Sólo se registran tres casos en los que el Señor Jesús resucitó a los muertos, y en cada uno se trataba de un caso de dolor agravado. El joven muerto de Naín era el único hijo de una viuda; era todo el bien terrenal de su madre, el objeto de sus más tiernos afectos y acaso el sostén de sus años declinantes.
Si alguno de nosotros ha visto alguna vez a una viuda que ha sufrido semejante pérdida, ¡qué angustia de corazón hemos presenciado! Cómo se detiene en las cualidades atrayentes del ser perdido; cómo lamenta su propia desolación y dice, en la amargura de su alma: «¿Hay algún dolor como mi dolor?». Sin duda sentimos compasión por la madre afligida, mas no como la que Jesús sintió al ver a la viuda de Naín, porque ningún corazón fue jamás tan tierno como el corazón del Redentor. ¡Qué ternura mostró en su manera de realizar el milagro! Se dirigió primero a la madre dolorida y le dijo: «No llores». Nosotros sólo burlaríamos al afligido si le dijéramos: «No llores»; podemos únicamente llorar con los que lloran. Pero Jesús podía quitar la causa del dolor. Aunque él mismo fue varón de dolores, gustó el gozo puro de consolar a los enlutados. Si la madre miraba, le veía a través de sus lágrimas acercarse al féretro. ¡Qué momento de expectación aquél! Luego se oyó el majestuoso mandato: «Joven, a ti te digo, levántate».
¡En qué escena abrió los ojos aquel joven! Allí estaba su cariñosa madre, ¿pero quién era esta persona maravillosa que estaba junto a él? El comenzó a hablar; hablando demostró que estaba realmente vivo. El Señor mismo quiso realizar este dulce oficio: entregar al joven en los brazos de su madre. Debió ser un consuelo para su corazón amante contemplar el gozoso reencuentro de la madre y el hijo. Pero la razón principal por la que Jesús hizo milagros fue para confirmar su palabra. Al resucitar al hijo de la viuda, mostró que él puede dar vida. Había declarado: «Todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán».
Si queremos ser participantes de la resurrección del sepulcro, debemos experimentar ahora otra resurrección: la del estado de muerte por nuestras transgresiones y pecados. Esta es la más maravillosa de todas; pero Jesús puede concederla por su palabra. «Viene la hora, y ahora es —dijo el Señor de la vida—, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios y vivirán». Sí, la hora ahora es cuando los muertos oyen la voz del Hijo de Dios y viven. Los muertos en transgresiones y pecados oyen la voz de Cristo en su santa palabra; creen y viven. Como dijo el apóstol Pablo a los efesios: «Él os dio vida, estando muertos en transgresiones y pecados» (Ef. 2:1). Estas mismas palabras que Jesús habló al hijo de la viuda han despertado a algunos muertos en pecados y les han hecho vivir para Dios.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The raising of the widow's son
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.