La vida de Cristo para cada día

El amor generoso que llena la casa de fragancia

María derrama un perfume costoso sobre los pies de Jesús y es criticada, pero el Señor defiende su acto de amor y declara que será recordado dondequiera que se predique el evangelio.

Hemos llegado ya a la última semana de la vida de nuestro Salvador. El sábado por la tarde terminó el reposo judío, y comenzó la nueva semana: la semana más llena de acontecimientos que se ha conocido desde el principio del mundo; la semana más dolorosa que el Hijo del hombre pasó sobre la tierra; y la semana más triste que su Iglesia haya visto jamás. Pero aunque había de estar llena de sufrimiento y de dolor, comenzó con una escena de paz y de amor, pues Simón el leproso hizo una cena al Señor en su casa. Si observamos los tratos de Dios, encontraremos que a menudo se nos concede un consuelo antes de que se nos envíe una prueba, y que se nos permite disfrutar de algún refrigerio inesperado antes de que se nos llame a beber una copa de amargura insólita.

¡Cuánto debió deleitarse el gracioso Salvador en la escena que ahora contemplaba en Betania! Las lágrimas que le habían conmovido el corazón estaban ya enjutas; las hermanas veían a su hermano, que poco antes dormía en su sepulcro, sentado a la mesa con su Señor. Marta manifestó su amor y su gozo sirviendo a la compañía bendita. Es probable que ella dirigiera los arreglos de la cena y diera instrucciones a los siervos. Sabemos que tal oficio convenía a su disposición activa. María, que parece haber sido de un carácter más reflexivo, sensible y retraído, halló otra manera de expresar su amor y su gozo. Trajo un vaso de alabastro lleno de perfume muy precioso, y lo derramó sobre los pies de Jesús. Parece que se acercó por detrás mientras él reclinado a la mesa, y procuró cumplir aquel oficio de amor en secreto. Pero no pudo esconderse, porque la casa se llenó con el aroma del perfume. Su fragancia exquisita atrajo la atención y llevó a los invitados a descubrir quién lo había derramado. ¿No habríamos creído que en una compañía así el amor que María había mostrado recibiría el mayor elogio? Pero Mateo refiere que no sólo Judas, sino los demás discípulos dijeron: «¿Por qué se desperdició este perfume?» ¿Cómo pudieron así insultar a su Señor? ¿Acaso había algo demasiado precioso para ser dedicado al Hijo de Dios? ¿Lo pensaron así los magos que vinieron del Oriente, cuando depositaron oro, incienso y mirra a los pies del Salvador niño?

Conocemos el motivo que llevó a Judas a hacer aquella pregunta desalmada: la codicia. Se decepcionó al pensar que un tesoro tan rico como aquel vaso de alabastro hubiera sido sustraído de sus manos deshonestas. Pero ¿por qué los demás discípulos se unieron a su queja? Tal vez alguna envidia secreta del amor sobresaliente de María hacia su Señor pudiera haber motivado su censura. Pero si por un instante la dulce y tímida María se sintió abatida por su desaprobación, pronto debió ser consolada al oír la defensa que su Maestro hizo de su conducta. Alto fue, en verdad, el elogio que le dispensó: «¡Lo que pudo, hizo!» Estas palabras implican que, ya que podía ofrecer un don precioso, no se contentaría con presentar uno mezquino. Si María hubiera sido pobre, no habría podido ungir sus pies como lo hizo. Pudo hacer mucho, e hizo mucho. Ungió a su Señor con un perfume costoso, que valía casi diez libras de nuestro dinero. ¿No se dice con más frecuencia de los pobres que de los ricos: «Hicieron lo que pudieron»? Con harta frecuencia los ricos no dan al servicio de Cristo más que las migajas que caen de su mesa.

Aunque los discípulos censuraron este acto de amor, Jesús declaró que en países lejanos y en edades futuras sería encomiado. Pues dijo: «Dondequiera que se predique este evangelio en todo el mundo, también esto que ella ha hecho se narrará en memoria de ella» (Mr. 14:9). María no había buscado la alabanza humana; pero aun ésta le sería concedida. ¿Quién ha leído alguna vez el relato de la ofrenda de María sin aprobarla en su interior? ¿Dónde está el creyente que no ha deseado gozar de la misma oportunidad que María tuvo para manifestar su amor al Señor?

Cuando cierta mujer pecadora lavó los pies de Jesús con sus lágrimas de arrepentimiento, un fariseo reprochó al Señor por permitir que alguien tan malvado le tocara, y así acusó tácitamente a la pecadora que lloraba de presunción. Pero ¿juzgó el Señor que ella era presuntuosa? María, que gozaba de un carácter honorable, no fue acusada de presunción, sino de extravagancia. Pero ¿juzgó el Señor que su acto de amor era extravagante? ¿Acusa hoy la iglesia de Dios a alguna de estas dos mujeres devotas de presunción o de extravagancia? No juzguemos nada antes de tiempo. Si los actos de amor tan devoto fueron censurados en otros tiempos, actos semejantes pueden ser censurados hoy. Aun los verdaderos cristianos son propensos a reprender a los que les superan en celo, en sentimiento y en sacrificio; pero el Señor nunca pensará que le podemos amar, adorar u honrar demasiado.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Mary anoints the Lord Jesus

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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