El amor en los santos es una gracia noble, pero superlativamente glorioso en Dios. En él miran los ángeles, y se admiran; y yo debo mirar, y adorar. Todo en Dios tiene la majestad de un Dios. De ahí que su misericordia esté en los cielos; su verdad alcance hasta las nubes; su justicia sea como los montes majestuosos; sus juicios, un gran abismo; su piedad, como la de un padre; su paciencia, grande hasta el milagro; esté pronto para perdonar; su bondad sea abundante para con todos; y su amor, en altura, anchura, profundidad y longitud, sobrepasa el conocimiento.
Aunque el propiciatorio que mora tan largo tiempo entre los querubines de la gracia del evangelio será en breve convertido en el trono de fuego del juicio, y la paciencia tanto tiempo abusada trocada en indignación e ira; cuando el sello real que selló la salvación de miles estampe la sentencia irrevocable de un mundo incrédulo; con todo, el amor en Dios no sufrirá cambio alguno. Aquí, en este mundo presente, el amor de Dios brilla como el lucero de la mañana entre las nubes dispersas. En la eternidad, brillará como el sol del mediodía en las iluminadas regiones de la gloria.
«Desde el siglo y hasta el siglo» es el epíteto del amor. Un amor sin principio y sin fin da una bienaventuranza sin límites ni confines. Este admirable amor de Dios produce una dulce semejanza en el amor de sus santos; de modo que, así como el uno mide con la existencia de Dios, desde el siglo hasta el siglo, el otro mide con la existencia de la nueva criatura, desde la hora de la conversión hasta toda la eternidad. Sus dones han de acabar, sus gracias cambiar, la fe se tornará visión y la esperanza fruición. ¡Pero su amor no ha de acabar ni cambiar! Se avivará y resplandecerá en la altura de la gloria, cuando la gota se pierda en el océano, cuando el alma llegue a su centro y repose, con deleite inefable y arrobamiento indecible, en Dios.
De nuevo, ¡cuán libre es este amor de Dios! Nada le mueve a amar. Cuando amamos, es por algo que juzgamos excelente y agradable para nosotros. Pero Dios ama al niño desnudo cuando se revuelve en su sangre, y, como prueba de su asombroso amor, lo limpia, lo viste y lo hace amable al poner sobre él su propia hermosura.
De nuevo, su amor es un amor pleno. Los océanos fluyen y reflu yen; si en un tiempo cubren las orillas, en otro dejan sus lechos desnudos y secos. Pero su amor es perfecto en su plenitud; a despecho de los océanos sin límites de su amor, que ya han regado todo el universo; que han corrido en torrentes poderosos entre las multitudes angélicas y seráficas de arriba, y en asombrosas inundaciones entre los hombres caídos de abajo. Aunque haya repetidas manifestaciones de amor a sus escondidos, y miles de sus predilectos se banquetear con este celestial manjar mientras peregrinan por este desierto aullante; sí, aunque la manifestación de su amor, por las edades innumerables de la eternidad, se continúe a la muchedumbre glorificada, su ardor y su exuberancia serán siempre los mismos. El océano de su amor no será una gota menor por todos los riegos de los campos de bienaventuranza. Después que el sol de justicia, por una duración en la eternidad más allá de concepción y sobre el alcance del pensamiento, haya iluminado el espacioso continente de la gloria con sus rayos, ni un solo rayo, ni una sola irradiación, será en lo más mínimo menoscabada.
De nuevo, su amor es eficiente, activo y operativo. Puedo amar a un semejante o a un amigo ausente, y sin embargo aprovecharle nada, ni aun saberlo él. Pero el amor de Dios, como la luz, se revela doquiera que está. Su amor nos atrae eficazmente, y corremos a él. Su amor constriñe y compele nuestro amor. Pues un pecador perdonado no puede sino amar a quien tan amorosamente le perdona. Doquiera que cae la chispa celestial, ¡prende el alma en llama!
De nuevo, el amor de Dios es un amor firme e inmutable; y cuanto más el alma está en tristeza o angustia, más libres y plenas son las comunicaciones del amor divino. En la necesidad, el amor del mundo nos abandonará; pero en las más calamitosas circunstancias, el amor sagrado hace las veces de dos amores, y se pega más que un hermano. El amor mortal (¡ay! ¡cuántos pueden atestiguar la verdad de esto!) puede hoy parecer ardiente, constante y sincero, y mañana estar del todo enfriado; sí, convertido en calumnia, odio y venganza. Pero sepan todos los hijos de Dios que el amor divino les será lo que las aguas santas fueron al profeta, siempre creciendo, hasta ser un océano para nadar para siempre. Frente a los temores de todas partes, este es el consuelo: que Dios se reposará en su amor inmutable hacia su pueblo.
El amor divino es también un amor beneficente. Jonatán amaba a David en gran manera, pero no pudo hacer mucho por él, ni librarle de ser desterrado de su tierra natal. Pero el amor de Dios es fecundo en toda bendición. Es el árbol que da toda clase de frutos que nutren el alma y banquetean toda gracia. El amor de los pobres hombres no puede traer provecho alguno a los amados; pero cuando Dios fija su amor en un pecador, al instante, el que nada tenía, todo lo tiene: vida, libertad, amigos, riquezas, gloria, un reino; suficiencia aquí, y toda-suficiencia allá; en una palabra, todo lo que pueda nombrarse, buscarse, desearse o pensarse. Entonces, ¡oh hijos de la tierra! regocijaos en el abrazo de la riqueza y bendecid vuestra propia condición, pero no presumáis que sois los predilectos del cielo porque su común providencia se derrame sobre vosotros. En cuanto a mí, pueda yo ser el objeto de este amor, y, a despecho de la pobreza, soy rico; a despecho del pecado, soy perdonado y seguro, y camino triunfando hacia la mejor patria.
Pero de nuevo, el amor de Dios es un amor íntimo. ¡Oh, cómo el Alto y Sublime revela los secretos de su pacto y las dulzuras de su amor a aquella alma en la cual se digna venir a habitar! Cuando, por el Espíritu Santo, el amor de Dios es derramado en el alma, ¡qué gozo celestial refresca todo el hombre interior! «Yo te conozco por tu nombre», dice Job. «Te ruego que me muestres tu gloria», dice Moisés. La intimidad comenzada en el tiempo es la bienaventuranza de la eternidad; y en mayor o menor grado es el privilegio de todo creyente. Cuanto más sea nuestra comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, más de su semejanza divina nos vestiremos; y en el mundo eterno, en los diferentes grados de asimilación a Dios consisten los diferentes grados de gloria.
De nuevo, el amor de Dios es infinito; y qué sea eso, nadie lo sabe sino un Ser infinito. Nuestro amor es una chispa; el suyo, el sol. Nuestro amor es una gota; el suyo, ¡el océano!
De nuevo, su amor es ininterrumpido. Ni el pecado dentro de nosotros; ni el infierno fuera de nosotros; ni Satanás acusándonos ante el trono, pueden interrumpir su amor. Esto es estímulo para servirle a despecho del pecado y frente a los enemigos.
Por último, su amor es eterno. El cielo y la tierra pasarán, pero su amor no. El tiempo ha de acabar, pero su amor acompaña a los santos más allá del sepulcro. La muerte enfría el amor de las relaciones más estrechas, pero no puede separarnos del amor de Dios. El amor es la quintaesencia de la bienaventuranza, el corazón del cielo, el gozo de los ángeles, el cántico de los redimidos y el carácter de Dios. ¡Oh día feliz, cuando me levante a gozar de aquel amor, que trasciende la gloria de los redimidos y todos los himnos de los coros angélicos!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Love in God
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.