Si se nos hubiera preguntado qué escenas futuras deseábamos más ver reveladas ante nuestros ojos, ¿no habríamos respondido: «Las escenas del último día»? El esplendor de la ocasión será sumamente grande; sin embargo, no es el esplendor lo que hará importante aquel día, sino las sentencias entonces pronunciadas. A través de las edades de la eternidad, aquel día no podrá olvidarse. Los espíritus perdidos datarán desde ese día su separación final de Dios, fuente de toda felicidad. Los santos glorificados datarán desde ese día su entrada al gozo pleno de la luz de su rostro. ¿Tememos escuchar aquella palabra «Apartaos»? ¿Anhelamos aquella palabra «Venid»? Atendamos al relato que nos da este pasaje admirable de la conducta que distingue al justo y al impío mientras viven en la tierra.
Quienes primero escucharon esta descripción del día del juicio fueron los discípulos de Jesús. Todos profesaban amarlo. Pero, ¿lo amaban todos de verdad? Había un hipócrita entre los doce. De él está escrito: «No porque se cuidara de los pobres». ¿Y no hay hoy algunos que dicen: «¡Señor, Señor!», pero que no aman realmente a Jesús? Si lo amaran, amarían a sus hermanos pobres que sufren en la tierra. Hallarían más placer en aliviarlos que en complacer sus apetitos, adornar sus personas, acumular grandes fortunas y ofrecer banquetes suntuosos. Los que de verdad aman a Cristo son bondadosos con el hambriento, con el forastero y con el preso, por amor a él.
Hay quienes hacen obras de misericordia, pero no por amor a él. ¿Acaso agradan al Señor sus acciones? ¿Puede aquel que escudriña el corazón complacerse con obras de caridad hechas para obtener alabanza humana? Tales obras no obtendrán otra recompensa que la alabanza de los hombres. ¿Puede complacerse con hechos nacidos de sentimientos bondadosos, pero sin un solo pensamiento dirigido a él? Esos motivos hallan recompensa en la tierra, pero ninguna en el cielo. ¿Puede complacerse con obras hechas con el fin de ganar el cielo por nuestros propios méritos? Ciertamente no. Pues ha declarado que no somos salvos por obras de justicia que hayamos hecho, sino por la misericordia de Dios en Jesucristo (Tito 3). ¿Qué pensaríamos de un hombre que debía diez mil libras y que, aunque sus acreedores le perdonaran generosamente toda la deuda, rehusara aceptar la condonación, prometiendo presentar de vez en cuando un céntimo como pago? Pues así actúan quienes buscan entrar al cielo por sus buenas obras.
¿Qué motivos, entonces, agradan al Señor? Los motivos de gratitud y amor hacia él. Solo los pecadores perdonados pueden amar a Jesús; y lo aman porque él los amó primero. Las mismas palabras que él les dirigirá en el último día muestran que los amó primero, pues dirá: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo». Dios amó a sus hijos aun antes de que el mundo fuera hecho; ya entonces proveyó para su felicidad eterna. ¿Pero preparó el infierno para los impíos? Fue para los demonios, no para los hombres, para quienes el infierno fue preparado. Estas son las palabras del juez: «Apartaos, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles». Es su propio pecado, no el propósito de Dios, lo que hunde a los hombres en la desdicha eterna. Jesús ha sufrido los dolores del infierno para que nosotros gustemos los goces del cielo. No nos ha dicho: «Debéis ser escarnecidos y escupidos; debéis ser azotados y coronados de espinas; debéis ser crucificados para llegar al cielo». ¡No! Esos insultos y esos dolores los ha sufrido él por nosotros. Pero nos ha pedido que le mostremos nuestro amor aliviando a sus hermanos pobres. Es una petición pequeña. ¿Podemos rehusarla? Cuando veamos al forastero desvalido, ¿nos apartaremos? Cuando oigamos de un santo que sufre o de un pobre preso, ¿olvidaremos visitarlo? Si lo hacemos, ¡cuán avergonzados estaremos al ver a Cristo venir en su gloria!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ describes the last judgment
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.