El Señor Jesús acababa de dar a sus discípulos una prueba de su amor al lavarles los pies. Ahora les dio una prueba de su omnisciencia. Les mostró que lo sabía todo, anunciando quién lo traicionaría.
De haber querido convencerlos en aquel momento de su sabiduría, les habría revelado los secretos pasados de sus vidas, como una vez hizo con la mujer samaritana. A ella le dijo tanto de su vida pasada, que ella dijo a sus conciudadanos: «Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho». Pero en esta ocasión procuró más bien fortalecer la fe de los discípulos en una hora de prueba que se acercaba. Sabía que la traición de Judas haría tambalear su fe. Sabía que podrían verse tentados a pensar: «Si nuestro Maestro fuera el Hijo de Dios, habría sabido que Judas buscaba traicionarlo y se habría ocultado en algún retiro secreto». Por eso les dijo de antemano; como él mismo afirmó: «Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy».
Por la misma razón ha anunciado de antemano muchos acontecimientos que ahora se cumplen. Ha declarado: «Muchos se ofenderán, y se traicionarán unos a otros, y se aborrecerán unos a otros». Siempre que se descubra a los hipócritas, en lugar de tambalearnos por el hallazgo, debemos confirmarnos en la fe y pensar: «¿No dijo Jesús que habría muchos que lo llamarían Señor, pero que obrarían iniquidad?»
¿Podemos concebir cuáles serían nuestros sentimientos si pudiéramos prever lo que habría de sobrevenir a los que nos rodean? ¡Cómo se dolería nuestro corazón al pensar: «Este querido hermano padecerá largo tiempo una enfermedad atormentadora. Esta amada hermana perderá a los hijos que ahora sonríen en sus rodillas»! Pero cuánto más nos entristecería si pudiéramos prever que algunos que parecen seguidores fieles de Jesús lo traicionarían al fin y perecerían para siempre. ¿Qué, pues, debieron ser los sentimientos del compasivo Salvador cuando miró alrededor y contempló el rostro de uno que pronto se hundiría en lo profundo del crimen y se precipitaría en el abismo de la miseria! «Se turbó en espíritu, y dio testimonio, diciendo: De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me entregará».
Él todavía se duele de los pesares que prevé. Cuando nos mira desde lo alto, ve el camino que tomaremos. Entre los comensales de la mesa sacramental distingue a los que venderán su primogenitura de los que heredarán su reino.
Los que no aman a su Maestro no siempre lo seguirán. A Judas le resultaba fácil caminar con Jesús cuando una multitud admiradora seguía sus pasos; pero cuando las circunstancias cambiaron, mudó su plan y halló más conveniente traicionarlo. Hay temporadas en que el camino de la piedad aparece aun ante el hombre mundano como un sendero agradable y glorioso; pero estas temporadas no duran. Llega un momento, tarde o temprano, en que el sendero se vuelve escarpado y áspero; entonces el hombre no convertido se desvía por algún atajo. Va tras el mundo que había abandonado y busca compartir sus favores. Al principio, quizá, no abandona las asambleas de los santos. Como Judas, puede encontrársele ora en los consejos de los impíos, ora en la sociedad de los creyentes. ¿Hay alguno entre nosotros que se ponga secretamente del lado de los enemigos de Cristo, mientras parece ser su amigo? ¡Con qué compasión mira Jesús a tan miserable criatura! Él prevé los pesares que sus pecados le acarrearán. Sabe qué remordimiento lo desgarrará un día, qué desesperación se apoderará de él!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ foretells that one of the twelve shall betray him
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.