Considerada como medio de las más costosas bendiciones para la iglesia de Dios, ¡cuán precioso misterio aparece la encarnación de nuestro Señor! La unión de lo divino y lo humano en Emanuel es la reunificación de Dios, por el segundo Adán, con el hombre caído. El primer Adán nos separó de la naturaleza divina; el segundo Adán nos vuelve a unir. La encarnación es el gran vínculo entre estos dos extremos del ser. Forma el lugar verde, el oasis en el desierto de un universo arruinado, donde Dios y el pecador pueden encontrarse. Aquí se entrelazan en maravillosa unión los sombríos nubarrones del infortunio humano con los vivos rayos de la gloria divina: Dios y el hombre unidos. ¿Me arrebatarás, oh incrédulo, esta verdad por su misterio? No; es una verdad demasiado preciosa para soltarla así de fácil. ¡Dios en mi naturaleza: mi Dios, mi Hermano, mi Amigo, mi Consejero, mi Guía, mi Redentor, mi Modelo, mi todo! Dios en mi naturaleza, mi sabiduría, mi justicia, mi santificación, mi redención.
Sin esta comunicación que desciende del cielo, simbolizada por la escalera del patriarca, ¿cómo podría un Dios santo avanzar hacia mí, o yo acercarme a él? Pero él toma mi naturaleza para descender a mí, y me da su naturaleza para que yo asciende a él. Se inclina porque yo no podía subir. ¡Oh misterio de gracia, de sabiduría y de amor! ¿Lo dudaré? Voy al pesebre de Belén y contemplo al Salvador niño; mi fe vacila y exclama: «¿Es este el Hijo de Dios?». Retirándome, rastreo los pasos de ese niño por su futuro camino. Marco la sabiduría que desplegó, las maravillas que obró, las doctrinas que enseñó. Lo sigo a Getsemaní, al tribunal y luego al Calvario, y contemplo la escena final del prodigio. Vuelvo a Belén y, con los testimonios recogidos, exclamo con el centurión sobrecogido: «¡Verdaderamente este es el Hijo de Dios!». Todo el misterio de su humilde encarnación se desvanece, y mi alma adoradora abraza entre sus brazos al Dios encarnado.
No nos maravilla que, suspendidos sobre el lugar donde se cumplió este gran misterio de la piedad, los coros celestiales, en el silencio de la noche, despertaran por las llanuras de Belén sones como nunca se escucharon. Dejaron los reinos de gloria para escoltar al Señor de la gloria en su advenimiento a nuestra tierra. Este fue el mensaje del ángel a los atónitos pastores: «No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor». ¿Se regocijarán los ángeles en la encarnación del Hijo de Dios, y nuestros corazones permanecerán fríos y conmovidos? ¡Lejos esté, amor; lejos esté, gratitud; lejos esté, oh alma mía!
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - December 25
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.