombre de uno era Conciencia, y el del otro era Voluntad; ambos despertados por los golpes, corrieron a la puerta a preguntar el recado del extraño. Conciencia, apenas escuchó sus palabras de ternura y amable admonición, deseó concederle entrada; pero Voluntad, que era de natural depravado y obstinado, protestó con dureza y, siendo la más fuerte de las dos, plantó su espalda contra la puerta, aseguró el cerrojo y se negó a abrir.

—Bien entiendo la lucha que describes —dijo Peregrino—. Pero sigue.

—Estás enterado, supongo —prosiguió el otro— de uno de los siervos del Señor Emanuel en el Hospital del Camino estrecho, llamado Fiel.

—Lo estoy —fue la respuesta—; y, me parece, lo encontrarías tan fiel por naturaleza como por nombre.

—Fiel, en verdad —prosiguió Teófilo—; pues no bien se enteró de mi caso y del extraño conflicto en mi pecho, vino a asistir a la Aflicción en sus golpes. Con un gran martillo, llamado el martillo de la palabra, que empuñaba en su mano, rompió la puerta, se paró junto a mi lecho con las manos y los labios llenos de mensajes de misericordia del Amo a quien servía, y no me dejó hasta haberme conducido a la Puerta del Camino estrecho.

—Pero —dijo Peregrino—, ¿se te permitió partir sin que se hiciera un esfuerzo por rescatarte?

—No así —respondió Teófilo—; mis compañeros, vecinos y amigos salieron corriendo tras mí con voz suplicante: unos rogándome que volviera, otros usando amenazas, otros burla, otros sobornos. Mi esposa y mis hijos, con lágrimas en los ojos, me reprochaban mi cruel abandono y empleaban toda persuasión para inducirme a volver. Pero el Señor del Camino envió a su mensajero a susurrarme al oído: «Quien deja a padre y madre, y a esposa, e hijos, y casas, y tierras, por mi nombre y por el del evangelio, recibirá en esta vida el ciento por uno, y en el siglo venidero, vida eterna». «Pero quien ama a padre y madre, o a esposa e hijos, más que a mí, no es digno de mí».

—¿Y tuviste que esperar mucho en la puerta de entrada? —preguntó Peregrino.

—No —respondió el otro—; Gracia Libre, el portero, estaba listo para recibirme. Solamente otro viajero pedía admisión en ese momento; pues la muchedumbre entera se apresuraba por el camino opuesto hacia la Destrucción. El nombre del viajero era Vacilante; era nativo de la tierra fronteriza, situada entre los territorios del Rey Emanuel y los del Príncipe de las Tinieblas. Llevaba un atado a la espalda que contenía concupiscencias del corazón, pecados del corazón e ídolos del corazón, que estimaba demasiado para dejarse inducir a separarse de ellos, y, con todo, parecía igualmente reacio a abandonar el camino de vida. Habría entrado de buena gana, con tal de conservar su atado; pero era demasiado grande: la puerta era demasiado estrecha y angosta para admitirlo. Así que torció por el Camino ancho, y no vi más su rostro.

—¡Desventurado hombre! —dijo Peregrino—; bien lo recuerdo; y verdaderamente lo juzgo más digno de compasión que cualquiera de sus compañeros del Camino ancho; pues sabe lo bastante del Camino estrecho para hacerse miserable, pero no lo suficiente para tener paz. Aprendamos de su triste fin el peligro de juguetear con los pecados que nos asedian.

—Y sin duda —dijo Peregrino— podrás añadir tu experiencia a la mía, respecto del Señor del Camino, desde la primera hora en que fuiste alistado en su servicio: que, por infiel que hayas sido para con él, él jamás ha sido infiel para contigo.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: CHAPTER 8 — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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