El poder expulsivo de un nuevo afecto

El corazón necesita un objeto que perseguir

Bajo el impulso del deseo, el ser humano se mantiene activo; arrancar ese deseo sin sustituirlo deja al corazón en un abandono doloroso e insostenible.

2. La segunda es cuando su objeto está en posesión, y entonces se convierte en amor en estado de indulgencia.

Bajo el impulso del deseo, el hombre se siente empujado adelante por algún camino o empresa de actividad para su satisfacción. Las facultades de su mente se ponen en ejercicio afanoso. En la dirección constante de un solo interés grande y absorbente, su atención es llamada desde las muchas ensoñaciones en las que de otro modo habría vagado; y los poderes de su cuerpo son arrancados de una indolencia en la que de otro modo habría languidecido; y ese tiempo se llena de ocupación, el cual, de no ser por algún objeto de ambición ferviente y entregada, habría transcurrido lentamente en horas sucesivas de cansancio y desagrado. Y aunque la esperanza no siempre anima, y el éxito no siempre corona esta carrera de esfuerzo, sin embargo, en medio de esta misma variedad, y con las alternaciones del desánimo ocasional, la maquinaria de todo el hombre se mantiene en una especie de ejercicio congenial, y se sostiene en ese tono y temple que le son más agradables.

De tal modo que, si, por la extirpación de aquel deseo que forma el principio originante de todo este movimiento, la maquinaria se detuviera y no recibiera ningún impulso de otro deseo sustituido en su lugar, el hombre quedaría con todas sus propensiones a la acción en un estado de abandono sumamente doloroso y antinatural. Un ser sensible sufre y se halla en violencia si, después de haber descansado por completo de su fatiga o haber sido aliviado de su dolor, continúa en posesión de poderes sin ninguna excitación para esos poderes; si posee una capacidad de deseo sin tener un objeto de deseo; o si tiene energía de sobra sobre su persona, sin una contraparte y sin un estímulo que la llame a la operación.

La miseria de tal condición la experimenta a menudo quien se ha retirado de los negocios, o incluso quien se ha retirado de las ocupaciones de la caza y de la mesa de juego. Tal es la demanda de nuestra naturaleza de un objeto en persecución, que ninguna acumulación de éxitos previos puede extinguirla. Y así es como el mercader más próspero, el general más victorioso y el jugador más afortunado, cuando el trabajo de sus respectivas vocaciones ha llegado a su fin, se encuentran a menudo languideciendo en medio de todas sus adquisiciones, como si estuvieran fuera de su elemento de regocijo.

Es del todo en vano, con un apetito constitucional tan marcado por el empleo en el hombre, intentar arrancarle el resorte o el principio de un empleo sin proporcionarle otro. Todo el corazón y el hábito se alzarán en resistencia contra tal empresa.

La mujer de otro modo desocupada que gasta las horas de cada noche en algún juego de azar sabe tan bien como usted que la ganancia financiera o el triunfo honroso de una contienda exitosa son del todo mezquinas. No es una demostración de vanidad como esta la que la apartará de su ocupación tan querida y deliciosa. El hábito no puede ser desplazado de modo que no deje tras de sí más que una vacante negativa y desalentadora, aunque sí puede ser suplantado de modo que sea seguido por otro hábito de ocupación, al que el poder de algún nuevo afecto la haya constreñido. Se suspende de buena gana, por ejemplo, en cualquier noche, si el tiempo que solía dedicarse al juego requiere emplearse en los preparativos de una próxima reunión social.

Fuente y atribución

Autor original: Thomas Chalmers

Título original: The Expulsive Power of a New Affection — parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura