Hace tiempo que sostengo una disputa entre mi cuerpo mortal y la muerte; y aunque he mantenido largo tiempo la lucha con un cuerpo sujeto a enfermedad y dolor, al fin tendré que rendirme ante el conquistador universal, y ser conducido a la casa señalada para todos los vivientes. Dentro de poco, el rey de los terrores avanzará hacia mí, armado para matar, y no podré escapar del agudo destructor. Pero aquí está el consuelo del cristiano: que puede morir, y aun así no ser dañado por la segunda muerte. Sí, puede comparecer sin temor ante aquel que es terror de los reyes —como ante un enemigo vencido— y contemplar con alegría el sepulcro silencioso. Pues aunque su polvo se pudra, con todo, su esperanza florecerá para siempre. ¡Oh, qué privilegio inefable es tener parte salvadora en el Hijo de Dios, por el cual la muerte —que pone al mundo a temblar— llena la boca del creyente con cánticos de triunfo! Felices serían los impíos si se vieran libres del temor de la muerte que se acerca. Pero este día que se aproxima, cuando él parta para estar con Jesús, enciende gozo en el seno del creyente.
La naturaleza reluctante, en verdad, podrá debatirse en los últimos estertores; pero las glorias que se abren disiparán toda sombra. Mis parientes podrán llorar por mí; pero mi alma será toda armonía en su interior. Mi cuerpo podrá agitarse y revolverse en un lecho de muerte; pero mi esperanza estará fijada dentro del velo. El luto y el llanto podrán acompañar mi partida; pero mi alma, partida, se elevará al cántico eterno. Y, mientras mis tristes amigos dan sepultura a mi inerte arcilla, mi inmortalidad entrará en el gozo de mi Señor.
Consideraciones como éstas refrescan al que espera la gloria; y cualesquiera nubes oscurezcan el cielo de su ocaso, con todo, su estado es seguro, y nunca andará solo a través de la sombra oscura, del solitario valle de la muerte. El mismo Salvador divino, que ha sido nube y sombra para él todos los días de su vida, será también para él resplandor de fuego flamante en la noche de su muerte. De ahí que la muerte misma, como la nube de antaño, cuando se interpuso bondadosamente entre Israel que huía y Egipto que perseguía, aunque sea terror y tinieblas para los mortales corrompidos, es empero gozo, luz y transporte para los hijos adoptivos.
Si, al acercarse los momentos decisivos, una enfermedad feroz permite a mi alma tanta tranquilidad como para pensar, ¡con qué deleite me despediré del mundo, cómo se hincharán mis goces al verme al borde de una eternidad de gloria! Y, si puedo usar mi lengua, ¡cómo mi último aliento hablará de las excelencias de mi divino Redentor, y recomendará la religión a los hijos de los hombres! ¡Cómo me extenderé en la bienaventuranza, en los goces arrobadores que se hallan en su presencia, aun acá abajo, cuando el alma mora con gran deleite bajo su sombra, y come de sus frutos, mientras el paraíso florece a su alrededor! ¡Cómo procuraré también poner ante los ojos un poco de aquel estado triunfante que está delante del trono!
Entonces, tomando mi último, mi eterno adiós a todas las cosas creadas, fijaré mi alma en toda la bienaventuranza sin límites y la gloria eterna que hay en su presencia; y, mientras él comience bondadosamente a derramar en torno mío el eterno mediodía, exhalaré mi alma entre sus resplandores, y me elevaré en su irradiación hasta el mismo trono.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: A prospect of Death
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.