Dios ha dicho: «A los que me honran, yo honraré» (1 S. 2:30). Juan el Bautista honró mucho a Cristo en su predicación, y ahora oímos cuánto le honró Cristo. El Señor, que conoce a todos los hombres, declaró que ningún profeta mayor que Juan había aparecido jamás. Elías, que resucitó al hijo de la viuda, no fue mayor; pues aunque Juan no había hecho ningún milagro, conocía más de Cristo que cuantos le habían precedido.
Jesús recordó al pueblo el tiempo en que Juan predicaba en el desierto y les preguntó por qué habían ido allí. ¿Acaso para ver una caña sacudida por el viento? ¡No! No habían ido a ver un espectáculo común, sino uno extraordinario. ¿Era un magnífico espectáculo mundano lo que habían ido a ver al desierto? ¡No! Si hubieran deseado contemplar esplendor y magnificencia, no habrían ido al desierto a buscarlo. Son los reyes en sus palacios los que se visten de ropas deslumbrantes; mientras que Juan el Bautista sólo estaba cubierto de pieles y un cinto de cuero; no había nada que agradara a la vista en su apariencia. ¿Por qué, pues, habían ido al desierto? A oír a un profeta. Jesús se lo recordó para mostrarles cuánto bien espiritual debían haber aprovechado de sus visitas al desierto. Pero muchos no habían sacado provecho alguno de esas visitas; si lo hubiesen sacado, habrían recibido a Cristo como el Hijo de Dios, pues Juan había predicado acerca de él.
Jesús declaró entonces que el menor en el reino de los cielos era mayor aun que Juan. El Señor había venido a establecer el reino de los cielos sobre la tierra. Había venido a derramar su sangre por los pecados de los hombres. Quienes creen en el Salvador crucificado son mayores en conocimiento que Juan el Bautista, pues conocen el camino de la salvación más plenamente que él. Vivimos en los últimos días, y Dios nos ha hablado por su Hijo y por sus apóstoles, el menor de los cuales fue un profeta mayor que Juan. ¿Cómo escaparemos si descuidamos tan gran salvación? El Señor añadió una declaración que debió sorprender a muchos: que Juan era el Elías anunciado por Malaquías en el último capítulo de su profecía (Mal. 4:5): «He aquí, yo os envío a Elías el profeta, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible». Juan no era Elías mismo, pero había venido en el espíritu y poder de Elías, ferviente en espíritu y grande en poder, convirtiendo a los pecadores al Señor.
Vemos en este pasaje que Jesús sabe qué ventajas hemos gozado y qué uso hemos hecho de ellas. ¿Hemos oído predicadores fieles e impresionantes? ¿Qué efecto han tenido sus sermones en nuestros corazones? ¿Hemos sido persuadidos a luchar con empeño por entrar en el reino de los cielos? Si simplemente nos dejamos llevar por la corriente, al fin seremos precipitados en un abismo de miseria. La marea va contra nosotros y el viento nos es contrario. Debemos ser diligentes y fervorosos. La oración de Jacob conviene a todo pecador que perece: «No te dejaré ir si no me bendices».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Jesus commends John the Baptist
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.