El gozo de servir

El deber del gozo cristiano

El gozo cristiano no es una felicidad superficial que depende de las circunstancias, sino una profunda realidad del alma que ni el mundo puede dar ni quitar; y no solo es un privilegio, sino un deber que bendice a cuantos nos rodean.

«Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» Filipenses 4:4

«¡El gozo del Señor es vuestra fortaleza!» Nehemías 8:10

Tienen por costumbre decir en Oriente que en la India las flores no desprenden fragancia, los pájaros no cantan y las mujeres nunca sonríen. En cierto sentido, es casi literalmente cierto. Las flores, aun de los tonos más encendidos, apenas despiden perfume; las aves de plumaje más brillante profieren únicamente notas agudas en lugar de dulces cantos; y los rostros de las mujeres están tristes mientras van de un lado a otro, soportando su penosa suerte. Todo esto es sugestivo de la condición espiritual de un país donde no se conoce el evangelio de Cristo.

¡El cristianismo trae gozo! El mensaje del ángel a los pastores fue: «Os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo». El gozo nació en el mundo aquella noche de Navidad, cuando Jesús comenzó su vida en la tierra. Él vino para bendecir a los hombres, para consolar al que llora, para abrir las prisiones, para levantar a los perdidos hasta el cielo. Jesús habló mucho del gozo. Tenía un gozo admirable suyo. Fue llamado Varón de dolores; nunca hubo otro dolor semejante al suyo. Y, sin embargo, todo el tiempo había en su corazón un gozo profundo que nada podía perturbar. Antes de irse, legó su gozo a sus discípulos y oró para que su gozo fuera completo.

Los cristianos deben tener gozo. Pero el gozo cristiano no es la felicidad tal como el mundo entiende esa palabra. La felicidad está en la superficie. Depende de lo que sucede y se perturba con facilidad. Durante una gran batalla, un soldado advirtió, posado en un árbol, un pájaro que cantaba siempre que el rugido del combate se acallaba por unos instantes. Pero cuando volvía el estruendo espantoso, el pájaro guardaba silencio. Así es con la felicidad terrenal: canta en los breves descansos de las luchas de la vida, pero calla mientras sigue la contienda.

El gozo cristiano, en cambio, es demasiado profundo para verse afectado por los sucesos de este mundo. Es como aquellos manantiales de agua dulce junto al mar, sobre los cuales se vierten las mareas salobres, pero cuyas aguas siguen tan dulces como siempre cuando las mareas se retiran. Es un gozo que el mundo no puede dar ni quitar. Vive en el corazón bajo las amarguísimo penas y entona sus cantos en las noches más oscuras.

El gozo no es meramente un privilegio que un cristiano puede disfrutar: es también un deber. Es fruto del Espíritu, y no un mero accidente del temperamento ni un simple índice de la experiencia. La vida cristiana debe ser siempre victoriosa. Hemos de ser más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

Los cristianos deben ser luz, y la luz es símbolo de gozo. La sombra, por tanto, en la vida de cualquier amigo del Maestro es una contradicción de la semejanza a Cristo. Es nuestro deber ser alegres, gozosos, cantores, cualquiera que sea la circunstancia o la experiencia. Nunca debemos ceder al desánimo, a la depresión, al desaliento. Si dejamos entrar la oscuridad en el alma, oscurecerá nuestros ojos y arruinará la hermosura de nuestra vida. El desánimo es peligroso. Arrebata al hombre su fuerza y su destreza y le hace desfallecer en la lucha. Enfría su corazón, quita el entusiasmo de su vida y pone en peligro todo su porvenir. Uno de los firmes propósitos de todo hombre debe ser no desanimarse jamás, puesto que el desánimo es derrota.

Y también le debemos al mundo una vida de gozo victorioso. Hemos de ser bendición para otros, y no hay otra manera de hacer tanto por quienes nos rodean como siendo habitualmente gozosos. Si andamos con palabras tristes en los labios, palabras desalentadoras, hacemos más difícil que otros vivan heroica y dignamente. La influencia de un espíritu deprimido en los demás no puede calcularse. Sus cargas parecen más pesadas, el camino se les figura más escarpado y la lucha más dura, porque nuestras manos caen, la luz se apaga en nuestros ojos y nuestros labios hablan con desaliento.

Pero si recorremos la vida cantando canciones felices mientras vamos, canciones de gozo y de alegría, se convertirán en inspiración en el corazón de quienes las escuchen. Los hombres se volverán más valientes; la esperanza surgirá del desánimo; y la derrota se transformará en victoria. Las cargas parecerán más ligeras, las batallas menos fieras y las tareas más fáciles, a medida que las notas gozosas de nuestros cantos resuenen en el aire.

No tenemos derecho a hacer la vida más difícil para los demás. Es un pecado contra la humanidad obrar así. La ley del amor lo prohíbe. El que hace más difícil a un hermano vivir noblemente y hacer bien su obra, ha pecado contra uno de los pequeñitos de Cristo; por tanto, contra Cristo mismo. No osamos andar entre nuestros semejantes diciendo cosas desalentadoras, cosas que abaten el espíritu; porque, si lo hacemos, ponemos en peligro a aquellos cuyas cargas son ya tan pesadas como pueden soportar. Una palabra desalentadora puede hacerlos hundirse y perecer.

La ley del amor nos manda llevar las cargas unos de otros, y no hay manera de hacerlo con tanta eficacia como viviendo nosotros mismos una vida de gozo victorioso. El que anda entre los hombres durante todo el día con corazón alegre y rostro gozoso, diciendo a cada uno que encuentra alguna palabra de aliento, pronunciando algo que eleve en cada oído, es un maravilloso inspirador de fuerza, de valor y de esperanza en los hombres. Es un ministro divino del bien para otros. Hace a cada uno un poco más valiente y más fuerte. Los caminantes cansados por el polvoriento camino cobran nuevas energías después de encontrarlo. Los que desfallecen despiertan a nuevo ánimo cuando sus palabras esperanzadoras han sonado en sus oídos. La influencia de un alentador habitual así nunca puede medirse. Es algo noble vivir así.

Pocas lecciones se necesitan más que esta enseñanza de que el gozo es un deber. La masa del pueblo cristiano parece no prestarle atención. Realmente no hay muchos cristianos gozosos. ¡Diríase que un gran número de ellos cree que hay virtud en la tristeza y la sombra! No hacen ningún esfuerzo por vivir victoriosamente, sino que ceden ante cada desánimo y permiten que entre en su corazón. Hasta los pequeños males, de los que los hombres ya crecidos deberían avergonzarse de dejarse afectar, los dejan enseñorearse de ellos. Aun los hombres fuertes se vuelven miserables por una pequeña indisposición, por una ligera decepción o por enterarse del éxito de otro.

Y lo que es peor, no solo dejan que su propio espíritu se perturbe por estos incidentes triviales de dolor o incomodidad, sino que tienen además que hacer compartir su miserable abatimiento a cuantos encuentran. Llevan la sombra oscura de su sentimiento infeliz en el rostro. Se irritan y se quejan cuando las cosas no salen bien. Hacen pucheros y se enfuran como niños consentidos cuando no salen con la suya. Si no han dormido bien, o si tienen dolor de cabeza, o un resfriado, o cualquier molestia, por trivial que sea, obligan a todo el que los saluda cortésmente durante el día a escuchar el relato de toda la cansada historia de sus males.

¿Puede haber hábito más completamente egoísta que este? ¿Se imaginan las personas que los vecinos que preguntan amablemente por su salud sienten algún placer al escuchar semejante relato malsano de penas, muchas veces sobre nada más que algún mal imaginario? ¿Cree alguien que tiene derecho a verter tal carga de quejas en ningún oído humano? Todo hombre noble está dispuesto a brindar simpatía en cualquier caso de verdadera dificultad; pero no hay necesidad de simpatía para aquellas dolencias que constituyen el grueso de las quejas que muchos hemos de contar a nuestros vecinos. Este es uno de los hábitos humanos respecto de los cuales sería bueno que algún poder nos diera «el don de vernos a nosotros mismos como nos ven los demás». Lo único que hacemos es cansar a nuestros amigos y hacerles más difícil vivir, mientras al mismo tiempo aumentamos nuestra propia miseria. Pues tales pesares crecen si los alimentamos, hasta que andando el tiempo se convierten en gigantes y nos atan pies y manos en una esclavitud sin esperanza.

Mucho mejor es sellar los labios resuelta y persistentemente contra toda conversación malsana y hablar solo cosas alegres, gozosas, alentadoras. Es una de las cosas infantiles que deberíamos desechar al hacernos hombres, si nos sorprendemos indulgiendo en ella. Es falta de virilidad y es muy poco hermosa. Es un grave pecado contra los demás infligirles nuestras miserables hipocondrias. Debemos ser esparcidores de luz, no de tinieblas; de bien, no de mal; de influencia inspiradora, no de aquello que pueda hacer más difícil la vida de cuantos nos rodean.

Bien sería para todos nosotros que aprendiéramos la lección de que el gozo es un deber. Dios quiere que seamos felices; y si vivimos como debemos vivir, seremos felices. Esto no es decir que no tendremos sorrow, ni que la vida será siempre fácil y agradable para nosotros; pero al menos podemos ser siempre vencedores. Tenemos motivos para regocijarnos, cualesquiera que sean nuestras circunstancias y nuestra condición. Hay una vida interior, una vida escondida con Cristo en Dios, que en un cristiano debe ser invencible, aunque todas las cosas terrenales sean arrastradas. Hay un mundo más allá de esta esfera, un mundo donde ninguna tempestad azota y donde nada dañino vendrá jamás; ¿por qué hemos de dejarnos afectar tanto por lo que ocurre aquí, donde nos quedamos apenas un breve tiempo?

La vida está hecha de hábitos. Pedimos a Dios que nos ayude a mantener un ánimo sereno y a vivir con gozo. Él está pronto a hacerlo; pero la manera en que nos ayudaría es mediante pequeñas lecciones que debemos aprender por nosotros mismos. Nunca quitará de golpe de nuestra vida todas nuestras maneras miserables y pondrá en su lugar un conjunto completo de maneras hermosas, como quien cambia los engranajes de un reloj. Esa no es la manera de Dios de reformarnos. Somos discípulos en la escuela de Cristo y debemos aprender de Él. Ningún alumno domina un arte o una ciencia en un día: ¡se necesitan meses y años! No podemos aprender en un día a vivir gozosa y victoriosamente; pero podemos tomar una lección hoy y otra mañana, sin dejar pasar ningún día sin su trazo. Mientras tanto, Dios nos ayudará continuamente, alentando cada esfuerzo, permitiéndonos fracasar en ninguna lección. Si tan solo somos diligentes y perseverantes, el más desalentado de nosotros podrá al fin aprender tan bien el hábito del gozo que ¡llenaremos nuestros días de canto!

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The DUTY of Joy

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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