«Dulces los momentos, ricos en bendición, que ante la cruz paso; posyendo vida, salud y paz del Amigo moribundo del pecador. Aquí me siento, contransporte contemplando corrientes de misericordia en ríos de sangre; gotas preciosas que rocían mi alma, abogan y reclaman mi paz con Dios.»
«El lugar que se llama Calvario.» Lucas 23:33
No existe ningún lugar vinculado con la historia del Salvador que pueda carecer de interés para el cristiano. Todo lugar que él honró con su presencia es tierra consagrada. Y con frecuencia el creyente, en el ejercicio de la fe y de la devota meditación, visita las escenas asociadas con la vida y los ministerios de su Señor encarnado. Así, a menudo se dirige a Belén, y con los magos de oriente presenta sus ofrendas, y con las huestes angélicas rinde homenaje al Santo Niño. Visita Betania más allá del Jordán, donde él fue bautizado, y cuantas veces lo hace, oye la voz que proclama desde la excelsa gloria: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» Visita el Tabor, donde el rostro del Redentor resplandeció como el sol, y donde su vestidura era blanca y reluciente. Y así también Betania, donde, retirado por un tiempo del bullicio del ajetreado mundo, el Salvador disfrutó, con la familia que amaba, las dulzuras de la santa comunión.
Pero, por encima de tales lugares, hay uno que tiene para el cristiano un interés todo propio: es «el lugar que se llama Calvario.» Y allí quisiéramos ahora conducir al lector, ¡y ojalá la visita no sea en vano! El Calvario era una pequeña eminencia al noroeste de Jerusalén, a corta distancia fuera de la ciudad. El nombre, que significa calavera, o lugar de la calavera, le fue dado, sea porque su forma se parecía a esa parte del cuerpo humano, o, lo que es más probable, por las calaveras que yacían esparcidas allí, siendo el lugar donde por lo general se ejecutaba a los criminales. Los evangelistas con frecuencia lo llaman Gólgota, palabra del mismo significado: Gólgota es el término hebreo, y Calvario el latino.
Pero es en conexión con los sufrimientos y la muerte que el Salvador allí soportó, que ahora hemos de considerar este lugar memorable. Y para que tengamos, en cierta medida, una visión realizada de la dolorosa escena, imaginémonos presentes en la ocasión, presenciando todo cuanto acontece:
He aquí la multitud que sale apresurada por las puertas de la santa ciudad. Es una turba variopinta, y diversos son los sentimientos de quienes la componen. Hay sacerdotes y escribas, con una sonrisa de triunfo en sus rostros; pero hay otros, especialmente un grupo de mujeres, en cuyas mejillas pueden discernirse las gruesas lágrimas que descienden. Los soldados romanos, con sus cascos relucientes y sus plumas ondeantes, están allí, algunos encabezando la procesión y otros marchando de un lado a otro, con el propósito de prevenir cualquier tumulto o desorden. Pero el principal objeto de interés en la densa multitud es Uno en el centro, de cuya persona podemos percibir alguna que otra mirada, según las multitudes pasan de aquí para allá. Podemos ver su vestidura; lleva una túnica larga y fluente, ceñida a la cintura, una túnica sin costura de arriba abajo. Carga un gran madero cruzado sobre sus hombros y lleva en la cabeza un adorno singular, a saber, una corona de espinas. Parece sumamente desfallecido, como si estuviera a punto de sucumbir bajo la pesada carga que soporta; tanto que, temiendo que muriera en el camino, le quitan la cruz de los hombros, y un cierto forastero, cuyo color proclama que es africano, es obligado a llevarla en su lugar. Pero aunque desfallecido, está perfectamente sereno; y mientras las mujeres detrás de él lamentan su suerte, él reprende sus pesares, diciéndoles: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.»
Por fin se alcanza la cima del monte, el lugar señalado para la ejecución. Y allí los guardias romanos están afanos en mantener a la multitud alejada, de modo que se deje un espacio abierto para que los verdugos cumplan su cometido. Lo primero que hacen es despojar al santo sufriente de sus vestiduras, y eso se hace de la manera más ruda y brutal. Su cuerpo, se advertirá, está completamente en carne viva, y manando sangre por el reciente azotamiento. En este estado es tendido de espaldas sobre la cruz, que está puesta en el suelo, y sus manos y pies son clavados en ella. Clavos de hierro, lo suficientemente fuertes para sostener el peso de un cuerpo, son martillados a través de ellos, a través de nervios y tendones, y de las partes más sensibles de su cuerpo. Luego el madero es levantado, mientras el extremo inferior se hunde en un hoyo cavado al efecto; y el sufriente aparece como un espectáculo de vergüenza y agonía, desnudo, herido y sangrante, ante los miles que están congregados.
La muerte de cruz se distinguía por dos rasgos peculiares. En primer lugar, era vergonzosa e ignominiosa. Era un castigo infligido solo a esclavos y a aquellos criminales que habían cometido los crímenes más atroces. La degradación que implicaba se desprende del hecho de que Cicerón, en una de sus oraciones, presenta como acusación solemne contra cierto Cónsul que, sin dejarse intimidar por la majestad de la República romana, había hecho clavar a un ciudadano romano en la cruz. «Es una infamia —son sus palabras— atar a un ciudadano romano; azotarlo es un crimen atroz; darle muerte es casi un parricidio; pero ¿qué diré de crucificarlo?» Y, sin embargo, ¡esa muerte, con toda su infamia, la soportó el Hijo de Dios!
Pero, en segundo lugar, era una muerte preeminentemente dolorosa. Parece haber sido ideada, con salvaje ingenio, para causar el mayor sufrimiento posible. Por eso las partes vitales quedan intactas; las heridas se infieren en las extremidades del cuerpo, clavos de hierro son clavados, como hemos visto, a través de las manos y los pies; mientras el pobre sufriente ha de colgar en una posición que no admite cambio ni reposo, y la inflamación ardiente obra gradualmente hasta llegar al asiento de la vida. Fue sin duda una muerte dolorosa en extremo; tanto que el término más fuerte que tenemos para expresar la intensa agonía, el término «excruciante», se deriva de ella.
Además de la vergüenza y el sufrimiento de la cruz, el Salvador, mientras estaba tendido en ella, fue escarnecido y ultrajado de la manera más inhumana. Los que pasaban, meneando la cabeza, en imitación burlesca de sus convulsivas agonías, se dirigían a él con palabras de sarcástico desprecio. «Tú que destruyes el templo —decían— y en tres días lo edificas, sálvate a ti mismo. Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz.» Asimismo, los principales sacerdotes escarneciéndole, con los escribas y los ancianos, dijeron: «A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. Si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque dijo: Soy Hijo de Dios.» Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él.» Así hubo él de soportar la contradicción de los pecadores contra sí mismo; hubo de soportar la cruz, con todos sus insultos y toda su vergüenza.
Los escarnios de los enemigos del Salvador en su crucifixión han sido repetidos por sus sucesores infieles en todas las épocas. Así Celso, uno de los más antiguos y violentos adversarios del cristianismo, después de presentar a Cristo maltratado, vestido de púrpura, coronado de espinas y clavado en el madero, pregunta: «¿Por qué, en nombre del prodigio, no actúa ahora como Dios y descarga su venganza sobre los autores de sus insultos y agonías? ¡Cualquier loco en la tierra, o cualquier furia en el infierno, es capaz de ira y venganza!»
Si es gloria del hombre pasar por alto una transgresión, y el más noble triunfo vencer el mal con el bien, entonces él murió gloriosamente más allá de todo ejemplo.
Pero los sufrimientos exteriores que el Salvador soportó en el Calvario no eran nada comparados con sus sufrimientos interiores. Sus agonías corporales, por grandes que fueran, eran livianas como una pluma en comparación con las agonías de su alma. Los sufrimientos de su alma eran verdaderamente el alma de sus sufrimientos. Pero ¿qué podemos decir de esos sufrimientos del alma? Podemos, en cierta medida, describir lo que ocurría fuera, pero ¿quién puede describir lo que pasaba dentro? Podemos describir la burla de los judíos, pero ¿quién puede describir el desamparo de su Padre celestial? Podemos describir la lanza del soldado, pero ¿quién puede describir las saetas del Todopoderoso? Podemos describir los clavos que atravesaron su sagrada carne, pero ¿quién puede describir la justicia eterna atravesando carne y espíritu? Podemos describir la copa de vinagre que gustó, pero ¿quién puede describir la copa de ira que bebió hasta sus últimas heces? Podemos describir el madero maldito en que colgó, pero ¿quién puede describir la maldición de la ley que lo hizo tal? En tal intento el lenguaje falla, y se siente cuán pobre es el pensamiento y cuán impotentes son las más enfáticas representaciones. En verdad, sus sufrimientos del alma son insondables.
Hemos considerado «el lugar que se llama Calvario» como un lugar de vergüenza y de sufrimiento; pero hay muchos otros aspectos desde los cuales puede contemplarse. Es un lugar de conflicto y de victoria, pues él despojó a los principados y potestades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. Es un lugar de celestial instrucción. La verdad de la palabra de Dios se confirma allí; todos los atributos de su glorioso carácter se manifestaron allí; el camino de salvación se abrió allí. Es un lugar de bendita consolación. Fue en la cruz donde el peregrino de Bunyan perdió su carga; y es allí, y solo allí, donde nuestro luto puede convertirse en gozo. Lector, ¿quieres que tu corazón se ablande y tu amor se encienda? Ve al Calvario, a contemplar el maravilloso espectáculo que allí se presenta. Al hacerlo, sea tu lenguaje,
«¿Fue por crímenes que yo cometí que él gimió en el madero? ¡Asombrosa piedad! ¡Gracia ignorada! ¡Y amor más allá de toda medida!»
También es un lugar al que deberíamos acudir para aprender nuestras obligaciones, y donde, al sentirlas y reconocerlas de nuevo, deberíamos resolver, con el auxilio de su gracia, consagrarnos sin reservas a su alabanza. Allí vemos lo que él ha hecho por nosotros, y allí deberíamos preguntarnos en correspondencia: ¿Qué estamos haciendo nosotros por él? Postrados al pie de la cruz, nuestro lenguaje debería ser el del perseguidor despertado: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?»
Y el pecador debería visitar ese lugar. El Hijo de Dios está sangrando y muriendo por ti. ¿Y aún puedes rebelarte contra él? ¿Puedes seguir despreciando su gracia ofrecida y desechar tan grande salvación? ¡Oh, que su amor incomparable subyugue tu voluntad obstinada y atraiga tus afectos hacia él!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Holy Mount
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.