No queda a nuestra propia discreción el decidir si alabaremos o no a Dios. La alabanza es el debido más justo de Dios, y todo cristiano, como receptor de su gracia, está obligado a alabar a Dios de día en día. Es cierto que no tenemos una regla autorizada para la alabanza diaria; no tenemos ningún mandamiento que prescriba ciertas horas de canto y de agradecimiento—pero la ley escrita en el corazón nos enseña que es recto alabar a Dios; y el mandato no escrito llega a nosotros con tanta fuerza como si hubiera sido grabado en tablas de piedra, o handedo a nosotros desde la cumbre del Sinaí atronador.
Sí, es deber del cristiano alabar a Dios. No es solo un ejercicio placentero—sino la obligación absoluta de su vida. No penséis, vosotros que estáis siempre lamentándoos, que sois inocentes en este respecto, ni imaginéis que podéis cumplir vuestro deber para con vuestro Dios sin cánticos de alabanza. Estáis atados por los lazos de su amor a bendecir su nombre mientras viváis, y su alabanza debe estar continuamente en vuestra boca, porque habéis sido bendecidos a fin de que le bendijerais. "¡Este pueblo he formado para mí; ellos anunciarán mi alabanza!" Si no alabáis a Dios, no estáis dando el fruto que Él, como el divino Labrador, tiene derecho a esperar de vosotros.
Que vuestra arpa no cuelgue entonces de los sauces—sino tomadla, y esforzaos, con un corazón agradecido, en sacar de ella su música más sonora. Levantaos y cantad su alabanza. Con cada amanecer, alzad vuestras notas de agradecimiento, y que cada sol que se ponga sea seguido por vuestro canto. Ceñid la tierra con vuestras alabanzas; rodeadla de una atmósfera de melodía, y el propio Dios escuchará desde el cielo y aceptará vuestra música.
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: September 30 — Morning
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.