Hay en nosotros una secreta tendencia a juzgar de manera parcial el costo de la redención. Nos inclinamos a pasar por alto el interés que el Padre tuvo en la salvación de su Iglesia, y a mirar la obra del Hijo como si ella originara y comprara todo el amor, la benevolencia y los atractivos que Dios el Padre manifiesta hacia su familia rebelde pero recuperada. Habéis estudiado de modo imperfecto las maravillas de la redención, habéis visto solo en parte sus glorias, habéis sondado su profundidad con cuerda corta y habéis volado a su altura con ala débil, si no habéis asociado el propósito de gracia y amor del Padre con cada paso que el Hijo dio al realizar la recuperación de una Iglesia perdida. Tan acostumbrados estamos a fijar nuestra mirada admirada y adoradora en el Hijo encarnado, a rodear de nuestros afectos exclusivos a Aquel que por nosotros «no amó su vida hasta la muerte», que llegamos a quedarnos cortos ante la verdad estupenda y animadora: todo el amor, gracia y sabiduría que resplandecen en la salvación tienen su manantial en el corazón de Dios el Padre.
¿No podremos atribuir a esta visión parcial esos pensamientos duros y dañinos sobre su carácter, y esas interpretaciones crudas y sombrías de su gobierno, que tantos llevamos hacia Él? ¿No fue este concepto contraído y nebuloso del Padre lo que Jesús reprendió con tanta claridad como suavidad en sus discípulos: «Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis y le habéis visto»? A esto aún objetó su incrédulo discípulo: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta». Jesús le responde: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». ¿Qué más testimonio necesitamos? El que ha visto al Hijo, ha visto al Padre. ¿Vemos la gloria de Jesús brillar a través del velo de su humanidad? Es la gloria del Padre resplandeciendo. ¿Seguimos a Jesús en sus caminos de misericordia y lo vemos derramar la abundancia de su ternura sobre los miserables? En esas muestras de amor, en esos derretimientos de compasión, en esa voz de misericordia y en esas lágrimas de simpatía, vemos y oímos al Padre mismo. ¿Contemplamos el amor de Jesús trabajando, sufriendo, muriendo? Vemos el amor del Padre en igual vastedad, fuerza e intensidad.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - March 6
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.