Y todavía la voz del Señor se halla en la nube. Ya no de manera visible y audible como antaño, cuando la columna de nube se desplegaba en abanico sobre el pueblo y, cual ser vivo, marchaba delante de él por el desierto. Pero no por eso menos divina, menos real ni menos distinta habla hoy el Señor a sus santos desde cada nube que proyecta sombra sobre su camino.
Las nubes componen gran parte de la experiencia del creyente. No es cosa extraña que un hijo de luz camine en tinieblas. Nubes de diversa forma y matiz se tienden en su sendero hacia el cielo, y no puede evitarlas más de lo que el sol puede evitar su carrera por los cielos. Nuestro bendito Señor mismo no fue exceptuado. Ellas formaron parte esencial de aquel aprendizaje de la obediencia por lo que padeció, aunque era Hijo. Contémplalo en la cruz: el sol vestido de cilicio arriba, la tierra cubierta de sombras abajo, emblemas tenues de las nubes más hondas y oscuras que envolvieron su alma santa cuando clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Sin embargo, cada nube que sombrea el camino del creyente está llena de la voz del Señor.
Sea la nube de la adversity, la del luto o la de la depresión del ánimo, desde su seno habla el amor divino. Aunque esa nube sea densa y prolongada, no puede tocar la unión del alma con Cristo: puede esconder a Jesús de nosotros, pero no puede escondernos a nosotros de Jesús. Su voz dice que hay luz brillante dentro de ella, que el sol brilla detrás y que, antes de mucho, el viento de Dios la disipará y tu alma se bañará en luz eterna. «Nubes son su carro»: bienvenida, pues, sea toda dispensación que envías, Señor, pues aunque tema al entrar en la nube, la fe cree que allí te hallaré y oiré solo la voz del amor redentor.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: THE VOICE OF THE LORD IN THE CLOUD
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.