Hasta que no erraron por el desierto, hasta que no lo sintieron como ruta solitaria, hasta que no hallaron ciudad donde habitar y, hambrientos y sedientos, su alma desfalleció en ellos, no hubo clamor. Pudo haber oración, un deseo, un anhelo débil, y de vez en cuando un suspiro o un gemido. Pero eso no bastaba. Se necesitaba algo más para hacer brotar la misericordia del seno de la Cabeza compasiva de la Iglesia. Se necesitaba un clamor: un clamor de angustia, un clamor de tribulación del alma, un clamor arrancado del corazón por cargas pesadas. Y un clamor implica necesidad, urgencia, un perecer sin respuesta. Es el aliento de un alma decidida a tener realidades eternas traídas a la conciencia, o a perecer sin ellas. Es este solemne sentir en el corazón que no hay otro refugio sino Dios.
El Señor trae a todo su pueblo hasta aquí: a no tener otro refugio sino él. Amigos, consejeros, conocidos pueden simpatizar, pero no pueden dar alivio. No hay refugio, ni abrigo, ni puerto, ni hogar al que puedan huir sino el Señor. Así las aflicciones nos obligan a tratar con Dios de manera personal. Ahuyentan esa religión tibio de la que tanto participamos; y expulsan esa experiencia nocional y seca profesión con la que tan a menudo nos conformamos. Las ahuyentan como un fuerte viento del norte ahuyenta las nieblas; y conducen al hombre a este punto solemne: debe tener comunicaciones de Dios para sostenerlo y sacarlo de su angustia; y si un hombre no es llevado a este punto por sus aflicciones, no le han hecho ningún bien. ¡Pero qué misericordia cuando hay un clamor! Y cuando el Señor envía un clamor en la angustia, a su tiempo y manera enviará con seguridad liberación de ella.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: November 17
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.