Las hendiduras de la roca

Cristo, el Juez justo que vendrá con gloria

La resurrección de Cristo garantiza que Él vendrá como Juez del mundo con justicia; el creyente halla refugio seguro y triunfante en las hendiduras de la Roca de los Siglos.

CRISTO EL JUEZ

CRISTO EL JUEZ

“Porque Él ha fijado un día en que juzgará al mundo con justicia por el Hombre que Él ha designado. Ha dado prueba de esto a todos los hombres al resucitarlo de entre los muertos.” –Hechos 17:31

“Debido a Su alianza con la naturaleza del hombre; debido a Su conocimiento de las flaquezas del hombre; debido a todo lo que hizo y sufrió por amor del hombre como Hijo del hombre, el Hijo es aquella Persona de la Trinidad que es la más apta, así como la más digna, para ser el Juez del hombre.” –Burgon.

“Él tomará Su asiento sobre un trono que excede infinitamente al de los príncipes terrenales e incluso al de los celestiales, vestido con la gloria de Su Padre y la Suya propia, rodeado de una innumerable hueste de asistentes resplandecientes. Mientras tanto, oh mi Divino Maestro, ceñidos mis lomos, y ardiendo mi lámpara, y mis oídos atentos a la bienaventurada señal de Tu venida.” –Doddridge, 1702.

Es el conocido clímax de la más sublime de las Letanías: “¡En el Día del Juicio, líbranos, buen Señor!” Bienaventurados los que han obedecido el llamado del gran Profeta—“Los hombres huirán a las cuevas de las rocas y a las cavernas del suelo, a causa del terror del Señor y del esplendor de Su majestad, cuando Él se levante para hacer temblar la tierra”—y que pueden así apropiarse de la firme confianza expresada en el testimonio moribundo del principal de los apóstoles—“Estoy persuadido de que Él es poderoso para guardar lo que le he confiado hasta aquel día.” “¿Dónde estás tú?” fue la estremecedora pregunta que resonó entre los marchitos vergeles del Edén, cuando “se oyó la voz del Señor Dios que paseaba por el huerto en la frescura del día.” En un sentido muy diferente volverá aquella pregunta a pronunciarse. ¡Ay! En el caso de miles y miles, la única respuesta tomará la forma de una invocación a las rocas y a los montes para que se conviertan en barricadas en el vano intento de evadir la Omnisciencia.

Pero por otra parte, la respuesta del primer apóstata de la tierra tendrá un significado nuevo y glorioso en los labios de cada miembro de la Iglesia congregada, quien, lavado en la sangre y vestido con la justicia de Jesús, ha huido a Él por refugio—“¡Oí Tu voz y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí!” ¡Me escondí en Cristo! ¡Me escondí en la Roca de los Siglos! Aun ahora seamos capacitados, con alguna buena medida de seguridad triunfante, para retomar las tantas veces repetidas palabras, y cantarlas en anticipación de aquel Gran Día con su glorioso refugio y escondite:

“Cuando remonte a mundos ignotos,

Te vea en Tu trono de juicio—

¡Roca de los Siglos! hendida por mí,

Déjame esconderme en Ti!”

Obsérvese que el versículo escogido para encabezar este capítulo, y que podemos tomar como guía de nuestros pensamientos al considerar este excelso tema, conecta la hendidura de la Roca presente con otra de la que ya nos hemos ocupado. Se establece una conexión entre la Resurrección de Cristo y Su aparición como juez de toda la humanidad. Tras anunciar que el mundo ha de ser juzgado en justicia por el Hombre del designio de Dios, Pablo, en su discurso a su auditorio ateniense, se presenta añadiendo: “De lo cual ha dado garantía a todos los hombres al resucitarlo de entre los muertos.” Jesús, en el transcurso de Su ministerio público, había anunciado a Sus oyentes dos grandes verdades, ambas con el sello de lo extraño y lo improbable. La una, que Él mismo había de morir, y por Su propio poder inherente resucitar; que tras ser depositado en el sepulcro, había de salir al tercer día vivo de la tumba. Y con el fin de grabar este asombroso hecho en sus memorias, lo asoció con la notable analogía o prefiguración en la historia de uno de sus propios profetas—“Como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra.” O, nuevamente, invistiendo su venerado Templo con un significado tipológico: “Destruid este cuerpo, y en tres días lo levantaré.” Este fue el primero de los hechos casi increíbles.

El otro era aún más maravilloso—esto es, que en algún período indefinido del futuro, en el ejercicio del mismo poder por el cual habría de vivificar Su propio cuerpo, todos los millones que jamás pisaron este mundo serían despertados del sueño de la muerte, y citados a Su justo juicio. Habrían de repartirse recompensas eternas. Los que hubieran hecho el bien saldrían a “la resurrección de vida,” y los que hubieran hecho el mal a “la resurrección de condenación.”

Ahora bien, el primero de estos dos prodigios se había cumplido. La Resurrección del Redentor resultó ser un hecho histórico, certificado y acreditado por “muchas pruebas infalibles.” Y mediante el cumplimiento de un prodigio, Dios ha puesto Su sello a la indubitable certeza del otro. Tan cierto como que el crucificado y sepultado Jesús de Nazaret salió triunfante de Su tumba en el señalado tercer día, así seguramente despertarán las dormidas miríadas de la humanidad—el polvo de edades y siglos—al llamado de Él a juicio. “Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán.”

Podemos hacer una observación preliminar más, sugerida por estas palabras del apóstol. Ellas imprimen vivamente en nosotros la CERTEZA de aquel día y de aquella tremenda escena. Otros acontecimientos y transacciones del mundo son inciertos; su ocurrencia depende de circunstancias. En aquel rollo no escrito de nuestros variados futuros, no hay un solo acontecimiento del cual podamos sentirnos infaliblemente seguros, excepto nuestra muerte. Pero este Día del juicio es una verdad histórica del futuro tan grande como lo es la Resurrección de Cristo del pasado. Aun el período no queda sin fijar ni indeterminado. Completamente más allá de las presuntuosas conjeturas de los adivinos humanos, (pues “de aquel día y hora nadie sabe,”) sin embargo, es conocido por Dios. “Él ha fijado un día.” El día está escrito en el Libro de Sus decretos; y cada hora te acerca a ti y a mí a sus solemnidades. “Ciertamente,” dice el Rey que ahora reina, al hacer la última comunicación inspirada a Su Iglesia, “Ciertamente vengo pronto.”

¿Cuáles serán los ACONTECIMIENTOS de aquel día?

Notemos, primero, LA CONFIANZA Y SEGURIDAD DEL CREYENTE al contemplar la Persona del Juez entronizado. Dios ha de juzgar al mundo en justicia “por AQUEL HOMBRE que Él ha designado.” Es “el Hijo del Hombre” quien ha de venir entonces en Su gloria. Él vendrá, en verdad, en inefable majestad como el Supremo Jehová—el coigual y coeterno del Padre. Pero vendrá también en Su propia gloria, como el Mediador de Su Iglesia—el resplandor de Su Deidad será templado con la ternura de Su humanidad. Como mi Pariente, mi Vengador, el Hermano en mi naturaleza, el Señor que murió por mí, que ahora intercede por mí, Él ha de estar en aquel postrer día sobre la tierra; para vindicar mi causa, para borrar toda calumnia contra mi carácter, para ratificar mi perdón y mi aceptación ante un mundo congregado, y para proclamar gozosamente, en presencia de Su Padre, mientras señala los trofeos de la redentora gracia y amor a Su alrededor: “¡He aquí, yo y los hijos que me has dado!”

Observemos en seguida, LA ESFERA O EXTENSIÓN DE SU PROCEDIMIENTO JUDICIAL. En aquel día señalado Él ha de “juzgar al MUNDO.” Todos los que jamás han vivido serán reunidos dentro del área de aquel tribunal supremo; “Delante de Él serán reunidas todas las naciones.” “Todos los que están en sus sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios.” ¡Ni uno faltará! Desde los túmulos rebosantes de la tierra—desde las ocultas cavernas del océano. El mendigo desde su mortaja de polvo—el rey desde su dorado monumento. Tanto el suelo consagrado como el no consagrado devolverán lo que por largo tiempo han guardado en custodia. “Todo ojo lo verá;” toda rodilla se doblará ante Él; ya sea en la reverencia del amor adorante y del gozo, o en la inefable angustia de la desesperación. ¡Con qué solemnidad hace el Apóstol llegar a cada uno de nosotros, tanto la universalidad como la personalidad de aquella vasta asamblea: “Así, pues, cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios!”

Notemos en seguida, EL ÚNICO ATRIBUTO QUE ENTONCES SERÁ CONSPICUAMENTE MANIFESTADO. Él ha de “juzgar al mundo en justicia.” Ha de ser un trono de equidad sin concesiones. Se dice del Divino Conquistador del Apocalipsis, quien, sobre su caballo blanco, encabeza ahora los ejércitos del cielo, que “en Justicia Él juzga y hace la guerra.” Nunca podremos hablar demasiado ni con demasiada frecuencia del Reinado, o del Trono de la Gracia. Nunca podremos proclamar con excesiva urgencia la bienaventurada bienvenida que aguarda a todo penitente herido. Nos deleita imaginar aquel Trono con su dosel de arcoíris, y la inscripción que lo corona: “Fiel y justo para perdonar pecados.” Pero vendrá el día en que los tintes del arcoíris se deshagan y se fundan en el color del blanco puro (el tipo de la pura justicia sin mancha)—“Vi,” dice Juan, “un gran trono blanco.” La Justicia, una y otra vez lo hemos visto, ha sido el fundamento sobre el cual se levantó toda la obra de la Expiación, y la Justicia formará su acto final, la piedra de remate del Templo consumado.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: CHRIST THE JUDGE — Parte 1

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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