Esté tu mano buena y bondadosa de manera especial alrededor de mí hoy. Fortaléceme para el cumplimiento de todo deber, ya sea en el hogar o en el mundo. Prepárame para resistir toda tentación y para soportar toda prueba. Sea cual fuere el talento que me hayas confiado, ya sea posición, intelecto o bienes mundanos, pueda yo sentir la santidad del depósito y procurar emplearlo con gratitud para el bien de otros y para tu gloria, mi Dios. Capacítame para aspirar a ese alto nivel de responsabilidad cristiana que considera valiosos todos los bienes solo en la medida en que contribuyen a manifestar las alabanzas de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Viviendo bajo la impresión habitual de que muy pronto, muy pronto, ese depósito confiado podrá ser requerido, oh, dame gracia para cumplir la parte de un mayordomo fiel.
Ten compasión de los que están en prueba. Escucha el fuerte clamor de la humanidad; especialmente el que se levanta de los miembros de la familia de la fe. Bendito Redentor, es nuestro consuelo saber que, por amplio que sea el número de los afligidos, puedes decir respecto de toda diversidad de caso y experiencia: «Yo conozco sus pesares». Que tu pueblo que sufre sea llevado a una relación y comunión más cercanas contigo. En medio del misterio de los presentes tratos que confunden, miren ellos hacia adelante al día en que, a la luz de la eternidad, escucharán la repetición de tu propio dicho: «¿No te dije que si creyeres, verías la gloria de Dios?».
Que la causa de la verdad triunfe sobre el orgullo, la superstición y el culto voluntario del hombre. Apresura el tiempo en que la tierra llegue a ser un templo consagrado, todo corazón un altar, toda vida un sacrificio, toda lengua alabanza. El poder humano es impotente para romper las cadenas del pecado y de Satanás. Pero la sabiduría de Dios es más sabia que el hombre, y la debilidad de Dios es más fuerte que el hombre. No es por fuerza humana ni por poder humano, sino por tu Espíritu, oh Señor Dios Todopoderoso.
De nuevo me encomiendo a Ti. Que el amor de Dios el Padre me anime; que la gracia de Dios el Hijo me sostenga; que la comunión de Dios el Espíritu Santo me vivifique y santifique. ¡Oh bendita Trinidad en unidad! Hazme apto ahora y para siempre para la herencia de los santos en luz. Amén.
Sexta noche — EL INVISIBLE EN QUIEN CONFIAR
«Aunque dices que no lo verás, el juicio está delante de él; confía por tanto en él». Job 35:14
Oh Dios, bendigo y alabo tu santo nombre, porque se me concede de nuevo tener comunión y trato contigo, el Padre de los espíritus. Podría, como otros esta noche, haber sido llamado a la Puerta de la muerte; pero de nuevo tengo el privilegio de ser suplicante a la Puerta que conduce al trono de la misericordia, con la llave de oro en mi mano, y la seguridad de que un Dios de misericordia está esperando para ser clemente.
Deseo bendecirte por tu bondad constante e incansable. Quisiera extraer motivo de gratitud de cada diverso testimonio y tributo de tu amor. Te bendigo por la exención de peligros y accidentes, de dolor, enfermedad y dolencia. Te bendigo por la salud y las fuerzas; por los múltiples consuelos externos y los goces domésticos. Sobre todo te bendigo por la buena esperanza por gracia, la esperanza colmada de inmortalidad, que me has dado en tu amado Hijo; y que, con el Don Mayor, libremente otorgarás todas las cosas necesarias, tanto para mi paz presente como para mi bienestar eterno. Oh Dios Salvador, que me has redimido con tu sangre preciosísima, ¿a quién iré sino a Ti? Estoy persuadido de que eres poderoso para guardar lo que te he confiado. Te bendigo porque, como el Hijo del hombre, viniste a buscar y salvar a los perdidos; como el Buen Pastor que dio su propia vida por las ovejas, la más débil, la más cansada y la más cargada del rebaño puede reclamar tu atención. Tú nos señalas nuestro pasto. Conoces a tus ovejas por nombre y las conduces fuera. Si en ocasiones me es imposible comprender el misterio de tus tratos; si a veces me llevas por el sendero espinoso, enseñando mediante propósitos cruzados y expectativas frustradas y contrariadas, sea mío confiar en tu sabiduría infalible.
Sabiendo que «el juicio está delante de ti», confíe yo implícitamente en tu fidelidad, glorificando tu santo nombre con una sumisión sin reservas, diciendo: «Señor, heme aquí; haz de mí y conmigo según parezca bien a tus ojos»; «Aunque me matare, en él esperaré». Fortalecido por tu gracia, procure yo vivir bajo el imperio de aquel motivo más sublime: que cuanto te agrade ha de agradarme; que sea cual fuere tu santa voluntad, esa sea la mía. Si el sendero de la prosperidad llegare a ser desigual; si los apoyos humanos fallaren, y los refugios humanos se revelaren como refugios de mentiras; si los bienes mundanos se menoscabaren, o el amor terrenal muriese, que lo perecedero y corruptible solo me impulse más cerca de lo incorruptible, a buscar comunión más estrecha e íntima con aquel en cuya presencia hay plenitud de gozo. Así, confiando en Ti y amándote, levánteme por encima de todo cuanto a mi alrededor es pasajero y mudable. En quietud y confianza sea mi fuerza.
Guárdame de abatirme por males imaginarios o de cavilar mórbidamente sobre las decepciones. Hazme sentir que, si me hubiera convenido, mis deseos habrían sido satisfechos; pero en tu sabiduría mejor me has negado aquello que, de haberme sido concedido, podría haber resultado perjudicial para los intereses de mi alma. Presérvame de toda soberbia y vanagloria; hazme caritativo y perdonador, bondadoso y desinteresado, alegre y agradecido. Dame esa humildad de mente que me lleva a estimar a los otros como superiores a mí mismo. ¡Oh, que cada miembro de tu familia que lleva el nombre de cristiano pudiera hacer con más sinceridad la declaración: «Ninguno de nosotros vive para sí»!
Bendice, Señor, a todos los hijos del dolor. Algunos de estos pueden estar atravesando aflicciones abrumadoras. Puede que no parezca haber para ellos ningún rayo en la oscuridad, ni borde de plata en la nube que se avecina. Pon en ella tu propio arcoíris. Capacítalos para regocijarse aun bajo la sombra de tus alas, y para cantar su «cántico en la noche». Que también ellos confíen implícitamente en Ti: que no impondrás carga innecesaria alguna; que todos tus tratos están entretejidos e hilados con misericordia; que el juicio (juicio sabio y justo) está delante de Ti. Que sus pruebas rindan el fruto apacible de justicia.
Bendice a tu iglesia en todas partes. Prospera todas sus empresas para el bien del hombre y para tu gloria. Bendice a tus siervos ministros; haz de ellos saetas pulidas en la aljaba de su Maestro, instrumentos honrados para volver a muchos de las tinieblas a la luz. Revístelos de energía espiritual, celo y fortaleza en días de frialdad y tibieza, apatía y apostasía. Que todas tus iglesias, andando en el temor de Dios y en el consuelo del Espíritu Santo, sean multiplicadas en todas partes.
Y ahora, Señor, ¿qué espero? Mi esperanza está en Ti. Perdona cuanto hoy he pensado mal, dicho mal y hecho mal; todas las comisiones de pecado y todas las omisiones de deber. Quédate conmigo, porque se hace tarde y el día ya declina; y cuando el día de la vida se haya gastado y las últimas sombras hayan caído, que solo sea para dar la bienvenida a «la mañana sin nubes», y para gozar para siempre del resplandor de tu presencia y de la plenitud de tu amor. Y todo cuanto pido es por amor de Jesús. Amén.
Séptima mañana — PADRE NUESTRO
«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre». Mt. 6:9
Oh Señor, Dios Todopoderoso, Dios de mi vida y de la longitud de mis días, vengo a Ti esta mañana, buscando reconocerte en tu carácter paternal. Te bendigo si puedo pronunciar esa palabra del evangelio, ese nombre del evangelio: «Padre mío»; si puedo sentir que las Puertas de la oración son las puertas que conducen a la casa de un Padre, a la presencia y al amor de un Padre. Te bendigo porque tengo el respaldo de tu adorable Hijo para apropiarme las palabras «Mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios»; porque tengo su propia seguridad alentadora: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden». Quisiera valerme del privilegio. Quisiera traer todas mis necesidades y mis pecados, mis dificultades, pruebas y perplejidades, y derramarlas en el oído amoroso de un Padre amantísimo. Líbrame del culto de esclavitud y del temor de esclavitud, y capacítame para decir con la dulce confianza de tus hijos: «¡Abba! ¡Padre!».
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE GATES OF PRAYER — Parte 7
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.