Había gran dolor en todas partes entre los judíos. Mardoqueo rasgó sus vestidos y se sentó en la puerta del rey, cubierto de cilicio. Envió mensaje a Ester, implorándole que fuera ante el rey a rogar por su pueblo. La historia de su atrevimiento es conocida por todos. Su ruego ante el rey tuvo éxito. Amán se sintió muy feliz al ser invitado al primer banquete de Ester, y regresó a casa exultante. Esa noche los carpinteros se afanaron erigiendo una horca para Mardoqueo.
Pero esa misma noche ocurrió algo más. El rey no podía dormir, y se le leyeron las crónicas de su reinado. Allí estaba registrado que el rey debía su vida a Mardoqueo, y también que la hazaña de Mardoqueo no había sido reconocida públicamente. El cuadro de Amán conduciendo a su enemigo por las calles al día siguiente, como el hombre a quien el rey quería honrar, es muy impresionante. La marea había cambiado.
Amán estaba muerto en la misma horca que había levantado para Mardoqueo, pero el decreto para la destrucción de todos los judíos seguía en pie, y se acercaba el día terrible en que todos los judíos serían muertos. A menos que el decreto pudiera ser anulado o revocado, no podrían ser salvados. A costa de su vida, Ester presentó ante el rey la solicitud de que el decreto fuera revocado.
Hallamos aquí una lección sobre el valor en el deber. Aprendemos también que tenemos responsabilidad por los demás además de por nosotros mismos. A veces el mejor uso que uno puede dar a su vida es sacrificarla, entregarla, para que otros sean librados o ayudados. Así sucede cuando el maquinista, perdiendo su propia vida, puede detener su tren y salvar la vida de los pasajeros. Aprendemos también que Dios nos pone en lugares y relaciones con el propósito mismo de suplir alguna necesidad, de realizar algún servicio. Ester había sido llevada a su lugar en aquel momento preciso para que cumpliera justamente ese servicio particular por su pueblo. Piense en lo que podría haber sucedido si ella hubiera fallado. Piense en lo que puede suceder si nosotros fallamos en cualquier momento de deber.
Ester, sin conocer la disposición de la ley persa de que ningún decreto puede ser revocado, imploró al rey que revocara las cartas tramadas por Amán, y supo que la revocación era imposible. Mucho más ampliamente de lo que pensamos, esto es cierto en la vida. No podemos retirar ninguna palabra que hayamos pronunciado. Puede ser una palabra falsa o una palabra desalmada, una palabra que abrasará y quemará. Al instante de haberla pronunciado, podemos desear recuperarla y salir tras ella e intentar detenerla, pero no hay poder en el mundo que pueda desdecir la palabra hiriente ni borrarla de la vida del mundo. Lo mismo ocurre con nuestros actos. Un momento después de haber hecho algo malo, podemos arrepentirnos amargamente. Podemos estar dispuestos a dar todo lo que tenemos en el mundo para deshacerlo, para hacer como si nunca hubiera existido. Pero en vano. Una obra realizada toma su lugar en el universo como un hecho, y nunca puede ser revocada.
—¡No escriba ahí, señor! —dijo un niño a un joven en la sala de espera de una estación de ferrocarril, al verlo quitarse el anillo y comenzar con el diamante a rayar unas palabras en el espejo—. —¡No escriba ahí, señor! —¿Por qué no? —preguntó el joven—. —Porque no puede borrarlo. Lo mismo es cierto de otras cosas además de aquellas palabras escritas sobre el cristal con la punta de un diamante. Debemos estar seguros, antes de pronunciar una palabra o realizar un acto, de que es correcto, de que nunca desearemos que sea retirado, pues una vez que hemos abierto los labios o levantado la mano, no habrá desdecir ni deshacer posible.
Amán había construido la horca para Mardoqueo, pero en los extraños y rápidos movimientos de la justicia, ¡Amán fue colgado en ella mismo! La injusticia y el mal recaen sobre la cabeza de aquel cuyo corazón tramó el mal. «Las maldiciones, como los polluelos, vuelven al gallinero.» «Las cenizas vuelven al rostro de quien las arroja.» «Si uno ha de sembrar espinas, más le vale no caminar descalzo.» «Quien cava un hoyo caerá en él; y el que hace rodar una piedra, sobre él volverá.»
El decreto del rey no podía ser revocado ni anulado. Pero se envió otro decreto que en cierta medida contrarrestó al anterior. Hemos visto que las palabras y los hechos de la vida son irrevocables. No podemos retirar nada de lo que hemos hecho, ni podemos cambiarlo. Pero mediante otras palabras y otros hechos, podemos en cierta medida modificar el efecto de aquello que no podemos borrar. Pablo no podía deshacer sus persecuciones contra los cristianos, pero con una vida dedicada a la causa de Cristo podía en cierto sentido reparar el terrible daño que había hecho. No podemos deshacer las cosas malas que hemos hecho, pero debemos esforzarnos por poner en marcha otras influencias que al menos compensen en algún sentido el daño que causaron. No podemos desdecir la palabra áspera que hiere el corazón de nuestro amigo, ¡pero podemos con bondad y leal devoción traer aun bien y bendición a su vida!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Esther Pleading for Her People
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.