El camino del cristiano

El consuelo del amor derramado en el corazón

Las gracias que adornan al cristiano son expresiones de su amor a Dios, y ese amor debe avivarse cuando se enfría, pues de él depende toda la vida espiritual del creyente.

Las diversas gracias que dignifican y adornan el carácter del cristiano no son sino otras tantas manifestaciones de su amor a Dios. ¿Qué es el arrepentimiento sino el amor derramando sus emociones en lágrimas de piadosa tristeza? ¿Qué es la fe sino el amor recibiendo el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo, y descansando plenamente en él para vida y salvación? ¿Qué es el celo sino el fuego del amor, que lleva al cristiano, bajo el influjo del amor redentor, a no vivir ya para sí, sino para Aquel que murió por él y resucitó? ¿Qué es la santidad sino el amor asemejando todo el carácter a la imagen de Aquel que es su gran objeto? ¿Qué es la resignación sino el amor recibiendo de la mano del Padre la copa del dolor, y diciendo con suave acento: "Hágase tu voluntad"? Y lo mismo ocurre con los demás frutos del Espíritu; en ellos contemplamos una viva encarnación de esta gracia soberana del amor a Dios, y una manifestación práctica de sus múltiples operaciones.

Este amor existe en grados muy distintos en los corazones de los verdaderos cristianos. En algunos está lleno de vida y vigor; en otros se halla en un estado bajo y languideciente. En cuanto a estos últimos, ¡cuán importante es que su amor sea reavivado!, pues, si las representaciones anteriores son correctas, donde el amor decae, afectará la vida espiritual en todas sus ramas.

Es cierto que un debilitamiento aparente del mero sentimiento, o del gozo sensible del amor, no constituye una prueba decisiva de su declive real. Hay una distinción que debe observarse entre la pasión del amor y el principio del amor; y es muy posible que la una sea fuerte y profunda, mientras la otra parezca algo tenue y débil. Como prueba de ello, puede emplearse una ilustración familiar.

Pensemos en un padre afectuoso que tiene que trabajar duramente para ganarse el sustento de su familia. Después de concluir sus labores diarias regresa a su humilde morada; sus hijos se reúnen a su alrededor, y su inocente charla y las muchas maneras con que buscan ganarse sus sonrisas despiertan su más tierno afecto. A la mañana siguiente sale a su trabajo y soporta con ánimo el calor y la carga del día; ¿y por qué? Para tener con qué suplir las necesidades de su esposa y de sus pequeños. Ahora bien, es muy probable que no haya sentido su amor actuar durante las labores del día de manera tan sensible como la noche anterior. Ocupado en muchas tareas, puede haber pasado varias horas sin pensar en ellos ni una sola vez. Pero esto no prueba que entonces no los ame; el hecho de que, por amor a ellos, soporte de buena gana tanto trabajo, demuestra todo lo contrario. Y si, aun en medio de sus esfuerzos, oyera que algún daño se les hacía, sentiría al instante emociones tan fuertes como siempre, o aún más fuertes.

Así puede ocurrir con el hijo de Dios. Hay tiempos en que no siente su amor actuar de manera tan viva como antes; no tiene aquel fervor y ardor que experimentó en otras temporadas; pero aun entonces, su amor puede no haber sufrido mengua alguna. La pasión puede estar menos excitada, pero el principio puede continuar en toda su vitalidad.

Estas observaciones no están destinadas para el professor frío y carnal de religión, sino para el aliento de los tímidos, que suelen dudar de la sinceridad de su piedad, simplemente porque sus sentimientos no siempre son tan animados como desearían.

Al mismo tiempo, existe algo tal como un declive real del amor del cristiano, y de todas sus demás gracias. El reproche dirigido a los creyentes de Éfeso es uno, se teme, que puede dirigirse contra muchos que llevan el nombre de Cristo en nuestros días: "Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor." No habían vuelto abiertamente la espalda a Dios y a su causa; no habían, quizá, descuidado sus ordenanzas ni profanado sus atrios con impropiedades externas; pero el amor de Dios en sus corazones se había enfriado grandemente, y estaban ya muy decline de lo que una vez fueron.

Lector, ¿ha sido derramado el amor de Dios en tu corazón? Y si tienes razones para concluir que así ha sido, es de suma importancia que averigües si se halla ahora en estado floreciente o declinante. Sea esta tu oración frecuente y ferviente: "Señor, aumenta mi amor; que yo esté más firmemente arraigado y cimentado en él de día en día; y así prepárame para aquel mundo bendito donde todos tus pueblo no solamente te ven tal como eres, sino donde te aman como conviene!"

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Comfort of Love

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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