Todo en la vida cristiana es amor. «El fruto del Espíritu es amor». Hay otras cosas que se mencionan como fruto, pero el amor se nombra primero, y todas las demás son solo partes o cualidades del amor. El único rayo blanco de luz se descompone en los siete colores del arcoíris. Así también el amor, ese rayo blanco que brilla desde el rostro de Dios, se descompone en todas las gracias celestiales. «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza» (Gálatas 5:22, 23).
El amor es lo único esencial en la vida que el Espíritu Santo produce. Pablo nos dice que podemos tener gran elocuencia, lenguas de ángeles, el don de profecía, fe que mueva montañas, generosidad que dé todo lo que poseemos, el espíritu del mártir; y, sin embargo, si no tenemos amor, no somos nada. Ha habido hombres campeones de la ortodoxia que, careciendo de amor, se entregan a la ira, al mal genio y al resentimiento. Hay quienes se consagran a las instituciones de la religión y, con todo, no logran mostrar amor en el hogar. Estos no cumplen el más alto requisito del evangelio. Solo el amor puede satisfacer las demandas del Espíritu Santo.
Debemos probar nuestro amor con nuestra vida. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». No podemos vivir verdaderamente sino amando, pero tampoco podemos amar sin vivir dignamente. Es muy fácil decir que amamos a una persona, pero nuestra conducta es el único indicio verdadero. En una de sus epístolas, Juan, el discípulo del amor, escribe: «En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo dio su vida por nosotros. Y nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Si alguien tiene bienes materiales y ve a su hermano en necesidad, pero no se compadece de él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino con hechos y en verdad» (1 Juan 3:16-18). Juan habla de la prueba del amor hacia nuestros semejantes, pero el mismo principio se aplica a nuestra profesión de amor a Cristo. No basta con cantarlo en nuestros himnos, decirlo en nuestras oraciones y recitarlo en nuestros credos; debemos mostrarlo en nuestra vida mediante la obediencia a Sus mandamientos. Un árbol frutal prueba su utilidad dando fruto. Si no hay «sino hojas», la profesión del árbol es vacía. El rosal debe probar su derecho a tal distinción produciendo hermosas rosas en la temporada de las rosas. Cuando afirmamos ser amigos de Cristo, debemos demostrarlo haciendo lo que Cristo nos manda.
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». La promesa sigue al requerimiento. Entonces Él dice: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad». Esa conjunción «y» es importante. Enlaza la promesa con el versículo anterior. Hay cuatro eslabones en la cadena. Si amamos a Cristo, guardaremos Sus mandamientos; entonces Él rogará al Padre, y el Padre nos dará otro Consolador. Los discípulos pensaban que serían grandes perdedores con la partida de Cristo, y así era, en cierto sentido. Se les partía el corazón al separarse de Él. Pero Él les asegura que, en lugar de Su presencia personal, les sería enviado otro Amigo celestial.
El nombre «Consolador» es muy precioso. Incluso en el uso común de la palabra inglesa es sagrado. Quien es un consolador para nosotros nos ministra en nuestras penas, nos consuela cuando estamos afligidos. Y la palabra «otro» muestra qué clase de consolador sería el Espíritu: Jesús había sido un consolador, y el Espíritu sería uno semejante a Él. A veces deseamos haber vivido cuando Jesús estaba en la tierra, y sentimos que quienes le conocieron en la carne gozaron de un privilegio que ningún otro creyente podrá volver a tener. Pero esta palabra nos dice que el Espíritu Santo, que vino en lugar de Cristo, es para nosotros todo lo que Jesús fue para Sus amigos. Puede que no quite nuestros dolores, pero si no lo hace, nos da fuerzas para que podamos soportarlos. Eso es parte de lo que el Espíritu Santo hace por nosotros. No es, sin embargo, meramente un consolador en el sentido en que se usa la palabra hoy. La palabra es «Paracleto», que no tiene equivalente preciso en español. La misma palabra se traduce «Abogado» en una de las epístolas de Juan, y significa uno que está al lado o defiende a alguien. Podemos poner todos nuestros asuntos en las manos de este Abogado. Él nos defenderá, intercederá por nosotros y será nuestro camarada y amigo.
El mundo no quiere recibir al Espíritu Santo: «A quien el mundo no puede recibir». No tiene amor por Él, ni ojos para contemplar Su belleza, ni oídos para oír Sus palabras. El mundo no quiere al Espíritu Santo como huésped. Solo quienes desean ser santos sienten anhelo por Él. Es una de las pruebas más maravillosas del amor de Dios que el Espíritu Santo esté dispuesto a habitar en un corazón humano corrupto, contaminado y aborrecible, en medio de todo su pecado e impureza, con el propósito de limpiarlo y hacerlo santo y apto para el cielo. Era una de las cualidades del amor de Cristo que se dirigiera con compasión y anhelo hacia los más indignos. Alguien definió el amor de Dios como «amar a personas que no le agradaban». El Espíritu de Dios toma Su morada en el peor de los corazones, para hacerlo limpio y santo.
Es admirable la delicadeza con que Cristo trató a Sus discípulos aquella noche. Hablaba con ellos como una madre a punto de dejar a sus hijos les hablaría: consejo entreverado con palabras de amor. Sabía cuán solos se sentirían cuando Él se apartara de ellos. Estarían, en verdad, desolados en su dolor y su orfandad. Recordamos cómo estaban en aquellos días en que Él yacía en el sepulcro. Luego, durante cuarenta días, le vieron de vez en cuando, recibiendo dulce consuelo de Él. Después se fue, pero pronto volvió en el Espíritu Santo, y desde entonces los discípulos ya nunca más estuvieron solos, pues tenían la presencia de su Maestro con ellos en tierna y amorosa cercanía todo el tiempo. Nunca deberíamos sentirnos desolados si tenemos a Cristo. Todo lo demás puede sernos arrancado, y podemos ser arrojados al mundo, huérfanos y sin hogar; pero si tenemos a Cristo, somos ricos en amor y en toda bendición celestial.
La prueba del amor a Dios es la obediencia a Su mandamiento. Y entonces, cuando el amor a Dios está en nuestras vidas, Dios mismo está con nosotros. «Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él». Es una verdad admirable la que aquí se nos declara: que Dios realmente desea tener nuestro amor y anhela hacer Su hogar en nuestros corazones.
«La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la doy yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». Una de las grandes palabras de la Biblia es paz. Nuestro corazón la anhela. Por todas partes los hombres la buscan: en los senderos del placer, en las avenidas de la fama. Pero la paz no llega encontrando un lugar tranquilo donde esconderse, lejos de las tormentas del mundo. Debe comenzar en el corazón. En verdad, la paz que el cristiano tiene debe ser una paz que mantenga al corazón sosegado a pesar de las tormentas del mundo.
Dos artistas salieron a pintar, cada uno, un cuadro de la paz. Uno pintó un lago plateado anidado profundamente entre las colinas, donde ninguna tormenta pudiera tocarlo. El otro pintó un mar agitado, azotado por tempestades, sembrado de naufragios, pero alzándose de entre él una gran roca, y en la roca, en lo alto, una grieta con hierba y flores, entre las cuales, en su nido, se posaba una paloma. Este último es el verdadero cuadro de la paz cristiana. «En el mundo tendréis aflicción», pero «en mí tendréis paz» (véase 16:33). La paz de Cristo es una paz que mantiene al corazón sosegado en el mismo centro de las pruebas del mundo. Esta paz se nos ofrece aquí como un don, como el legado de Cristo para nosotros. Solo podemos obtenerla recibiendo a Cristo mismo en nuestro corazón.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Comforter Promised
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.