Eliseo era muy diferente de Elías. Lo vemos primero arando en el campo. Era hijo de un agricultor próspero. Debió de quedar grandemente sorprendido cuando vio al anciano profeta acercarse a él en el campo y, sin decir palabra, echar su manto sobre sus hombros. Con ello Elías lo adoptó como hijo y lo invistió con el oficio profético. El acto se realizó en silencio; sin embargo, Eliseo comprendió su significado.
Probablemente, tomando de nuevo su manto, Elías siguió adelante, dejando al joven atónito y maravillado. En un momento, sin embargo, recobró su compostura, siguió a Elías y declaró su aceptación del llamado, pidiendo permiso para despedirse de su padre y de su madre. Estaba dispuesto a dejarlo todo por amor al Señor. Desde aquel tiempo estuvo con el anciano profeta como un hijo, cuidándolo con ternura. La carrera de Elías fue breve; la de Eliseo fue larga y honrada. Eliseo fue un hombre lleno de buenas obras, una especie de hombre del Nuevo Testamento nacido antes de su tiempo. Era un hombre amable. Si no fue tan grande como Elías, su vida no fue menos útil. Elías es recordado por sus actos impactantes y sumamente sensacionales; Eliseo escribió su nombre en incontables corazones con letras de amor. «Elías comenzó su carrera anunciando una hambre en la tierra; Eliseo comenzó la suya sanando un manantial, para que de allí no hubiera ya más muerte ni tierra estéril».
La historia de la viuda y su aceite es un buen ejemplo del largo ministerio de Eliseo. La viuda de un profeta estaba en apuros. La tradición dice que era la esposa de Abdías la que se hallaba así afligida, y que la deuda correspondía a dinero que su marido había tomado prestado para proveer a los cien profetas que escondió y sostuvo en una cueva durante el hambre, protegiéndolos de la persecución. Si esta tradición es cierta, la súplica llegaba a Eliseo con especial fuerza.
Eliseo tenía un corazón compasivo. La gente acudía a él instintivamente en sus aflicciones, sabiendo que encontrarían simpatía y ayuda en él. No hay mejor indicación del carácter que la manera en que los afligidos y los que sufren de una comunidad se sienten respecto a un hombre. Cuando alguien es habitualmente bueno y amable, pronto se sabe. Su nombre es conocido en todas partes como una torre fuerte en la cual pueden correr y estar seguros. La viuda estaba segura de que Eliseo la recibiría y escucharía con paciencia su historia. Él era profeta; su marido también había sido profeta. Eso era un vínculo que contaría. Eliseo había conocido a su marido y sabía que era un hombre piadoso, y eso fortalecería su súplica. Su marido había temido a Dios. Eso también contaría para el profeta. En aquellos días no eran muchos los dispuestos a ayudar a los pobres; pero esta mujer estaba segura de que Eliseo escucharía su relato y no la rechazaría.
No podemos servir mejor a Dios que siendo bondadosos con sus otros hijos, siendo compasivos ante el dolor y la necesidad humanos. Nuestras vidas serán juzgadas al final, nos dice Jesús, por la manera en que hayamos tratado a los hambrientos, a los sedientos, a los enfermos, al forastero, a los desafortunados. Si no amamos al pueblo de Dios, no amamos a Dios.
La viuda no se vio defraudada en su confianza. Eliseo no se negó a escucharla, no le cerró el oído. Se interesó en su caso y escuchó con simpatía su relato. De inmediato se dispuso a proveer para sus necesidades. Ella estaba endeudada. El hombre de Dios no le dijo que repudiara la obligación. Las deudas deben pagarse. Son demasiados los que son descuidados en este asunto. Es malo endeudarse, si se lo puede evitar; pero cuando le debemos a otro, no debemos escatimar esfuerzo alguno para pagar lo que debemos. Eliseo obró un milagro para que esta viuda pudiera pagar la antigua deuda de su difunto marido. No es probable que nuestras deudas se paguen de esta manera. «No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros», es una exhortación del Nuevo Testamento.
Es interesante notar cómo el profeta ayudó a la mujer a enfrentar su obligación. No pagó el dinero él mismo. No pidió a algún hombre rico que lo pagara. No organizó una feria ni un bazar para reunir el dinero. La ayudó a pagarlo ella misma con sus propios recursos. Así la ayudó a conservar su dignidad. Debemos pensar en esto al asistir a otros en sus problemas. Si podemos ponerlos en el camino de ayudarse a sí mismos, con o sin nuestra cooperación, los hemos ayudado de la manera más verdadera y mejor. Así actúa Dios al bendecirnos. Usa lo que tenemos y nos ayuda mediante nuestros propios recursos. Eliseo averiguó lo que la mujer tenía y lo utilizó.
Lo que tenía en su casa era tan poco, que ciertamente no parecía haber mucha esperanza de pagar una gran deuda con ello. No tenía nada «sino una vasija de aceite». Con todo, con esto Eliseo le permitió pagar todo lo que debía y tener un sustento para sí misma y para su familia en adelante. De inmediato recordamos el milagro de los panes y los peces que nuestro Maestro obró mucho después, usando lo poco que sus discípulos tenían para realizar la obra.
El método con que el profeta ayudó también merece estudiarse. Envió a la mujer y a sus hijos entre los vecinos a pedir vasijas prestadas, vasijas vacías. Les mandó pedir no pocas, sino cuantas pudieran obtener. Parecía una transacción extraña: ver llegar a los muchachos con vasijas vacías en las manos, hasta que todo el lugar se llenó de ellas. Sin duda provocó mucha conversación entre los vecinos. Pero pronto el propósito se hizo evidente.
Eliseo dijo a la mujer que, cuando las vasijas hubieran sido conseguidas, ella y sus hijos debían entrar en la casa y cerrar la puerta. Esto que iba a suceder no debía hacerse a la vista de los vecinos, para ser comentado, para convertirse en la sensación del pueblo; debía hacerse en silencio, tras puertas cerradas, con solo Dios como testigo. Así obró también Cristo su propia obra. No buscaba publicidad. Su voz no se oía en las calles. Él manda a sus discípulos no hacer su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos, y nos exhorta a no dejar que nuestra mano izquierda sepa lo que hace nuestra derecha. Debemos cerrar la puerta cuando Dios y nosotros tenemos una obra que realizar.
Cuando todo estuvo listo, la mujer debía empezar a echar aceite de la pequeña vasija en las vasijas vacías, apartándolas a medida que se llenaban. Milagrosamente, el aceite no se agotaba. La vasija con el aceite se convirtió en una fuente que fluía sin interrupción, ¡hasta que todas las vasijas estuvieron llenas! Entonces el aceite se detuvo; ni una gota se desperdició. No se dio más de lo que había espacio para recibir.
Nos resulta fácil extraer la lección de este hermoso suceso. El número de vasijas buscadas y halladas midió la fe de la mujer. Ni siquiera imaginó que podrían haberse llenado más vasijas si las hubiera provisto. Probablemente pidió prestadas todas las vasijas que pudo. Al menos el aceite no cesó hasta que cada vasija estuvo llena.
Siempre es así con las bendiciones de Dios: nos llegan mientras haya lugar para recibir. Dios nos dará tanta gracia como podamos acoger en nuestros corazones y nuestras vidas y desenvolver en ministerios de ayuda. El perdón que Él nos otorga es tan pleno, profundo y amplio como el lugar que le hagamos en nuestros propios corazones. Si somos implacables e incapaces de perdonar, no podemos recibir mucho del perdón de Dios. Si nosotros estamos llenos de misericordia, entonces Dios nos da con abundancia de su misericordia. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Sean cuales fueren las vasijas que llevemos a Dios para recibir sus dones, Él siempre llenará cada una hasta el borde. Si recibimos poco, es porque tenemos poco lugar para recibir. Si tan solo ampliáramos nuestra capacidad, si tuviéramos más fe, más deseo, mayor anhelo, obtendríamos más de Dios en nuestras vidas.
Otro punto es el uso del aceite así provisto. Eliseo no estaba presente cuando se obró este milagro. No lo realizó él mismo, sino que lo dejó a la mujer y a Dios. Pero cuando toda vasija estuvo llena, ella fue presurosa a él y le contó lo que se había hecho. Entonces él le mandó ir a vender el aceite y pagar la deuda con el producto. Después de pagada la deuda, aún quedó dinero, y este ella y sus hijos debían usarlo para su propio sostén. Notemos bien que el primer uso que debía darse a los frutos de este milagro era pagar lo que debía. Esta debe ser siempre nuestra manera de proceder. Si Dios nos da dinero de alguna manera mientras estamos endeudados, no debemos usarlo en nosotros mismos hasta que hayamos pagado lo que debemos. Entonces podremos gastar lo que queda en cuidar de nosotros mismos.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Widow's Oil Increased
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.