Bien podía decir el apóstol Pablo: «Os ruego por la mansedumbre y benignidad de Cristo» (2 Cor. 10:1). Jesús sabía que los pies que lavaba huirían de él aquella misma noche y lo dejarían solo en sus aflicciones; pero las ofensas no podían apagar su amor.
Cuando después Pedro hubo negado a su Señor, debió de ser para él un consuelo, en medio de sus amargas lágrimas, recordar lo que el Señor le había dicho al lavarle los pies. Le había dicho que Pedro ya estaba lavado de sus pecados y que solo necesitaba que le lavaran los pies. Este es el estado de todo verdadero creyente. Ha sido lavado en la sangre del Salvador, pero aún necesita lavarse continuamente los pies; pues mientras camina por este mundo los mancha con el pecado. Cada día tiene ocasión de decir: «Perdona mis ofensas». Cualquiera que sea el pecado que hayamos cometido, debemos acudir al instante a Jesús para ser lavados. No debemos temer acudir a este Maestro tan condescendiente, tan amoroso. «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». El que ahora vive para interceder es el mismo tierno Salvador que una vez tomó una toalla y se ciñó, que «echó agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido».
Pero con esta acción Jesús pretendió no solo enseñar a sus discípulos lo que él había hecho por ellos, sino también lo que ellos debían hacer los unos por los otros. Cuando se sentó de nuevo, dijo claramente: «Debéis lavaros los pies los unos a los otros».
¡Cuán propensos somos a pensar que es denigrante desempeñar oficios humildes! Y, sin embargo, nada puede denigrarnos sino el pecado. Los ángeles en el cielo no son demasiado orgullosos para servir a los santos en la tierra. «¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de salvación?» (Heb. 1).
Una mujer santa, perteneciente a una familia acomodada, repetía a menudo los siguientes versos, porque expresaban los anhelos más fervientes de su corazón: «¡Oh, que el Señor me juzgue digna de lavar los pies de sus queridos discípulos, de compartir la gracia dada a los ángeles y servir a los herederos reales del cielo!». Su vida probó que sus palabras eran sinceras. El huérfano desvalido y el inválido desamparado hallaron un hogar bajo su techo.
¡Mas cuán distinta es cualquier condescendencia que el hombre pueda mostrar de la condescendencia que mostró el Hijo de Dios! Las criaturas solo están elevadas un grado muy pequeño por encima de sus semejantes; y aun esa pequeña distinción durará muy poco. En este momento, ante los ojos de Dios, todos los hombres son iguales. ¡Cuán impropio es que alguno de nosotros ensalce su corazón por encima de sus semejantes! Podemos, en verdad, permanecer en la posición en que Dios nos ha colocado; pero debemos recordar que él no hace acepción de personas; el esclavo y el mendigo son tan preciosos a sus ojos como el rey sobre su trono. Si tenemos el sentir de Cristo, estimaremos un honor que se nos permita ministrar a las necesidades de un pobre santo; y a menudo pensaremos en nuestro corazón: «Esta criatura desvalida, que ahora habita en una choza abandonada, tal vez brille más que yo mismo en el reino de la gloria».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ washes his disciples' feet
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.