Somos demasiado propensos a olvidar que cada acción de nuestra vida, en algún momento, se cumplirá por última vez. A menudo parece como si fuéramos a continuar para siempre en ciertos circuitos de deberes o deleites; pero esta apariencia es falsa. Así como hubo una primera vez de ir a la casa de Dios, así habrá una última. Acaso podamos recordar la primera vez, pero no podemos prever la última. Es muy probable que cuando llegue la última vez, no nos demos cuenta. Así como hubo un tiempo en que nuestros labios infantiles pronunciaron por primera vez el nombre de Jesús, así habrá un tiempo en que nuestros labios lo pronunciarán por última vez en la tierra. ¡Cuántas almas felices han partido de esta vida diciendo: «Ven, Señor Jesús, ven pronto»!
Algunos, tal vez, podemos mirar atrás al tiempo en que nos acercamos por primera vez a la mesa del Señor para comer el pan y beber el vino. Si acudimos con espíritu formal, porque otros acudían, porque creíamos correcto acudir, porque nuestros amigos esperaban que acudiéramos, no hay dulzura en el recuerdo de aquel tiempo. Pero si acudimos como pecadores contritos a un Salvador que sangraba, entonces deseamos no olvidar jamás aquella temporada bendita. Habrá una última vez para participar de la santa comunión; puede que sea en el santuario; puede que sea en la cámara del moribundo. Cuandoquiera que llegue, ¡que nos halle en el mismo espíritu de amor con que nuestro bendito Señor se sentó con sus doce apóstoles a participar de su última pascua!
Aunque él sabía que uno de estos apóstoles pronto lo negaría y que todos lo abandonarían, con todo, su corazón se demoraba sobre ellos con ternura inefable. ¡Qué ferviente afecto se encierra en las palabras: «Con ansia he deseado comer esta pascua con vosotros antes que padezca»! Aunque la muerte había de seguir, este banquete de amor fue objeto de deseo para el Salvador.
Una copa de vino rojo solía beberse antes de comer la pascua. Esta copa tomó Jesús y dijo a sus discípulos: «Tomad esto y partidlo entre vosotros». Al pedirles que bebieran de la misma copa, les enseñó a amarse unos a otros, así como él los había amado. Hubo otra copa que dio después de la cena, diciendo: «Esto es mi sangre». La primera copa fue dada antes de la cena.
Cuando el Señor participó de esta pascua, su corazón estaba abrumado de tristeza. Se acerca una hora en que él se regocijará con su pueblo. En el día de su angustia habló de aquella hora, pues dijo: «No beberé más del fruto de la vid hasta que el reino de Dios venga». Si deseaba tan ardientemente participar de la pascua antes de padecer, ¡cuánto más ha de desear comer y beber con su pueblo en el reino de Dios! A aquel banquete nunca llegará una última vez, ninguna despedida estará cerca, ningún pecado se temerá entonces, ninguna lágrima se derramará. ¿Somos aptos para la herencia de los santos en luz? No todos los que se acercan ahora a la mesa del Señor la rodearán en lo por venir.
El corazón debe ser preparado para los goces celestiales; debe ser quebrantado por el sentido del pecado; debe ser vendado por una fe viva. Solo Cristo puede prepararnos para sentarnos con él a su mesa. Él prepara ahora el banquete y prepara a los convidados; y al tiempo señalado vendrá y dirá: «Comed, oh amigos; bebed, y bebed abundantemente, oh amados» (Cantares 5:1).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ gives the cup before supper
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.