La ascensión y exaltación del Señor aparecen con frecuencia y relieve notable en la palabra de Dios. El Espíritu Santo ha dado a este hecho un peso singular, y los escritos del Antiguo Testamento lo anuncian con claridad: «Subió Dios con júbilo; el Señor con sonido de trompeta». Él descendió como Dios y subió como Dios manifestado en carne. Su ascensión fue digna de su Deidad: real y triunfante, como un gran Rey y como un Conquistador poderoso que lleva cautiva la cautividad.
El momento de la ascensión conviene precisarlo: cuarenta días después de su resurrección, tiempo suficiente para confirmar con prueba irrefutable y tangible este hecho fundamental de su historia. En esos días respondió los razonamientos y disipó las dudas de sus discípulos aún incrédulos, y a la vez llenó ese breve espacio con las instrucciones más necesarias, preciosas y trascendentales para el bien de su iglesia. Aun después de acabada su obra expiatoria, nuestro amado Señor seguía ocupado en los negocios de su Padre, empeñado en promover su gloria y el bien eterno de su pueblo. ¡Oh, qué amor fue el de nuestro Emanuel!
Ascendamos ahora en espíritu con Jesús y contemplemos la gloria de su exaltación. Su entrada en el cielo fue la señal del pleno desarrollo de su poder y gloria mediadores: la promesa del Padre y la recompensa de su muerte. «Yo he puesto a mi Rey sobre mi santo monte de Sion»; «Tu trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos». Su exaltación a la diestra del Padre fue su entera investidura en el reino mediador. Desde el instante en que ciñó la corona, empuñó el cetro y el gobierno descansó sobre su hombro, su verdad avanzaría y su reino se ensancharía con poder creciente, hasta reinar como Rey de reyes y Señor de señores.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - August 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.