Algunas de las oraciones de nuestro Salvador no se han cumplido todavía; pero la oración que ofreció junto al sepulcro de Lázaro fue contestada al instante. Oró no sólo para que Lázaro resucitara, sino también para que el milagro hiciera que el pueblo creyera que su Padre le había enviado. He aquí la respuesta a la petición: «Y muchos de los judíos que habían venido a María, y visto lo que Jesús había hecho, creyeron en él.» Al fin, todas las intercesiones del Hijo de Dios recibirán su cumplimiento.
Pero algunos de los judíos se fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. ¡Qué ejemplo nos da su conducta de la dureza del corazón humano cuando no es ablandado por la gracia divina! No quiere creer, aun cuando uno resucita de entre los muertos. Quizá estos judíos incrédulos derramaran la lágrima de la simpatía en la casa de María, pues hay muchos tiernamente apegados a sus amigos que están llenos de enemistad contra el Hijo de Dios.
Los fariseos escucharon con avidez los informes de estos informantes maliciosos y convocaron un concilio para tratar el asunto. Fue en esta asamblea donde se sugirió el crimen más espantoso que el hombre haya perpetrado jamás: el asesinato del Hijo de Dios. Y lo sugirió la persona que ocupaba el oficio más santo del mundo. El sumo sacerdote reprochó a los fariseos su perplejidad, diciendo: «Vosotros no sabéis nada; ni consideráis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca.»
Ved cómo encubre la maldad de su designio bajo un pretexto plausible. No se atreve a decir: «Derramemos sangre inocente; librémonos del objeto de nuestra envidia; acosémosle con falsas acusaciones y matémosle injustamente.» Satanás enseña a los hombres a ocultar su maldad de sus propios ojos, no sea que su deformidad les haga retroceder horrorizados. Pero Dios ve las acciones de los hombres tal como son en realidad; sus pecados secretos están puestos a la luz de su rostro. Nos asombraría saber con qué nombres tan suaves los hombres malvados han llamado sus acciones más negras. Velamos, no sea que Satanás tome ventaja sobre nosotros y nos imponga algún pecado dándole el nombre de virtud.
Pero aunque el sumo sacerdote habló hipócritamente al proponer que un hombre muriera por el pueblo, también habló proféticamente. Sus palabras fueron palabras mentirosas en el sentido en que él las empleó; pero fueron verdaderas en otro sentido que él no conocía. Mientras su corazón estaba bajo el poder de Satanás, su lengua estaba bajo la dirección de Dios: «No hablaba de sí mismo.» Así como el Señor puso palabras en la boca de Balaam, también las puso en la boca de Caifás, aunque fue Satanás quien puso los sentimientos en su corazón. Sin embargo, sus palabras sólo expresaban una pequeña parte de la verdad, pues Jesús no murió por aquel pueblo solamente, sino que murió para reunir en uno a todos los hijos de Dios dispersos.
Es el deseo de todos sus hijos estar con su Padre, y es el deseo de su Padre tener a todos sus hijos consigo. El pecado, como un tirano opresor, ha esparcido su familia por el mundo. La muerte los separa unos de otros, y aun separa sus almas de sus cuerpos. Pero la muerte de Cristo ha quitado la culpa del pecado y ha destruido el poder de la muerte. Al sonido de la última trompeta, los cuerpos que yacían pudriéndose en los sepulcros, u olvidados en las profundidades del mar, serán glorificados y unidos a los espíritus bienaventurados de los justos. Los que nacieron en diferentes edades del mundo, o que fueron separados por océanos inmensos, se contemplarán por primera vez en la morada eterna del Padre. Y todas estas bendiciones fluirán del crimen espantoso sugerido por el sumo sacerdote. Bien puede llamarse al plan de redención «el misterio de su voluntad» (Ef. 1:9). Es un misterio que la voluntad de Dios se cumpla por la maldad del hombre; que el propósito formado en el cielo sea ejecutado por el infierno. Pero en ello se muestra la sabiduría de Dios. El autor del pecado, aun Satanás, se ve compelido a prestar su mano para destruir sus propias obras y su propio reino. Él no sabía que la sangre de la cruz haría la paz y reconciliaría todas las cosas con Dios, fueran cosas en la tierra o en el cielo; no sabía que aun sus propios siervos, rociados con aquella sangre, se sublevarían y se convertirían en siervos de Dios (Col. 1). Si lo hubiera sabido, no habría sugerido a Caifás el culpable expediente de hacer morir a un hombre por el pueblo.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Caiaphas proposes that Jesus should be slain
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.