Sabemos que Juan se hallaba en aquel tiempo encerrado en la cárcel. Allí fue visitado por sus discípulos. Aunque se les había dirigido a menudo a mirar a Jesús como el Salvador del mundo, parece que ahora dudaban si él era el verdadero Mesías tan esperado. Hicieron bien en acudir a su maestro para expresar sus dudas. Siempre es bueno confiar tales pensamientos a quienes pueden ayudarnos, pues al esconderlos en nuestro propio pecho a menudo nos causamos mucha inquietud y nos exponemos a gran peligro. Ciertamente sería muy malo expresar nuestras dudas a personas ignorantes o incrédulas, pero es sabio abrir nuestra mente a cristianos experimentados.
Los discípulos de Juan debían haber oído los relatos de los milagros que Jesús hacía, pero no creían esos relatos. Probablemente estaban predispuestos contra el Señor por su manera de vivir, muy distinta a la de Juan; pues Jesús se mezclaba libremente con los pecadores y comía y bebía con ellos, mientras Juan había llevado siempre una vida solitaria y se había alimentado de la comida más sencilla. Juan tomó un método excelente para convencer a sus incrédulos discípulos: los envió a Jesús. A menudo encontramos que el Señor se negó a realizar milagros para convencer a los incrédulos. Cuando los fariseos le pidieron una señal, dijo que no tendrían otra sino la del profeta Jonás (la señal de la resurrección). Pero no se negó a hacer milagros para convencer a estos inquisidores. ¿Cuál era la razón de esta diferencia? Sin duda sabía que deseaban creer, y siempre trata con gran compasión a quienes anhelan conocer la verdad.
Si alguno duda si el evangelio viene del cielo, vaya y presencie sus efectos. He aquí a John Newton, el traficante de esclavos, transformado en un hombre de corazón tierno que se deleita en librar a los esclavos de Satanás. He aquí a miles de ciegos idólatras que arrojan sus ídolos y abandonan sus prácticas viciosas. Mas el tiempo nos faltaría aun para ojear las maravillas que el evangelio ha obrado entre todas las naciones, desde los días de Pablo hasta hoy.
Con todo, aún es necesario atender a la advertencia de nuestro Salvador: «Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Bienaventurado el que crea en mí a pesar de todo lo que ve en mí que estorbe su fe. Con estas palabras Jesús enseñó a los discípulos de Juan que, no obstante sus milagros, muchos se negarían a creer en él. Aún hay muchas tentaciones para no creer en Jesús: el mundo no cree en él, he aquí una tentación; hay tantos hipócritas y cristianos inconsistentes, he aquí otra; el pueblo de Dios es generalmente pobre, humilde e indocto, he aquí otro tropiezo; y la doctrina de la salvación por la fe es desagradable a los corazones orgullosos y terrenales, y este es el mayor tropiezo de todos. Pero quienes creen a pesar de todos estos obstáculos recibirán esta bendición: «Bienaventurado es el que no se escandaliza de mí».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The visit of John the Baptist's disciples
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.