La vida de Cristo para cada día

Cristo ante Herodes y el peligro de resistir las convicciones

El Señor se halló ante cuatro jueces, y Herodes, que una vez escuchó con gusto a Juan el Bautista, terminó burlándose del Hijo de Dios por no querer abandonar su pecado.

El Señor Jesús compareció ante los tribunales de cuatro jueces. Dos eran sacerdotes, Anás y Caifás; y dos eran gobernantes, Pilato y Herodes. De Anás no sabemos nada, excepto que no desató a su sagrado prisionero, pues está escrito: «Anás le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote» (Juan 18:24). Pero de los otros tres oímos mucho. Aunque todos eran hombres malvados, no eran igualmente culpables, pues no tenían la misma luz ni llegaron al mismo punto en el crimen. Pilato era un pagano ignorante; Herodes había sido instruido por Juan el Bautista; Caifás había disfrutado frecuentes oportunidades de oír al Hijo de Dios mismo, pues su cargo lo obligaba a pasar todo el día en el templo, donde el Señor enseñaba con tanta frecuencia y obraba tantos milagros. Los corazones de estos tres hombres estaban dispuestos contra el Salvador justamente en proporción a su conocimiento de la verdad. Pilato nada sabía del Señor y deseaba liberarlo. Herodes sabía algo de él y no le importaba lo que le sucediera. Caifás sabía mucho y estaba empeñado en su destrucción. No es el oír de Cristo lo que ablanda el corazón, ni el verlo, ni el escuchar sus propias palabras. Solo el Espíritu Santo puede hacer que el malvado corazón del hombre ame al Salvador. Con frecuencia hallaremos que quienes han sido educados religiosamente y han oído el evangelio durante muchos años son mayores enemigos de Cristo que el mundo ignorante.

Pero aunque Pilato no odiaba a Jesús, tuvo parte en su asesinato. Caifás lo acusó; Herodes no hizo ningún esfuerzo por liberarlo; y Pilato lo condenó. Cada uno fue movido por distintos motivos. Caifás estaba dominado por la envidia; Herodes se hallaba en un estado de ánimo endurecido, incrédulo y arrogante; y Pilato temía exasperar a los judíos e incurrir en el desagrado del emperador romano. Pronto todos estos malvados jueces fueron derribados de sus altos asientos, despojados de sus resplandecientes honores y sumidos en profunda desgracia. Herodes y Pilato fueron desterrados a tierras lejanas. El fin de Caifás no se conoce.

Hubo una circunstancia en el caso de Herodes que agravó su culpa. Él estuvo una vez bajo impresiones religiosas. Hubo un tiempo en que oía de buena gana a Juan y hacía muchas cosas rectas; pero había un pecado que no quería abandonar. Se negó a separarse de la malvada Herodías, esposa de su hermano. ¿Cuál fue la consecuencia? Sus buenas impresiones se desvanecieron y su corazón se endureció más que antes. Encerró a Juan en la cárcel, luego lo decapitó y, al fin, escarneció al Hijo de Dios. ¡He ahí a uno que anima a sus soldados a convertir a aquel bendito y doloroso sufriente en objeto de ridículo! Si hubiera sabido quién estaba ante él, podría haberle pedido y podría haber obtenido el perdón de sus pecados. La sangre que Jesús derramó podría haber lavado su mano y su corazón culpables, incluso de las manchas de la sangre del Bautista. Pero había ahogado los reproches de la conciencia y se había convencido de que la religión era una fábula. En vez de temer ver a Jesús, cuyo siervo fiel había asesinado, se alegró sobremanera. Pero se alegrará sobremanera la próxima vez que lo vea; pues entonces hallará cumplida la terrible amenaza: «Yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando vuestro terror venga» (Proverbios 1).

El caso de Herodes no es común; hay muchos que una vez recibieron buenas impresiones y que una vez lucharon con fuertes convicciones, y que ahora se han vuelto duros, desdeñosos y hostiles. No quisieron obedecer la verdad y, por tanto, trataron de no creerla, y lo han logrado. Ningún sermón los hace ya temblar, ninguna aflicción toca ya su corazón; están acorazados contra las advertencias y las persuasiones, contra las misericordias y los juicios. Esperamos earnestamente que no haya nadie entre nosotros en este estado endurecido. Pero si hay algunos que ahora resisten las convicciones de la conciencia, ¡quién sabe cuán duros pueden llegar a ser sus corazones!

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ appears before Herod

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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