El Señor Jesús aprovechó toda ocasión para preparar a sus discípulos ante su muerte inminente. Sabía qué prueba tan temible sería para su débil fe. Cuando los hombres lograran apresarle y crucificarle, parecería a los ojos humanos que no podía ser el Hijo de Dios. ¿Cómo conservaría intacta la fe de los suyos en aquel momento? Mostrándoles de antemano que Él conocía todo cuanto habría de padecer.
Del mismo modo, el Señor procura ahora preservar el ánimo de sus seguidores del desaliento. ¿Perpleja al joven convertido que la verdadera religión sea despreciada por los grandes y los sabios? ¿No está escrito: «No muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles son llamados»? ¿Se turba al descubrir hipócritas entre los profesos seguidores de Cristo? ¿No está escrito: «No todo el que me dice: 'Señor, Señor', entrará en el reino de los cielos»? ¿Se abruma al encontrar tentaciones y dificultades en su propio camino? ¿No está escrito: «En el mundo tendréis aflicción»? Así el Señor ha preparado misericordiosamente a su pueblo para toda prueba de fe que pueda sobrevenirle.
Conviene decirles sin cesar: «Que estas palabras desciendan a vuestros oídos». Somos propensos a pasar por alto lo que no queremos oír. Los discípulos no podían soportar oír de la muerte dolorosa y vergonzosa de su Señor. Cada manifestación de su poder y gloria los llenaba de la esperanza de que solo aguardaba a su amado Maestro el éxito y el triunfo. Por eso, tras cada una de ellas volvía al tema incómodo pero provechoso. Al descender del monte de la transfiguración habló de sus padecimientos; tras obrar uno de sus más espléndidos milagros, la liberación del endemoniado furioso, se detuvo en el doloroso tema de su muerte. Sin embargo, los discípulos no lograban acoger esta verdad en el corazón. Creían en cierto grado, pues Mateo dice: «Se entristecieron en gran manera», pero lo creían muy débilmente. ¿De dónde venía esa torpeza de entendimiento? El Señor no necesitaba imprimir todas las verdades con igual repetición. Comprendían que Él era el Hijo de Dios y que podía vencer a todos sus enemigos; entendían estas verdades gozosas porque las amaban, pero no comprendían las verdades dolorosas porque no las amaban. Sus corazones seguían llenos de deseos mundanos. En lugar de humillarse por la falta de fe recién manifestada, disputaban, mientras seguían a su Maestro, sobre quién sería el mayor.
Si nuestro entendimiento es torpe en las cosas espirituales, es porque nuestro corazón es pecador. Todo sentimiento pecaminoso es como un velo sobre el ojo de la mente. Hasta que somos convertidos no podemos ver nada de la gloria de Dios; pero aun después de la conversión vemos de manera confusa, porque queda mucho pecado en nuestros corazones. Si queremos crecer en el conocimiento de Cristo, debemos crecer en gracia. Pedro cierra su segunda epístola con estas palabras: «Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A Él sea gloria ahora y para siempre. Amén».
Cuando Dios quiere enseñar a sus siervos, con frecuencia les envía primero aflicciones para someter sus pecados, y luego les instruye en sus verdades celestiales.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ foretells his sufferings
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.