Horas devocionales con la Biblia — volumen 4

El día que cambió para siempre la vida de Isaías

Isaías recordaba siempre el año en que el rey Uzías murió, pues allí tuvo su visión de Dios. Quien contempla al Señor queda transformado para siempre y enviado a su servicio santo.

Isaías conocía el día y la hora exacta en que vio esta visión admirable. Fue el año en que murió el rey Uzías. La visión había causado tal impresión en su mente, que jamás pudo olvidarla. Había significado tanto para él como experiencia, que nunca podría dejar de mirar hacia aquel día como su cumpleaños espiritual.

Aquel fue un año memorable. Uzías fue uno de los más grandes reyes de Judá. Había reinado cincuenta años con gran honra, y de pronto fue herido de lepra. Había entrado en el templo y había intentado con sus propias manos quemar incienso. En su frente apareció al instante la mancha blanca que era señal del juicio divino, y el rey fue echado fuera y habitó en una casa de leprosos hasta su muerte. El año en que murió el rey Uzías era, pues, algo más que una fecha. Aquel fue el año de la visión de Isaías.

Hay una o dos fechas en casi toda vida sincera que se recuerdan siempre. A veces es una pérdida o un dolor el que ha dejado su huella indeleble. A veces es la llegada de un gran gozo al corazón, por ejemplo, el primer encuentro con un nuevo amigo. A veces es el día en que Cristo se reveló al corazón. Podemos estar muy seguros de que Andrés y Juan nunca olvidaron el día en que vieron a Jesús por primera vez y cuando Él los llevó a su posada para una larga conversación. Es bueno para nosotros guardar memoria de los grandes días de nuestra vida.

El profeta, en su visión, vio al Señor sentado sobre un trono, alto y sublime. Es algo grande cuando una visión como ésta llena la vida de una persona. Con demasiada frecuencia es este mundo el que en mayor medida obstruye la vista del alma. Los hombres ven visiones de riqueza, poder, fama o placer, pero no ven ni un destello del cielo ni un indicio del resplandor del rostro de Dios. Pero las visiones terrenales no enaltecen nuestra vida. No nos hacen mejores. Cuando tenemos visiones como la de Isaías, en las que Dios llena todo nuestro campo visual, somos elevados en espíritu, en carácter, en esperanza y en gozo. Quien ve a Dios nunca vuelve a ser el mismo. Queda apartado desde entonces para una vida y un servicio santos. Queda dominado para siempre por una influencia nueva. Ha visto a Dios; por tanto, debe ser santo; debe andar con mansedumbre y reverencia; debe ser fiel a Dios.

Hay algo singular y muy impresionante en la descripción de los serafines de esta visión. «¡Cada uno tenía seis alas!». Las alas son para el vuelo; es la misión de los seres angélicos volar en los recados de Dios. Las seis alas parecieran significar una prontitud especial para hacer la voluntad de Dios. Pero sugieren aquí algo más que su uso ordinario, volar.

El cristiano moderno probablemente las usaría todas para volar y sería intensamente activo. Vivimos en una época en que todo impulsa a la actividad. Tendemos a correr, quizá en exceso, con nuestras «alas».

Pero debemos notar que dos de las alas del serafín se usaban para cubrir su rostro delante de Dios, enseñando reverencia. Otras dos se usaban para cubrir sus pies, humildad. Las otras dos se usaban para volar, actividad. ¡La reverencia y la humildad son cualidades tan importantes en el servicio de Dios como la actividad!

El canto de los serafines, mientras se cubrían el rostro y los pies, expresaba alabanza y adoración. Un coro cantaba: «¡Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos!», y el otro respondía: «¡Toda la tierra está llena de su gloria!». Lo que debemos a Dios siempre es santidad, porque en todas partes está su gloria. Sin embargo, muchas personas nunca ven nada de la gloria de Dios en la tierra. Piensan en la gloria como algo brillante y deslumbrante, como la zarza ardiente, la columna de fuego o la transfiguración. Pero hay tanta gloria en un árbol cargado de dulces flores como la hubo en la zarza flameante de Horeb; y tanta gloria en un rostro que brilla con amor como la hubo en el de Esteban. Leemos del primer milagro de Cristo que así «manifestó su gloria». Fue la gloria de la bondad y la ayuda lo que este milagro mostró. En todas partes la gloria de Dios resplandece en toda la naturaleza y en toda vida cristiana verdadera, en los hogares humildes donde se ora.

El profeta se hallaba ahora frente a frente con Dios, y el efecto en él fue un sentido de su propia pecaminosidad. «Entonces dije: ¡Ay de mí! ¡Porque soy perdido! ¡Porque siendo hombre de labios impuros habito en medio de un pueblo de labios impuros! ¡Porque mis ojos han visto al Rey, Jehová de los ejércitos!». No conocemos nuestra propia indignidad hasta que hemos tenido un vislumbre de Dios. A la luz de la santidad divina vemos nuestra propia falta de santidad.

Uno de los sucesos más notables de los Evangelios es aquel en que Pedro rogó a Jesús que se apartara de él. Ocurrió después de un gran milagro. Pedro estaba sobrecogido por las manifestaciones de poder en Jesús. Solo un ser divino podía hacer tal obra. El efecto en él fue que se retrajo de la presencia de un ser tan santo. No era digno de estar delante de Cristo. «Apártate de mí, porque soy un hombre pecador, Señor». Cuando la luz del rostro de Dios brilla en nuestro corazón, vemos cuán indignos somos. Todo orgullo y toda vanidad se desvanecen cuando estamos en presencia de la gloria divina.

La misericordia de Dios responde siempre al instante al arrepentimiento y a la confesión humana. «Y voló hacia mí uno de los serafines, que en su mano tenía un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y perdonado tu pecado». El acto de traer el carbón y tocar los labios del profeta era muy significativo. El altar era el lugar del sacrificio. Allí ardía fuego santo. Todo esto debe tenerse presente al pensar en el sentido de este acto. No cualquier carbón común habría servido. Representaba fuego del cielo, el fuego del Espíritu Santo. Al tocar el carbón los labios del profeta, quedaron puros y limpios.

Apenas los labios del profeta hubieron sido limpiados, cuando llegó el llamamiento al servicio. «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?». Dios siempre necesita mensajeros. Los ángeles vuelan velozmente y con fervor. No hay un solo ángel en la gloria que no acudiera con gusto a la tierra en cualquier misión, por humilde que fuera.

Cuenta una leyenda que uno de los ángeles más altos fue enviado un día a la tierra con dos comisiones: librar a un rey del poder de alguna tentación, y ayudar a una pequeña hormiga que luchaba por llegar a su hogar con su carga de alimento. Este último recado fue cumplido por el gran ángel tan fielmente y con tanto gozo como el primero. Pero Dios quiere tanto a los hombres como a los ángeles como mensajeros en este mundo. Él siempre está haciendo esta pregunta: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?».

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Isaiah's Call to Service

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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