¡Cuán poco comprendieron los hombres la conducta de Jesús mientras estuvo en la tierra! Aquellos judíos que, al ver sus lágrimas, decían: «¡Mirad cómo le amaba!», se equivocaron al suponer que era el duelo por Lázaro lo que las hacía brotar; pero más se equivocaron aún los que abrigaron sospechas sobre su fidelidad. Algunos se atrevieron a insinuar que él podría haber impedido la muerte de Lázaro: «¿No podría este, que abrió los ojos de los ciegos, haber hecho que este hombre no muriera?» No es sorprendente que los incrédulos abriguen tales pensamientos. Pero ¿cómo es que los creyentes, en medio de la aflicción, lleguen a albergarlos alguna vez? Cuando se ven sorprendidos por calamidades, con frecuencia se sienten tentados a preguntar: «¿Por qué permitió Dios estas aflicciones? Ciertamente él podría haberme preservado de este mal. ¿Qué he hecho para ofenderle, que me ha expuesto a pruebas tan duras?» Pero todo el tiempo que estos pensamientos se agitan en la mente, el Señor va cumpliendo sus propios propósitos de gracia. Quizá la liberación esté cerca; y si no es liberación del mal temporal, sí lo será de un mal aún mayor.
La incredulidad es el gran obstáculo que se interpone en el camino de los designios de gracia del Señor. Cuando él dio la orden: «Quitad la piedra», la incredulidad se entrometió. Marta había dicho una vez: «Yo sé que aun ahora, todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.» Sin embargo, ahora duda en consentir la remoción de la piedra. ¡Con cuánta dulzura el Señor le reprende! «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» La advierte contra el peligro de privarse a sí misma de la bendición que él le preparaba. Al Señor le place mostrarnos su gloria al librar; pero no puede hacerlo si no confiamos en él. Marta escuchó la amonestación de su Señor. Consintió en que quitaran la piedra.
¡Qué momento aquel en que Jesús, con los ojos alzados, se detuvo ante el sepulcro abierto! Todo estaba en silencio dentro de la cueva, pues la muerte estaba allí; y seguramente todo estaba en silencio fuera, mientras el Hijo de Dios oraba a su Padre en el cielo. La primera frase reveló su fe: «Padre, gracias te doy por haberme oído.» La siguiente mostró su confianza en el amor del Padre: «Yo sabía que siempre me oyes.» La última manifestó su amor hacia los pecadores: «Por causa de la gente que está aquí lo digo, para que crean que tú me has enviado.» Él conocía su incredulidad. Sabía que algunos le acusaban de hacer milagros por el poder de Satanás, y deseaba convencerles de que él y el Padre eran uno. ¿Quién puede concebir la expectación contenida que llenó cada corazón cuando pronunció las palabras: «¡Lázaro, ven fuera!»? Si aquella voz no hubiera sido obedecida, habría sido cosa de poca importancia que las hermanas no volvieran a ver a su hermano; las esperanzas de todos los muertos, las esperanzas de todos los vivos, las esperanzas de generaciones aún no nacidas, quedaban suspendidas en el acontecimiento de aquel instante. Si ningún movimiento se hubiera escuchado en aquella mansión de muerte, entonces todos los muertos habrían dormido para siempre. Pero ahora sabemos que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán; los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida. Saldrán como Lázaro salió, no como él para morir de nuevo, sino para vivir para siempre. Saldrán, no envueltos en lienzos, sino vestidos de ropas blancas; no con el rostro cubierto, sino con semblantes que resplandecen como el sol en su fuerza. Juan no ha descrito el encuentro de Lázaro con sus hermanas y con su Señor; se nos deja concebir los saludos llenos de arrobamiento, y nos es posible concebir el gozo de aquella familia amorosa; pero nos es imposible formarnos idea alguna del encuentro de los santos en lo alto, entre sí y con su Señor. Lázaro halló a sus hermanas tal como las había dejado, y ellas le hallaron a él, la misma criatura mortal que antes. Pero en lo venidero cada santo mirará a su compañero con asombrada delicia.
Aunque ningún parecido podamos trazar, podemos creer que vemos al querido compañero de nuestra raza, libre ya de pecado y de muerte. Podemos creer que aquella cabeza resplandeciente, adornada con guirnalda de arcoíris, es la misma que se hundió sobre el lecho húmedo con el rocío de la muerte. Aquellos labios que lucen sonrisas seráficas, estuvieron una vez oprimidos por el dolor; aquel rostro más hermoso que el mar en verano, estuvo una vez angustiado por el cuidado; aquellos ojos que ahora resplandecen de gloria, muchas veces los vimos llorar; aquella forma que ahora juzgamos de un ángel, en el polvo la vimos dormir. Poco pensé en esta hora, cuando llorando sobre tu sepulcro, te vi abatido por el poder espantoso de la muerte, sin brazo que acudiera a salvar. Mas entonces tu carne fue purificada de toda mancha terrenal, para que aquí con Cristo habites y resplandezcas como santo glorioso.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The resurrection of Lazarus
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.