Después de que Pilato sentenciara a Jesús, los soldados le coronaron de espinas, le vistieron de púrpura y le saludaron en son de burla como Rey de los judíos. Más tarde, llevando su cruz, Jesús fue conducido para ser crucificado. Desfallecido por el sufrimiento y la falta de descanso, el peso de la cruz resultó demasiado para Él, y los soldados tomaron a Simón elcireneo, que pasaba por allí, y le obligaron a cargar la cruz detrás de Jesús.
Simón fue un portador de cruz contra su voluntad. Puede que no hubiera ninguna ternura hacia Jesús en el corazón de los soldados cuando obligaron a este joven a servir, para ayudarle cuando tambaleaba bajo aquella carga tan pesada. Tal vez solo querían que avanzara más de prisa. Y, sin embargo, fue un acto compasivo, cualquiera que fuera su motivo. Esta fue una de las bondades mostradas a Jesús aquel día. Si después Simón llegó a ser discípulo de Jesús, nunca dejó de recordar con gratitud lo que, aun sin querer, hizo aquel día para dar consuelo a su Maestro.
Aun en medio de las terribles escenas del Calvario, hubo destellos de piedad humana. Uno ya lo hemos visto: la ayuda que Simón le dio al cargar su cruz. Aquí hay otro: «Le dieron a beber vino mezclado con mirra». El propósito era amortiguar un poco sus sentidos, de modo que no estuviera plenamente consciente en las terribles agonías de la crucifixión; como hoy se hace misericordiosamente con el uso de anestésicos cuando se realizan operaciones quirúrgicas. No podemos más que estar agradecidos, amando a Jesús como le amamos, de que hubiera mujeres con corazones tiernos que buscaron así mitigar sus sufrimientos. Su negativa a aceptar aquella muestra de bondad no significaba ninguna falta de respeto hacia ellas. Probó el vino, mostrando su aprecio por su amabilidad. Pero lo rechazó, podemos suponer, por dos razones. No quiso disminuir en modo alguno la amargura del cáliz que su Padre le había dado a beber. Y tampoco quiso nublar su mente en lo más mínimo al entrar en las experiencias de la última hora. No quiso oscurecer la claridad de su comunión con el Padre por ninguna poción que adormeciera sus sentidos y, con ello, menoscabara su plena conciencia.
En las palabras más breves se nos cuenta la crucifixión de Jesús. «Le crucificaron». La crucifixión era un modo terrible de castigo. Estaba reservado para los criminales más viles y, por tanto, ponía sobre los condenados la marca de la infamia. La vergüenza de la cruz era la más profunda que podía echarse sobre un hombre. Pero había un significado aún más oscuro para Jesús en la crucifixión que el que el mundo veía. Es un misterio, sin embargo, que no podemos sondear. Solo sabemos esto: que Él era el Cordero de Dios que llevaba el pecado. Lo que esta gran obra de expiación significó para Jesús en aquellas horas en que colgó de la cruz, nunca podremos comprenderlo. Nos basta saber que de su angustia viene nuestro gozo; de sus llagas viene nuestra sanidad; de su coronación con espinas viene nuestra coronación con gloria; de su abandono viene nuestra paz.
La costumbre era que los soldados encargados de la crucifixión se repartieran entre sí las vestiduras del condenado. En muchos hogares hay prendas que guardamos con reverencia porque alguna persona amada, ya partida, las usó en vida. Nos gusta pensar en las vestiduras que Jesús había llevado. Quizá fueron hechas por las manos de su madre o por las de alguna de las otras mujeres que le seguían y le servían. Eran las vestiduras que los enfermos habían tocado con fe reverente, recibiendo sanidad. Una sacralidad peculiar se adhiere a todo lo que Jesús alguna vez tocó. ¡Qué profanación nos parece, entonces, ver a estos soldados romanos burlones tomar las vestiduras que Él había llevado en su santo ministerio y repartírselas como botín! ¡Qué terrible sacrilegio nos parece verles echar suertes allí, bajo la misma cruz, mientras el Salvador del mundo cuelga de ella en agonía! ¡Apostar por aquella túnica sin costuras que manos temblorosas habían tocado con fe para hallar sanidad!
Hay una sugerencia en este despojar a Cristo de sus vestiduras. Él colgó desnudo en la cruz, para que podamos comparecer en el juicio final revestidos con ropas de hermosura. Aquellos soldados anduvieron después de aquel día vistiendo las prendas de Cristo; si somos salvos, nosotros llevamos puestas las vestiduras de justicia tejidas por su obediencia y sufrimiento.
La cruz de Jesús quedó señalada aquel día para que todo el mundo lo supiera. Sobre el sufriente se clavó una ancha tabla que llevaba el título: «Rey de los judíos». Era la costumbre indicar así el nombre y el delito del que padecía. No había delito que escribir sobre la cabeza de Jesús, pues ni siquiera sus enemigos habían podido hallar nada contra Él. Así que Pilato escribió el único cargo que los gobernantes habían presentado. Él era el Rey de los judíos: el Mesías que había sido prometido a lo largo de los siglos, anhelado, suplicado, esperado. Era el Rey del cual David fue figura. Él había cumplido todas las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Él había traído bendición infinita a la nación. ¡Y, con todo, así trató su propio pueblo al que habían estado esperando tanto tiempo! En vez de recibir con amor y honra al que tanto habían esperado, le rechazaron y ahora le habían clavado en la cruz. Pero Él es también nuestro Rey. ¿Cómo le estamos honrando?
Fue una compañía extraña aquella en la que murió Jesús. «Con Él crucificaron a dos ladrones; uno a su derecha y el otro a su izquierda». Hubo tres cruces aquel día, y cada una tiene su propia sugerencia especial para nosotros. En la cruz del medio colgaba el Salvador, muriendo por el pecado del mundo. Debemos estudiar larga y reverentemente esta escena de muerte. Él murió, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Él llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero.
Aun durante aquellas horas terribles hubo manifestaciones de gracia y de poder en aquella cruz del medio. Hubo una oración por sus verdugos que mostró su espíritu de perdón. Hubo su palabra a Juan y a su madre, que reveló su solicitud por ella. Hubo su palabra al ladrón arrepentido, mostrando su poder para salvar incluso en la hora de su muerte. Hubo el clamor de abandono que nos da una idea de la espantosa oscuridad que rodeó al Redentor mientras llevaba nuestros pecados.
En una de las otras cruces vemos a una penitencia que muere. Pocas son las palabras que oímos, pero bastan para mostrarnos las pruebas de una verdadera regeneración en este hombre que no se arrepintió ni buscó misericordia hasta la última hora. En la otra cruz vemos a una impenitencia que muere. Este hombre vio a Jesús, oyó su oración, escuchó las palabras de su compañero y, con todo, se perdió. Así puede alguien estar cerca del Salvador y, sin embargo, perecer. A veces dicen los hombres: «Yo aceptaré la oportunidad del ladrón en la cruz». Sí, pero ¿cuál?, ¡porque hubo dos!
Una gran multitud se reunió aquel día alrededor de la cruz, pero la mayoría estaba allí para burlarse. Hasta los principales sacerdotes se mofaban de Él. Debemos recordar que fue mientras moría de amor por el mundo, que el mundo le devolvía así amargura en su cáliz. ¡Qué extraña recompensa, en verdad, para un amor tan infinito! Y, sin embargo, esto muestra cada vez más la profundidad y la maravilla de aquel amor, que ni siquiera el trato que recibió de los hombres mientras daba su vida por ellos enfrió su amor. Dijeron: «A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse». Eso es justo lo que el amor siempre debe hacer: sacrificarse a sí mismo para poder salvar a otros. Jesús no se salvó a sí mismo, porque quería salvar al mundo que amaba.
Tenemos un destello del momento más intenso de la agonía de Cristo en su clamor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Nunca podremos comprender del todo este clamor. Aquí aprendemos un poco más del costo infinito de nuestra redención. No olvidemos, entonces, que precisamente porque la muerte le fue tan terrible a Él, nosotros podemos contemplar el morir como un simple atravesar un valle de sombras con compañía divina. Él soportó la espantosa amargura de la muerte, para que podamos morir en dulce paz.
El rasgamiento del velo del templo al morir Jesús nos habla de la consumación de su obra de redención. El camino de acceso a Dios quedó entonces abierto para todo el mundo. Hasta entonces nadie sino el sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo; ahora todos podían entrar.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Christ Crucified
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.