Nuestro conocimiento de Cristo es en cierto modo como escalar una de nuestras montañas galesas. Cuando estás en la base, ves poco; la montaña misma parece tener solo la mitad de su altura real. Encerrado en un pequeño valle, descubres apenas los arroyuelos que descienden hacia el riachuelo al pie de la montaña. Sube a la primera colina, y el valle se alarga y se ensancha bajo tus pies. Sube más alto, y verás el campo a cuatro o cinco millas a la redonda, y te deleitará el panorama cada vez más amplio. Sigue subiendo, y la escena se agranda; hasta que al fin, cuando estás en la cumbre y miras al este, al oeste, al norte y al sur, ves casi toda Inglaterra tendida ante ti. Allá a lo lejos un bosque en algún condado distante, quizá a doscientas millas, y aquí el mar, y allí un río reluciente y las chimeneas humeantes de un pueblo manufacturero, o los mástiles de los barcos en un puerto activo. Todas estas cosas te complacen y te deleitan, y dices: "No hubiera imaginado que se pudiera ver tanto desde esta altura."
Pues bien, la vida cristiana es del mismo orden. Cuando primero creemos en Cristo, vemos poco de Él. Cuanto más alto escalamos, más descubrimos de sus bellezas. Pero ¿quién ha ganado jamás la cumbre? ¿Quién ha conocido todas las alturas y profundidades del amor de Cristo, que sobrepasa todo conocimiento? Pablo, ya anciano, sentado con sus canas, tiritando en una mazmorra de Roma, podía decir con mayor énfasis del que nosotros podemos: "Sé a quién he creído", pues cada experiencia había sido como escalar una colina, cada prueba como ascender otra cumbre, y su muerte le pareció como llegar a la cima de la montaña, desde la cual podía ver toda la fidelidad y el amor de Aquel a quien había confiado su alma. ¡Sube, querido amigo, al monte alto!
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: June 25 — Morning
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.