Patmos

El árbol de vida: abundancia, variedad y servicio eterno en el cielo

La visión del árbol de vida que da su fruto cada mes y de los siervos que sirven a Dios revela que la bienaventuranza celestial se caracteriza por la abundancia, la variedad, la perpetuidad y el servicio activo de amor santo.

Un cuarto elemento del futuro gozo celestial sugerido en estas palabras es que entonces habrá una plena revelación y manifestación de todo cuanto resulta misterioso en las dispensaciones terrenales. Lo que a menudo hace turbio y oscuro el río de la tierra es el misterio de los tratos divinos. Observamos ese río en su flujo, o miramos en su cauce, pero todo es lodoso, desconcertante, perplejo: "Tus juicios son como un gran abismo." Pero Juan, mientras contempla, ve no solo un río puro, sino translúcido: es "claro como el cristal." A la luz de Dios mismo él ve la luz; todo será revelado entonces. Cada "por qué" y "para qué" será resuelto; cada "es necesario" será interpretado y explicado. Al inclinarnos sobre las profundidades cristalinas, la atribución antes pronunciada tantas veces entre lágrimas, será entonces hecha con voz jubilosa: "Justo eres tú, oh Señor"; "¡Hemos conocido" (y ahora creemos) "el amor de Dios para con nosotros!"

Una quinta característica de la futura felicidad celestial aquí sugerida es su diversidad. La figura del Río cambia ahora por la de un Árbol. "A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que daba doce frutos, dando cada mes su fruto. Y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones." A diferencia de los árboles frutales de la tierra, que solo dan su cosecha anual y nada más, este da fruto cada mes sucesivo del año eterno: tiene sus doce cosechas de fruto. ¡Ese Árbol es Cristo! Leemos del Árbol de la vida en el Edén perdido. Aquí lo leemos de nuevo en el Paraíso recobrado. Ya no hay espada flameante que guarde el camino. Se alza en la calle abierta, libre para todo ciudadano glorificado: la prenda y la garantía de su inmortal gozo. En Jesús, este Árbol siempre vivo, se halla toda clase de felicidad exaltada; bienaventuranza adecuada a los variados gustos, capacidades y anhelos espirituales de Su pueblo redimido. Todos son representados congregados bajo su majestuosa sombra, recogiendo el alimento que más desean; y no bien se recoge una cosecha, cuando ¡he aquí! las ramas se cargan de nuevo y las cestas se llenan otra vez.

"Hay un río, cuyas CORRIENTES (las múltiples corrientes) alegran la ciudad de Dios." ¡Cuán diferente de la tierra! Allá, a menudo, cuando una corriente se seca, todo se seca. Llega una sola desgracia espantosa, y el corazón se marchita y se consume, y nada más puede llenar sus vacíos dolorosos; una sola calabaza es herida, y nada puede reanimar sus hojas caídas y marchitas. Aun aquellos en la tierra cuya copa mundana ha sido la más colmada, los que mejor conocen qué es el gozo, ¡cuán efímero es, cuán insatisfactorio, al fin y al cabo! ¡Cómo hastía al apetito gastado, si no encierra en sí un elemento más alto y más noble!

Pero en el Cielo la bienaventuranza es siempre nueva. Sus características son: abundancia, variedad, perpetuidad. "Sois completos en Él." El Árbol, el Río, las Hojas parecen armonizar hermosamente con los sucesivos emblemas que, en una visión anterior, describen la felicidad de los glorificados. ¿Es el Árbol y sus frutos abundantes? "No tendrán más hambre." ¿Es el Río de aguas vivas? "No tendrán más sed." ¿Es la sombra de las Hojas que cubren con sus influencias sanadoras? "El sol no caerá sobre ellos, ni calor alguno los afligirá." Siendo la bienaventuranza del creyente un gozo del pacto, y de origen divino (que fluye del trono de Dios y del Cordero), es inmutable e inagotable. Ninguna oscuridad puede nublarla; ninguna roca de vicisitud humana puede obstruir su corriente. Fluye y fluye, para siempre, "por los siglos de los siglos."

Una vez más. Las palabras indican otro elemento constitutivo de la felicidad del Cielo (que también ha sido anticipado en una visión anterior): las actividades de una vida glorificada, "y sus siervos le servirán." El Cielo no será una existencia vacía. Aun en la tierra hay una bendición en la ley del trabajo: una bendición envuelta en la misma maldición, "Con el sudor de tu rostro comerás pan." La más miserable de las vidas es una vida de ocio forzado. La más gozosa es una vida de servicio activo: la combinación apostólica de diligencia en el negocio con fervor en el espíritu. Y la misma ley se cumplirá en el Cielo. No será un paraíso soñador, sentimental, mahometano. Los Redimidos estarán ocupados sirviendo a Dios en ministerios activos de amor santo. " descansan," y sin embargo "no descansan." Descansan en la paz perfecta de Dios, en la posesión realizada de Su favor. Pero no descansan del trabajo de un servicio fiel. Su más alta felicidad está en hacer Su voluntad. "Le sirven día y noche en Su templo."

¡Qué placer en la tierra experimenta un siervo fiel al hacer bien el trabajo de su señor! Aun cuando tal fidelidad sea poco merecida, o tal labor mal recompensada, se rinde con gusto por un sentido del deber. ¡Qué gozo infinitamente más alto y más puro tendrán aquellos Santos Redimidos en el Cielo, al servir a UNO digno de todo su amor, y que tiene derechos infinitos y superiores sobre su afecto! Entonces, al menos, le servirán con una devoción que nunca decae, con una constancia que nunca vacila, con una sencillez de propósito y mirada que no admite desvío ni desviación alguna, con un celo que no conoce mengua. El deber se transformará en deleite. El servicio de Dios será en sí mismo su más noble recompensa. El clamor del antiguo campeón, al ceñirse por primera vez su armadura, será el gozo de la eternidad: "¡Señor! ¿qué quieres que yo HAGA?"

¿Cómo nos afectan estas renovadas y gloriosas representaciones de un Cielo futuro? ¿Es para nosotros una perspectiva placentera que todos los males introducidos alguna vez por el Pecado hayan de ser removidos, que el arpa destensada y sin tono haya de recobrar sus antiguas armonías, que nuestro Edén perdido haya de ser más que restaurado, pues será restaurado sin la posibilidad de fracaso o de caída? Hemos sido recordados de nuevo, de manera especial, de la principal característica moral del Cielo. Si este pasaje no hubiera descrito sino belleza material: el Río, el Árbol, los frutos suculentos, las calles empedradas de oro, todo eso (en sí mismo) dejaría de satisfacer los anhelos del Alma Redimida. Pero "yo quedaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza." "Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para tener derecho al Árbol de la vida, y entrar por las puertas en la Ciudad."

Y estas bendiciones espirituales (simbolizadas por el Árbol y su abundante fruto) no son bendiciones reservadas solo para el futuro. Son nuestras ahora. Se nos invita ahora a participar de estos frutos y a reposar bajo ese amparo. "Cristo, que es nuestra Vida." La vida solo se halla ahora en Él; fuera de Él está la muerte: la maldición. Como el emblema de esta visión celestial también, Él es accesible en todo tiempo. El Árbol da fruto cada mes. Cada mes del momento año de la vida podemos acudir a Él. La juventud puede acudir a Él en la primavera. La madurez puede acudir a Él en el verano. Aun la vejez puede cobijarse bajo estas ramas gloriosas. Cuando otros árboles de la existencia son desnudados y despojados por los vendavales del invierno, Él está lleno de hojas, refugio contra la tormenta y escondite contra la tempestad.

En los meses luminosos de la prosperidad, en los meses sombríos de la adversidad; en los meses de enfermedad cuando se yace en el lecho solitario; en los meses oscuros del duelo, este Árbol extiende sus brazos protectores de misericordia, para que todo pájaro errante y cansado quede resguardado de la tempestad que se avecina. ¡Que Dios conceda que podamos experimentar en parte ahora, y en su realidad gloriosa para siempre, el cumplimiento de las palabras exultantes del Salmista: "El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente!"

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE RIVER OF THE WATER OF LIFE — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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