«Yo, el Señor, no cambio.» Malaquías 3:6. ¡Qué verdad tan gloriosa y admirable: Dios nunca cambia! Él es eternamente el mismo: ayer, hoy y para siempre. Mientras el mundo se tambalea bajo el cambio constante, mientras los hombres suben y bajan como la marea, y mientras la creación gime y se deteriora, Dios se yergue como la Roca inquebrantable, elevándose por encima de todo lo que fluctúa. En Él no hay sombra de variación. Su esencia no admite mejora, pues ya es infinitamente perfecto. Su conocimiento no admite aumento, pues Él es todo sabio. Sus propósitos no requieren ajuste, pues fueron decretados en la eternidad pasada con sabiduría infalible y poder omnipotente. Él no evoluciona, no se corrige ni retrocede. Lo que ha propuesto, lo llevará a cabo. Lo que ha prometido, lo cumplirá.
Esta naturaleza inmutable de Dios resulta aterradora para los rebeldes. El Dios que ha declarado que «la paga del pecado es muerte» no modificará Su justicia para complacer al pecador. Su santa ira permanece sobre aquellos que rechazan a Su Hijo. No comprometerá Su justicia para apaciguar a un mundo cambiante. Pero para el creyente —redimido por la gracia soberana— este atributo es un santuario de consuelo. El Dios que fijó Su amor en nosotros desde antes de la fundación del mundo, nunca abandonará a Su pueblo redimido. La sangre de Cristo nunca perderá su poder. La justicia que nos fue imputada nunca será retirada. La mano que comenzó la buena obra de salvación, nunca fallará en completarla. Que los hombres cambien, que los reinos se desmoronen, que los sentimientos flaqueen: nuestro Dios permanece sin alteración. Su misericordia es de eternidad a eternidad para los que le temen. Su verdad permanece por todas las generaciones. Su pacto se mantiene firme, sellado con la sangre expiatoria de Su Hijo. Aquí hay descanso para el alma cansada; un ancla en toda tormenta. Postrémonos ante este Dios inmutable con adoración reverente, hallamos quietud bajo la sombra de Sus alas, y pongamos nuestra esperanza plenamente en Aquel que es para siempre el mismo.
«Señor inmutable, en un mundo de cambio implacable, Tú permaneces siempre fiel. Enséñame a descansar en Tu carácter inmutable, a confiar en Tu Palabra infalible y a gozarme en Tu pacto eterno. Que Tu inmutabilidad sea el fundamento de mi paz y el cántico de mi adoración. Amén.»
Fuente y atribución
Autor original: Arthur Pink et al.
Título original: The Attributes of God — The Immutability of God
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Arthur Pink et al., publicado originalmente en Grace Gems.