«¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Mi alma anhela, y aun se desmaya por los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan de júbilo al Dios vivo!»
«Debes tener al pájaro en el ojo antes de poder encontrarlo en el arbusto.» Quien no ama las flores puede caminar por campos y jardines llenos de ellas sin ver ni una sola. Quien no tiene música en su propia alma puede vivir y moverse continuamente entre armonías suaves, sin sentirse jamás conmovido ni estremecido ni aun por las más dulces melodías. Por el contrario, quien ama la belleza la hallará en todas partes. Quien tiene un ángel que canta en su propio corazón oye cada nota dulce que respira en el aire a su alrededor. Nuestro propio corazón es el que hace nuestro mundo.
He aquí un hombre cuyo corazón está lleno de anhelo por Dios. Hay miles, en todas las épocas, que sienten el mismo clamor. Siempre hay personas a las que se les impide asistir a los cultos que aman: los enfermos, quienes deben cuidar de los enfermos, o quienes, por otros deberes, se ven obligados a perder las horas de devoción que tanto aman. El amor por la adoración a Dios debería encontrarse en cada hijo de Dios.
«Mi alma anhela, y aun se desmaya por los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan de júbilo al Dios vivo.» La pérdida es un maravilloso revelador del valor. Las bendiciones resplandecen al emprender el vuelo. Muchas cosas buenas que dejamos de apreciar cuando las poseemos llegan a tener para nosotros un valor incalculable cuando las hemos perdido. Una silla vacía es, con frecuencia, el primer revelador del verdadero valor de un amigo a quien apenas supimos estimar cuando lo teníamos.
Sin duda, el autor de este Salmo amaba la casa de Dios cuando disfrutaba de sus privilegios, cuando podía acudir a ella libremente; pero ahora, cuando estaba apartado de ella, comprendía como nunca antes lo que había significado para él. Hay muchas personas que asisten hoy a los cultos de la iglesia sin encontrar en ellos un gozo especial, y que, privadas por un tiempo de ese privilegio, sentirían una gran pérdida. Todos necesitamos a Dios. Muchas personas lo tratan con gran indiferencia. Pero cuando llega la hora de la necesidad y no pueden hallarlo, se encuentran en gran tiniebla.
«Bienaventurados los que habitan en tu casa; continuamente te alaban.» Todo el mundo debería tener una iglesia como su hogar. Hay personas que asisten de vez en cuando a los cultos en ocasiones especiales, pero que no tienen hábitos firmes de asistencia a la iglesia. Se quedan en casa cuatro o cinco domingos y luego van alguna mañana luminosa a oír la música o el sermón, o para ver a la gente. Esas no son las personas que describe el Salmo. «Habitar» en la casa de Dios es amar a la iglesia y estar profundamente interesado en su adoración y su obra, siempre presente en sus servicios. La iglesia se ha vuelto para ellos el hogar de su alma. Estos son «bienaventurados». Se alimentan de continuo en su mesa. Se sientan con deleite bajo su sombra. Acuden a ella al cierre de días de labor, de cuidado y de lucha, y renuevan sus fuerzas. Allí hallan consuelo en sus tristezas, y luz en su tiniebla. Las bendiciones de los que habitan en la casa de Dios son muy ricas.
Y el resultado, tal como aquí se describe, es muy hermoso: «Continualmente te alaban.» Este es el fruto de semejante vida de devoción: alabanza constante. El fuego arde sin cesar sobre el altar de oro, y el incienso se eleva sin interrupción en dulce fragancia. La vida que mora en comunión constante con Dios es siempre una vida que se goza. Aun en el dolor, su cántico no se acalla. Es la vida espiritual ideal la que se describe en estas palabras: «Continuamente te alaban.» Siempre será una vida de cántico. Viven sin interrupción con Dios. La vida fluye de Él a sus corazones de continuo, y la vida que ahora viven es la vida divina que late en ellos. Viven con Dios en constante comunión con Él y están siempre en paz, sin temor, sin sentido de peligro ni de soledad, porque en todas las experiencias tienen a Dios. Así, su vida es un cántico constante, siempre gozo, siempre alabanza.
«Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos.» Para ser verdaderamente bienaventurado, uno debe tener una confianza, un gozo y un recurso de fortaleza que jamás puedan ser tocados por ningún accidente, por ninguna calamidad, y que nunca han de faltar. Esto no puede decirse de aquellos cuya confianza está en cualquier refugio terreno, porque en el día más luminoso el fundamento de esa confianza puede ser arrancado. Pero cuando nuestra fuerza está en Dios, sabemos que, aunque todo lo demás pueda ser arrebatado de nuestras manos, nuestra dicha permanecerá inalterable y segura.
Alguien ofrece esta pequeña parábola: Dos pájaros salieron cierta mañana de primavera a construir sus nidos. Uno halló un árbol junto al borde del río e hizo su nido entre sus ramas. El río murmuraba abajo, el sol jugaba entre las hojas, y los pajarillos eran muy felices. Pero una noche sobrevino una tormenta y una inundación, y el árbol fue arrancado y arrastrado por las aguas: nido, pichones y todo. El otro pájaro halló un peñascal en la montaña y construyó su nido en una hendidura de la roca. La tormenta pasó sobre él y las aguas se precipitaron por el valle, pero el nido con sus pichones quedó seguro en la roca. La pequeña parábola no necesita interpretación.
El hombre cuya fuerza está en Dios queda descrito además con gran belleza en la Versión Revisada: «En cuyo corazón están los caminos a Sion.» Hay caminos en cada corazón, pero no siempre son caminos al cielo. A veces son senderos trazados por pensamientos e imaginaciones pecaminosos; pero en el hombre piadoso son caminos de oración, de amor y de obediencia: rutas que conducen al cielo y a Dios.
La imagen en la mente del poeta era la de la gente que afluye por todos los caminos y senderos hacia Jerusalén para asistir a las fiestas. Quienes abarrotaban esos caminos a Sion tenían en sus corazones amor por la casa de Dios y por la adoración a Dios, y estos son bienaventurados. Cada corazón tiene su camino que lo atraviesa. Nuestros pensamientos abren sus propios senderos en nuestra vida. Si son pensamientos limpios, puros, blancos, amorosos, hacen rutas que conducen a Sion, a Dios. Pero si nuestros pensamientos son indignos, si son inmundos y profanos, abren senderos que corren hacia la tiniebla, la bajeza y la destrucción.
«Al pasar por el valle de lágrimas, lo hacen manantial», dice la Versión Revisada. Probablemente había en algún lugar de la tierra un desfiladero lúgubre bien conocido por los viajeros, llamado el Valle de Lágrimas. Alguna tragedia del pasado pudo darle su nombre, o quizá se llamó así por su espantosa hondura y oscuridad. Este lugar sombrío se convierte en un lugar de manantiales: un valle de hermosura y lozanía por las lluvias. El sentido es muy claro. Las cosas tristes de nuestra vida se transforman en gozos por el amor de Dios en nuestros corazones. Muchas de las más ricas bendiciones del cielo llegan a través de las lágrimas de la tierra: tristezas convertidas en gozos, transfiguradas. Las lágrimas son caras a Dios. Él las recoge en su botella. Alguien ha fotografiado una lágrima y describe la maravillosa belleza que la foto revela en ella. Aquí torrentes de lágrimas se vuelven lluvias de bendición. Así es en la vida, por el amor y la gracia de Dios.
«Prefiero estar junto a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las tiendas de maldad.» Dice el señor Spurgeon: «El umbral de Dios es un descanso más feliz que los mullidos lechos dentro de los pabellones de los pecadores reales.» El empleo más humilde al servicio de Dios es mejor que ser un príncipe al servicio del pecado. El trabajo más servil con Cristo y para Él es más honroso que la obra más conspicua del mundo cuando no está bendecida por la sonrisa y el favor de Cristo. Los jóvenes, al escoger su vocación o profesión, deberían sopesar bien esta verdad. El glamour de la fama es una paga lastimosa a cambio del envilecimiento de la propia vida. Todo se reduce a esto: que la vida de confianza en Dios es la única vida verdaderamente bienaventurada. Es mejor tener a Dios, vivir con Dios, que poseer todos los honores y las riquezas de este mundo sin tener a Dios.
«No withholdá ningún bien, de los que andan en integridad.» Esta puede parecer, a primera vista, una afirmación sorprendente. ¿Acaso Dios no niega ningún bien a los suyos? Debemos fijar la atención en la palabra «bien». No son meramente las cosas que queremos las que Dios siempre da. Tampoco son las cosas que nosotros juzgamos buenas las que Dios concede. Quizá no sean en realidad «cosas buenas», tal como Dios las ve. Debemos dejar siempre a Él la decisión de si son buenas o no. Él es más sabio que nosotros y sabe qué efecto tendrían en nosotros las cosas que anhelamos. Debemos someter a Él todas nuestras peticiones para su revisión y aprobación final cuando las presentamos.
Esta es la enseñanza acerca de la oración, tan destacada en el Nuevo Testamento, que nos manda añadir a todas nuestras súplicas más fervientes: «Sin embargo, no mi voluntad, sino que se haga tu voluntad.» Si la cosa que pedimos no llega, debemos concluir por tanto que, a los ojos de Dios, no es una «cosa buena» para nosotros. Así es como las retenciones de Dios son para nosotros tan grandes bendiciones como sus donaciones.
Hay otra frase aquí que debemos examinar. Es «de los que andan en integridad» de quienes Dios no retendrá ningún bien. Solo cuando caminamos obedientemente por los caminos de Dios tenemos derecho a reclamar esta promesa. Pues «si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado.» Salmos 66:18.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Delight in God's House
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.