ELISEO
ELISEO
ATARDECER SOBRE LAS ALTURAS DE GILGAL
2 Reyes 13:14-21. Cuando Eliseo estaba en su última enfermedad, el rey Jehoás de Israel lo visitó y lloró sobre él. "¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Los carros y los guerreros de Israel!" exclamó. Eliseo le dijo: "Toma un arco y unas flechas." Y el rey hizo como se le mandó. Entonces Eliseo dijo al rey de Israel que pusiera su mano sobre el arco, y Eliseo puso sus propias manos sobre las manos del rey. Luego ordenó: "Abre esa ventana oriental", y él la abrió. Entonces dijo: "¡Dispara!" Y así lo hizo. Después Eliseo declaró: "Esta es la flecha del Señor, llena de victoria sobre Aram, porque tú derrotarás completamente a los arameos en Afec. Ahora toma las otras flechas y golpéalas contra el suelo." Así que el rey las tomó y golpeó el suelo tres veces. Pero el hombre de Dios se enojó con él. "¡Debiste golpear el suelo cinco o seis veces!" exclamó. "Entonces habrías vencido a Aram hasta destruirla por completo. Ahora sólo serás victorioso tres veces." Luego Eliseo murió y fue sepultado.
Bandas de merodeadores moabitas solían invadir el país cada primavera. Una vez, cuando unos israelitas sepultaban a un hombre, avistaron una de estas bandas de asaltantes. Así que echaron apresuradamente el cuerpo que sepultaban en la tumba de Eliseo. Pero apenas el cuerpo tocó los huesos de Eliseo, ¡el muerto revivió y saltó sobre sus pies!
La gloria serena de este ATARDECER corresponde a la historia que lo precede. Nos encanta sentarnos en la cumbre de Gilgal y ver su sol desaparecer lentamente tras las colinas cercanas.
ELISEO destaca, en la sagrada historia, en contraste sorprendente con su gran predecesor, Elías. El profeta de Horeb tenía un reflejo de su propio carácter en el terremoto, la tempestad y el fuego vistos desde su cueva en el monte. Aquel sobre quien cayó su manto, y cuyo final de vida consideraremos ahora, tenía su tipo y símbolo en "la suave voz" que los sucedió.
Uno fue el Pedro, el otro el Juan del período profético. El primero, audaz, vehemente, temerario, surgía con cabello hirsuto y cinturón de cuero desde las salvajes quebradas del norte de Galaad, donde había sido "acertadamente criado" para su vida de hazañas visionarias, con un ánimo sujeto a fuertes impulsos, tan fácilmente abatido como enaltecido. El otro, digno pero sereno, fiel e inflexible, pero amoroso y tierno, el Bernabé del Antiguo Testamento ("el hijo de consolación"), en medio de los hogares afligidos de Israel.
El primero es como un meteoro que atraviesa los cielos, sobrecogiéndonos con la súbita aparición de su figura, desde que se presenta en el escenario de la sagrada historia confrontando al culpable Acab, hasta que, con igual rapidez y esplendor, es llevado majestuosamente al cielo en un carro de fuego. El otro tiene menos de este resplandor intermitente. Sin embargo, junto a atributos más mansos, posee también la majestad del sol "que sale como esposo de su tálamo y se regocija como hombre fuerte para correr su carrera".
En una palabra, Eliseo fue, en el sentido más estricto, un hombre grande y bueno; y en su bondad consistía su grandeza. Su vida es un sermón viviente. Se le hallaba a tiempo y destiempo, en toda ocasión de necesidad. Nunca lo encontramos falto de valor moral. Dondequiera que su palabra y su presencia fueran necesarias para reprender el pecado, este justo hombre era "atrevido como el león". Parecía no regatear tiempo ni trabajo, con tal de que avanzara su gran obra. Lo encontramos en palacios reales, en campamentos militares, en hogares llorosos. En una ocasión, lanzando la tremenda maldición sobre la impenitencia y la maldad; en otra, mezclando sus lágrimas por "los amados y perdidos", y luego sus cánticos de júbilo por los perdidos, levantados para ser amados de nuevo.
Pobre y modesto en su vestido, en su porte y en su morada, había sido una y otra vez el salvador de su país, y ejerció lo que equivalía a un dominio real en la corte y la ciudad, junto al trono y junto al altar. Había fomentado, con corazón amoroso, las escuelas de los profetas, formando con santa fidelidad a aquellos sobre quienes habría de caer después el manto de su oficio y de su ejemplo. Nunca hubo mayor necesidad de un hombre como él que en esta crisis de la historia de Israel. Sus idolatrías sensuales, la profunda degradación moral y espiritual de todo el país, clamaban por alguien que mezclara palabras de amor y de sabiduría con las de severa reprensión, y que, mediante el ejercicio de aquellos poderes milagrosos que le fueron concedidos de manera peculiar, trajera al pueblo de vuelta desde su grosero materialismo a la adoración espiritual y al reconocimiento nacional del Dios de sus padres.
Pero ha llegado el momento en que Eliseo también debe pagar el gran deuda de la naturaleza. Mucho antes de alcanzar la edad madura en que murió, el anciano parece haberse retirado a una relativa oscuridad. Su brillante obra pública había terminado; y antes de pasar a su descanso y a su corona, Dios vio conveniente recostarlo en un lecho de enfermedad en alguna morada solitaria y desconocida de Israel. Es alrededor de ese lecho a los que ahora somos convocados. Mientras la arena de su vida cae lentamente, grano por grano, venid y reunamos algunas de las solemnes verdades que la escena presenta.
I. Vemos a un "visitante real" entrar en la morada oscura de Eliseo. No es otro que el rey de Israel. Y por lo que podemos colegir de los breves datos de su historia, lo notable de la visita de Jehoás es que debió de tener poca sintonía, en todo caso, con la piedad elevada y excelsa del hombre de Dios. Con muchos rasgos nobles de carácter, con intervalos de devoción sincera y verdadera, seguía aún muchos de los caminos culpables de "Jeroboam hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel". Por ello, sin duda, había sido reprendido una y otra vez por las fieles amonestaciones del profeta; había desfallecido bajo su mirada penetrante y se había evadido, siempre que pudo, de aquella presencia de santidad excelsa. Nunca oímos, en los dieciséis años que ya llevaba reinando, que hubiera venido una sola vez a visitar a Eliseo personalmente. Pero ahora, al saber que el fin del anciano vidente se acerca, se apresura a rendir homenaje a la grandeza y la bondad que tan pronto dejarán tras de sí un vacío irreparable. No, más que esto, no es una mera visita de cortesía. No es la condescendencia patronizante de una realeza altiva que viene a desfilar vano protocolo y adulación cuando ya ha pasado el tiempo del justo reconocimiento del servicio. Viene como el doliente representante de toda una nación. Viene a derramar uno de los elogios más nobles jamás pronunciados sobre un valero que parte o ya partió. Fue pronunciado desde un corazón que estallaba y a través de ojos húmedos de llanto.
Observad el cuadro. (No podemos imaginar un tema más noble para la pintura inspirada.) Un ancano en el umbral de un siglo, arrugado y consumido por larga enfermedad, con el labio pálido y la mano débil, yace extendido en el lecho del que no volverá a levantarse. Su monarca está de pie junto a él, inclinándose sobre él, bañado en un torrente de lágrimas impetuosas. Leemos: "Lloró sobre él", y luego rompió el silencio con su voz entrecortada con las palabras: "¡Padre mío, padre mío! ¡Los carros de Israel y sus jinetes!"
¿Qué quería decir con esto? En aquel momento de profunda emoción, el rey vio en aquel ojo que se apagaba, en aquel pulso de vida que decaía, que iba a desaparecer "un poder más fuerte que todos los ejércitos de Israel". "Pierdo", exclama, "en ti mis mejores carros y jinetes; con el decaimiento de estos muros mortales de tu frágil cuerpo, pierdo mis mejores baluartes, la torre de fuerza de mi nación. Puedo reclutar las filas mermadas, diezmadas por el hambre y la pestilencia y por las crueles vicisitudes de la guerra; pero no puedo reanimar ni hacer volver tus santas oraciones, tus piadosos consejos, tu influencia señera, tu ejemplo intachable y tu vida sin mancha. Tu muerte será como si, con un solo golpe temible, con un solo golpe cruel, mis carros y mis jinetes fueran arrojados a las profundidades del mar, como si la hermosura de Israel hubiera sido muerta en los lugares altos. ¡Aulla, abeto, porque el cedro ha caído!"
Tenemos aquí un ejemplo del homenaje (a menudo arrancado con tardanza) que los hombres del mundo rinden a la verdadera piedad y al principio, a la devoción pura, al carácter consecuente y a la vida sin mancha. Aún más: es la afirmación por labios reales de una gran verdad, de la cual podemos bien, en estos días, sacar consuelo e instrucción: que hay muros y baluartes que constituyen la fuerza de una nación, más nobles que las fortalezas materiales y el vasto poderío militar; que los grandes y los buenos, los hombres de oración, los hombres de fe y los hombres de Dios, son los más nobles defensores de una nación, los verdaderos guardianes de sus libertades y el mejor escudo de defensa en torno a sus hogares y sus hogares.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: ELISHA — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.