Uno de los eventos más maravillosos que jamás se hayan realizado sobre esta tierra está registrado en este pasaje. Contemplamos al Hijo de Dios, en gran humildad, viniendo a ser bautizado por Juan, como si hubiera sido un pecador, y contemplamos al Padre Eterno y al Espíritu honrándolo con honor inefable. ¡Bien podía Juan sorprenderse al ver que el Hijo de Dios acudía a él para el bautismo! Se opuso a bautizar a uno tan superior a él, diciendo: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Parece, pues, que Juan sabía quién era; y, sin embargo, leemos en el evangelio de Juan (1:33) que no le conocía; Dios, por tanto, debió hacer que Juan le conociera en el momento del bautismo. Puede parecer extraño que Juan no le hubiera conocido, pues Isabel, su madre, era prima de María, la madre de Jesús; pero hemos de recordar que se habían criado en regiones distantes de la tierra. Dios tuvo sabias razones para no permitir que se conocieran mutuamente hasta este tiempo. Si Juan hubiera conocido antes a Jesús como pariente, podría haberse supuesto entonces que había sido engañado por Jesús; pero como nunca le había visto, no podía sospecharse engaño. ¡Cuán llenas de reverencia y humildad fueron las palabras de Juan: «Yo necesito ser bautizado por ti», bautizado, no con agua (pues Jesús a nadie bautizó de esta manera), sino con el Espíritu Santo y con fuego! El ángel había declarado que Juan sería lleno del Espíritu Santo aun antes de su nacimiento; y, sin embargo, Juan sentía su necesidad del bautismo del Salvador. ¿No nos enseña esto que todos necesitamos este bautismo continuamente? Aunque hayamos sido bautizados con agua, aunque hayamos aun experimentado un cambio de corazón, con todo necesitamos frescos suministros del Espíritu Santo. Si sentimos nuestra necesidad, acudiremos con frecuencia a Jesús para que nos bautice. ¡Bendito Jesús, necesitamos ser bautizados por ti!
¿Cuál fue la razón del Salvador para venir a ser bautizado? Se digna explicarla: «Así conviene que cumplamos toda justicia». Era necesario que Jesús, siendo hombre, fuera bautizado, pues vino a cumplir todos los mandamientos de Dios, para que por su obediencia muchos fuesen hechos justos. ¿A quiénes se refería nuestro Salvador cuando dijo «nos conviene cumplir toda justicia»? A sí mismo y a Juan. Era necesario que Juan hiciera la voluntad de Dios y bautizara a aquel cuyas sandalias no era digno de desatar. Los verdaderos cristianos sienten su indignidad para hacer cualquier cosa por su Maestro, pero este sentimiento no debe estorbarles en la obra de Dios; pues no serían aptos para hacerla si no sintieran su extremada pecaminosidad. Inmediatamente después del bautismo, el Salvador salió del agua. Hallamos en el evangelio de Lucas qué hacía al salir: ¡estaba orando! Cuando los pecadores eran bautizados, confesaban sus pecados; pero él no tenía pecados que confesar. Después de haberse humillado al ser bautizado, su Padre le exaltó enviando al Espíritu Santo sobre él y declarando: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia».
¿Qué debió sentir Juan el Bautista al contemplar esta escena! Aquí no había terrores como los del monte Sinaí; aquí no había truenos ni relámpagos; ni negrura, ni oscuridad, ni tempestad: todo era luz, y paz, y amor. Es maravilloso pensar que a un hombre mortal se le hubiera permitido presenciar tal despliegue de la gloria divina. Pero como Juan fue designado para dirigir a los hombres al Salvador, era justo que recibiera la prueba más firme de que él era el Hijo de Dios. ¿Y podía haber recibido prueba más fuerte que la que recibió a orillas del Jordán? Imposible. ¡Qué amor tan excesivo se expresa en las palabras: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia»! Esta declaración debió consolar el corazón del varón de dolores: aunque el mundo le odiaba, sabía que el Padre le amaba. ¿Nos consolaría pensar que el Padre nos ama y se complace en nosotros? Si creemos en Jesús, ¡él nos ama y se complace en nosotros por amor de él! Todos los creyentes son «aceptados en el Amado». ¡Qué palabras tan dulces son esas! Han sostenido al pueblo de Dios en la hora de la muerte. ¿Cómo podría alguien soportar el pensamiento de entrar en la presencia de Dios, de no ser por la seguridad de que el Padre le recibirá en el nombre de su propio Hijo amado?
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The baptism of Jesus
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.