LA PASCUA EN EGIPTO Y SU SIGNIFICADO TÍPICO
LA PASCUA EN EGIPTO Y SU SIGNIFICADO TÍPICO.
«Ceñidos vuestros lomos, vuestros zapatos en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente. Es la Pascua de Jehová. Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto. Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne a Jehová.» Éxodo 12:11-14
La Pascua, en su celebración más antigua, es acaso el más conocido de todos los tipos del Antiguo Testamento. Pero con ella, como con las cosas más familiares, ocurre que si son interesantes e impresionantes, pueden muy bien soportar la reiteración y la repetición. Con la observancia que tenemos hoy de nuestro propio Banquete Evangélico, podemos apropiada y provechosamente tomar el rito judío como tema de nuestra meditación.
En pensamiento somos transportados a aquella noche memorable en que, bajo la guía de su líder de confianza, o más bien bajo la mano fuerte y el brazo extendido del Dios de la columna de nube, la raza oprimida ha de dejar para siempre su hogar de destierro. Esforcémonos, individualizando un grupo doméstico, por formarnos una imagen mental de la escena.
El día 14 del mes de Nisán, una familia israelita está reunida por última vez en su morada egipcia. La puerta está cerrada; el rostro del padre se ilumina de gozo mientras se dirige a los suyos congregados con palabras de ánimo, pues sabe que están a punto, de algún modo misterioso pero con certeza muy real, de despedirse de su esclavitud. «No temáis», podemos imaginarle diciendo, «antes de que amanezca, ¡Jehová hará maravillas! Una hora más, llegará la medianoche, y entonces se oirá un gran clamor en medio de la oscuridad; pues el Ángel Destructor ha de recorrer todas las moradas del país y dejar muerto a su primogénito, hijo del rey e hijo del esclavo. Sí, también el primogénito de las bestias. Los dioses-animales de Egipto, que nuestros opresores en su vana superstición han adorado, compartirán la sentencia, y el Señor Dios de Israel, nuestro Dios, será glorificado». Si el padre advierte, entretanto, que alguno de los presentes muestra alarma, quizá oyéndoles exclamar: «¡Ay! ¿No seremos también nosotros envueltos en esta terrible destrucción?», «¡No! Disipad vuestros temores», sería su respuesta. «¿Acaso no visteis hace unas horas cómo rocié nuestros dinteles y postes con la sangre de un cordero? Esa marca, dondequiera que se haga, asegurará a toda casa y hogar hebreo inmunidad contra el Destructor. Solo permaneced, como ahora, dentro de los muros. Aventurarse fuera sería exponerse a un peligro cierto. ¡Aquí estamos seguros!»
En aquel instante, demos mayor licencia a la imaginación y supongamos, por una audaz metáfora, que se oye fuera un sonido como de alas que susurran. Es el terrible Mensajero de la venganza. Pero cayendo el ojo de aquel Ángel, en el presente caso, sobre la señal de sangre señalada, pasa de largo por la morada sin dañarla. No así con las habitaciones de los demás. Lamento tras lamento se eleva, conforme en cada hogar egipcio se descubre que hay un primogénito muerto. Los clamores se acrecientan. Madres, golpeándose el pecho, corren de sus casas en el delirio de la desesperación. Buscan al sacerdote y al templo. Claman frenéticamente a Osiris y a Mnevis para que se levanten y los salven. Pero estos oráculos y deidades son mudos. «Tienen oídos, pero no oyen».
Y ya ha llegado la hora de la emancipación tanto tiempo anhelada. «¡Arriba! ¡Vámonos», se llama hebreo a hebreo. «Que nuestras lágrimas y nuestras cadenas no sean de ahora en adelante sino un triste recuerdo».
Está hecho. En medio de la oscuridad de la noche, aliviada solo por la luz de la luna, roto el silencio solo por el clamor de los egipcios desolados, el país desfigurado por las marcas de las plagas recientes, las palmeras derribadas y abrasadas por el granizo de Dios, la marcha comienza. «No se queda ni una pezuña». ¡Israel es libre! El poderoso ejército de esclavos liberados ha comenzado y consumado su Éxodo.
Hermanos, congreguémonos en torno a estas significativas enseñanzas emblemáticas. Si ningún pasaje de esta antigua historia de los actos de Dios resulta más familiar, ninguno es más pleno ni más sugestivo para nosotros del gran Redentor. Con la mayor sencillez de pensamiento y tratamiento, pues el tema no admite otra, contemplemos «a Cristo, nuestra Pascua, sacrificada por nosotros», «el Cordero inmolado desde la fundación del mundo».
Al hacerlo, recordaremos brevemente, o, si me atrevo a la expresión, «esbozaremos», y ello en el orden del relato inspirado, los puntos principales del antiguo tipo.
(1.) El primer rasgo que nos llama la atención respecto a la Pascua es que el Rito era DE DIVINO APPOINTAMIENTO.
Esta significativa ceremonia hebrea jamás habría sido pensada por un israelita. Habría sido lo último que se le habría ocurrido, en la noche final de la servidumbre, matar a uno de los miembros de su rebaño y rociar postes y dintel con su sangre.
El método de la gran expiación divina por los pecados del mundo fue preeminentemente idea de Dios. ¿Qué mente humana habría formulado jamás una idea semejante: que el Eterno enviaría a esta tierra apóstata nuestra al Príncipe de la Vida y Señor de la gloria, para consumar, mediante una muerte de entrega y sufrimiento, la emancipación y la salvación final de su pueblo? Ciertamente, si en algún respecto más que en otro los caminos de Dios no son nuestros caminos, ni los pensamientos de Dios nuestros pensamientos, es en que Él «haya amado al mundo de tal manera que haya dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna».
(2.) Notemos a continuación el nombre y la naturaleza de la víctima señalada: un CORDERO. El animal que entre todos parece sugerir la idea de inocencia y mansedumbre. En el cachorro del león, con toda su juguetonería, pronto se entrevé el embrión de la fiereza indomable de los años. Pero un cordero, mientras pace en la ladera del monte o junto al prado y el arroyo, es la imagen reconocida de la mansedumbre y la paciencia. Emblema expresivo, sin duda, del «Cordero de Dios». Nos parece pobre la razón que algunos han dado para la elección de la ofrenda pascual: que era lo que los pastores de Gosén podían más fácilmente proveer de sus rebaños. Veamos más bien, en este primer elemento sencillo del significado típico, lo que el escritor de una edad posterior llama «la mansedumbre y gentileza de Cristo». «Fue llevado como cordero al matadero; y como oveja delante de los que la trasquilan, enmudeció, y no abrió su boca».
(3.) Como ampliación de este pensamiento, el cordero pascual seleccionado había de ser SIN MANCHA.
Ni plaga, ni enfermedad, ni defecto podían afectarlo. No se aceptaría animal alguno con el vellón desgarrado ni la extremidad quebrada. Un miembro lisiado del rebaño habría sido un insulto a Jehová y habría viciado la ofrenda. La sangre rociada de tal bestia habría fracasado en detener los pasos del Ángel Vengador.
Cristo fue «un cordero sin mancha y sin contaminación». Él «se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios». Como una fisura o una veta en el mármol daña fatalmente la obra del escultor, como una mota en la lente del microscopio o del telescopio destruye su utilidad y exige un nuevo fundido, como una sola vía de agua habría sumergido a la más noble nave que surcara jamás las aguas, así una sola vía de agua en el gran Arca de la Misericordia, una sola fisura, una sola mancha en la naturaleza de la Fiadora Divina, la Imagen del Dios invisible, habría sido fatal para su idoneidad como rescate por los culpables. Bendito sea su nombre, el Cordero «inmolado por nosotros» fue «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores». ¡Qué multitud de testigos conspiraron en la tierra para dar fe de su inmaculada pureza! Sus mismos enemigos fueron compelidos a reconocer su vida intachable y sin mancha. El traidor que lo vendió hubo de confesar: «He pecado entregando sangre inocente»; el juez que lo condenó hubo de lavarse las manos y declarar: «No hallo en Él ningún delito». Su propio discípulo amado, en años posteriores, lo contempló en visión «ceñido con un cinto de oro», «glorioso en su santidad».
(4.) El cordero pascual no solo debía ser sin mancha, sino «macho de un año», esto es, llegado a su pleno crecimiento. Era lo más escogido del redil. Era, a su modo modesto, el tipo de la perfección absoluta.
He aquí otra atestación adicional del Sacrificio perfectísimo. Puede parecer a algunos un rasgo accidental y subordinado, pero juzgamos que no puede pasarse por alto: la expiación por el pecado fue consumada por el gran Antitipo precisamente a la edad en que la virilidad alcanzaba su plenitud. En vano es el intento, salvo de fuentes tradicionales no autorizadas, de formarse concepción alguna definida del aspecto externo, la forma humana y el semblante del Divino Hijo de Dios. Cada cual podrá tener sus imaginaciones y conjeturas acerca de lo que no ha sido revelado. Acaso la principal de ellas sea que, así como en los mejores y más nobles de la tierra solemos hallar el valer, la pureza, la integridad, la simpatía y la bondad reflejados de modo inequívoco en el rostro y los rasgos, así pudo ocurrir con Aquel «cuyo semblante era como el sol que resplandece en su fuerza». ¿No puede razonablemente conjeturarse que cuanto había de más atrayente y hermoso en el hombre se desplegó en el aspecto externo del «totalmente amado»? Sin duda añade al pensamiento conmovedor de su muerte que fuera justo cuando el adorable Salvador había alcanzado todo lo completo como Ideal de la humanidad que «fue quitado de la tierra de los vivientes».
La Flor Celestial fue cortada, no en temprano botón incipiente, sino en plena floración. El lirio blanco y puro inclinó su cabeza, no cuando la belleza latente estaba sin desarrollar, sino cuando había revelado plenamente su «cáliz de oro». El Árbol Divino de la Vida sucumbió al hacha, ni en la temprana primavera, cuando sus ramas estaban desnudas y el fruto sin formar, ni en el otoño tardío, con las hojas marchitas, sino en el pleno verano de su gloria, cuando cada rama estaba cargada de verdor y pendiente de los más ricos racimos. El magnífico Templo cayó, no a medio alzar, ni cuando el trabajo y el sufrimiento habían dejado sus líneas y surcos en el reluciente mármol, sino más bien justo cuando la piedra final había sido traída entre gritos y se alzaba el clamor: «¡Gracia, gracia a él!». Si nos atrevemos a usar lenguaje humano, fue cuando este «Más hermoso que los hijos de los hombres» estaba «en lo más noble y mejor de sí», cuando en divinísimo sacrificio derramó su sangre de vida por nosotros.
De esta vista emblemática conjunta de Cristo como «un Cordero», «un Cordero sin mancha», «un macho de un año», tomemos consuelo. Se requirió perfección, la perfección de la Deidad y de la humanidad, para hacer de Él todo lo que necesitamos como Salvador. Un ángel tiene una perfección propia, pero un ángel no puede redimir. Su perfección es a lo sumo solo la perfección de una criatura, la gloria y el lustre prestado y derivado del satélite. Ellos «cubren sus rostros con sus alas» en señal de consciente indignidad. La perfección de Cristo es no derivada; suya es la única perfección que puede ser aceptada como sustituto de la imperfección, y por razón de la cual puede así dirigirse a su Iglesia: «Yo que hablo en justicia, soy poderoso para salvar».
(5.) El cordero pascual fue SEPARADO del rebaño y conservado vivo cuatro días. Esto formaba una injunction divina adicional, como se constata consultando las instrucciones detalladas al comienzo del capítulo del cual se toma nuestro texto (Ex. 12:3, 6).
Cristo, como ya hemos visto, fue designado para su obra expiatoria y su sacrificio en los consejos del Padre desde la fundación del mundo. Antes de que el verdadero Antitipo pascual fuera inmolado, el mundo fue dejado 4000 años (cuatro días milenarios, como expresa un antiguo escritor) para resolver el problema de su propia autorrestauración. Dios parecía decir: apartaré el gran Sacrificio señalado para estas eras especificadas, para dejar que las naciones pongan a prueba su capacidad de salvarse a sí mismas, para resolver, si pueden, con su propio intelecto y razón, con sus leyes de progreso, sus astutas filosofías, su «conciencia moral», la cuestión de tanto momento: «¿Cómo podrá el hombre ser justo con Dios?». La solución de aquel problema, tras el largo período de espera y probación, fue: «El mundo por su sabiduría» (su jactada sabiduría y civilización, sus códigos morales, sus expedientes políticos y sus teorías científicas) «no conoció a Dios». Entonces, vino el cumplimiento del tiempo, y Dios envió a su Hijo unigénito.
(6.) El cordero pascual, tras ser presentado «el día catorce del mes primero, en luna llena, entre las dos tardes», fue inmolado. En la celebración del rito en Egipto, con la que ahora nos concierne especialmente, el cabeza de cada hogar oficiaba como sacerdote sacrificial. Pero cuando llegaron a Canaán, y en tiempos subsiguientes, cada oferente parece haber traído su cordero por separado al Tabernáculo o al Templo, donde era inmolado por los levitas. La sangre se vertía, en todo caso en el servicio del Templo, en cuencas de oro y plata. Estas se iban pasando a lo largo de una fila de sacerdotes oficiales hasta llegar al altar sobre el cual se echaba finalmente la sangre. En cualquiera de los casos, el cordero pascual era una ofrenda sacrificial, una propiciación.
Hermanos, aquí está la verdad fundamental del evangelio: «el rociamiento de la sangre de Jesucristo». Sí, el «rociamiento», pues observad que, bajo las formas variables de observancia en los tiempos judíos más antiguos y posteriores, esta expresiva acción fue rigurosamente preservada. No basta para ti ni para mí el sacrificio del Cordero, es decir, el mero hecho histórico de que la Víctima divino-humana murió. Ha de haber la aplicación salvadora de aquella sangre a la conciencia: un interés personal e individual implorado y hallado en la gran salvación: «El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí».
En vano será para nosotros sentarnos a nuestro gran Banquete del Nuevo Testamento si no somos conscientes de que los dinteles y postes de nuestros corazones, como una gran realidad espiritual, han sido marcados con la señal del pacto, y de que descansamos en Cristo como nuestro único Salvador. Hemos visto que nada sino el rociamiento de la sangre habría salvado del Ángel Vengador. El israelita habría podido amontonar contrafuerte sobre contrafuerte, pirámide sobre pirámide, para lograr el resguardo. Podría haber fortalecido su morada con barras de bronce y pilares de hierro, dinteles y postes de artesanía ingeniosa. El arma del Destructor los habría hendido en dos.
«Y en ningún otro hay salvación». La obra de Jesús debe erguirse sola en toda su solitaria grandeza y suficiencia. «Cuando yo vea la sangre», «la sangre», dice Dios, «pasaré de vosotros».
Omitiendo varias otras lecciones típicas interesantes sobre las cuales el tiempo no permite hablar, concluiré con una sola otra referencia: la injunction final a los hebreos respecto a su ofrenda; a saber, que, tras ser el cuerpo de la víctima «asado al fuego», había de ser comido; todo él había de ser comido, nada había de quedar.
En la celebración moderna del rito por los samaritanos, ninguna parte parece más extrañamente interesante que los invitados, a la luz de la luna pascual llena, congregándose en torno a los cuerpos de los corderos degollados y consumiéndolos. Hay, además, la misma adhesión rigurosa al viejo mandato de que nada había de quedar sin consumir; de modo que si quedan algunos bocados, son cuidadosamente recogidos, puestos sobre esteras y quemados. Se encienden fuegos y velas y se escruta el suelo en todas direcciones, por si se ha pasado por alto algún fragmento. «No dejaréis de él nada para la mañana; y lo que quedare para la mañana lo quemaréis en el fuego».
¿Cuál es, entre otras, una gran lección espiritual aquí inculcada? Que no basta conformarse con el acto inicial del perdón y el perdón por la sangre de la cruz. Cristo no solo debe ser mirado con fe sencilla, sino que, en sus propias palabras y símil expresivos pero muy malentendidos y malinterpretados: «De cierto, de cierto os digo: A menos que» (en un sentido elevado y espiritual) «comáis la carne y bebáis la sangre del Hijo de Dios, no tenéis vida en vosotros».
De manera muy especial, queridos amigos, ese rasgo típico se nos trae hoy a la vista. Recordáis las palabras de la Institución pronunciadas por el gran Maestro del Banquete del Nuevo Testamento. Estas no son: «Tomad, mirad» (esto habría bastado si hubiera sido una ocasión meramente conmemorativa); sino que dice significativamente: «Tomad, comed». Es una Ordenanza de pacto, de fortalecimiento, de impartición de gracia, de nutrición. Al participar del pan sacramental y beber el vino sacramental, se expresa, en el acto externo, la necesidad de lo que los antiguos teólogos llaman «apropiarse al Redentor y a todos los beneficios de su compra». La ordenanza, recibida por la fe, no solo «significa, sino que sella, nuestro injerto en Cristo, nuestra participación de los beneficios del Pacto de Gracia y nuestro compromiso de ser del Señor».
Hermanos, «¡Celebremos la Fiesta!», y al ir «al altar de Dios, al Dios que es mi gozo y mi gozo sobreabundante», hagámoslo con la letanía acariciada y familiar en labios y en corazón: «¡Oh Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros!», «¡Oh Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, danos tu paz!».
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Fuente y atribución
Autor original: Horatius Bonar
Título original: Communion addresses and devotional expositions — THE PASSOVER IN EGYPT AND ITS TYPICAL SIGNIFICANCE
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Horatius Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.